Los nazis investigaron con mosquitos infectados de malaria como armas biológicas

El jefe de las SS, Heinrich Himmler, instaló su Instituto Entomológico en el campo de Dachau, donde se inoculaba la malaria a prisioneros

Hitler no era tan malo. Aunque fuera por razones tácticas o por el miedo a que los Aliados respondieran con la misma moneda, en los años de militarización acelerada previos a la II Guerra Mundial e incluso en los peores momentos de la contienda, siempre se negó a desarrollar armas químicas o biológicas. Sin embargo, Heinrich Himmler, comandante en jefe de las SS, montó por su cuenta un Instituto Entomológico. La mayoría de los historiadores sostienen que su objetivo era investigar el control de plagas entre sus tropas. Ahora, un entomólogo alemán cree haber encontrado pistas que señalan que, en realidad, buscaba usar mosquitos y otros insectos para que lucharan en defensa del III Reich.

Las primeras pruebas de la existencia del Entomologisches Institut der Waffen-SS und Polizei las encontró hace años el historiador alemán Michael H. Kater, uno de los mayores expertos en nacional-socialismo y la Alemania de Hitler. Su creación la habría ordenado el Reichsführer de las SS, Himmler, en 1942. En la Navidad del 41, el jerarca nazi visitó a sus divisiones en el frente oriental y las encontró infestadas de piojos. Con su fobia a los insectos, en particular a las moscas, Himmler debió recordar entonces cómo el tifus transmitido por los piojos diezmó a las tropas alemanas en la I Guerra Mundial. Dos días después de aquella visita, el jefe de las SS ordenó la creación del Intituto Entomológico.

La mayoría de la historiografía de este periodo de la historia alemana cree la versión escrita en los pocos documentos sobre el instituto que se salvaron de la quema. Las instrucciones concretas de Himmler eran que se dedicara a realizar ciencia básica sobre el ciclo vital, enfermedades, control y posibles portadores de insectos como chinches, piojos, pulgas, mosquitos, tábanos y hasta termitas y hormigas. Además de proteger así a sus divisiones de la SS de las plagas, Himmler también quería cuidar de la salud de los prisioneros de los campos de concentración. No es que tuviera especial querencia por los judíos y otros internos, pero eran la fuerza de trabajo que sostenía el entramado de empresas montado entre las SS y la industria alemana.

«La explicación más extendida es que era para proteger a las tropas de la SS de las enfermedades transmitidas por insectos. Sin embargo, también hay que destacar que el riesgo de escasez de mano de obra esclava cuando Himmler estaba firmando contratos con Volkswagen e IG Farben pudo llevar a la necesidad de mantener con vida a los trabajadores esclavos de los campos de concentración un poco más de tiempo», dice el entomólogo de la Universidad de Tubinga (Alemania), Klaus Reinhardt.

Reinhardt ha revisado toda la documentación que se conserva relacionada con el Instituto Entomológico y en especial los informes y correspondencia de su director, el doctor Eduard May, y algunos de sus colaboradores. Pero lo ha hecho con ojos de entomólogo, no de historiador, y cree que a éstos se les han pasado muchos detalles por alto. Tanto como para afirmar que pudo haber un tercer motivo relacionado con los mosquitos infectados de malaria como arma. «No sabemos porqué él [Himmler] se implicó en esto. Pudo deberse a luchas de poder internas o pudo ser un auténtico intento de desarrollar estas armas. No lo sé, nunca hemos entendido muy bien las decisiones de Himmler», añade Reinhardt.

En su investigación, publicada en Endeavour, el entomólogo alemán va desgranando las pistas que le llevan a mantener que los Nazis o al menos las SS querían usar mosquitos como arma de guerra. La primera fue la elección de su sede. Himmler adscribió el Instituto Entomológico al Ahnenerbe, la institución creada por él mismo para que la ciencia y la cultura se pusieran al servicio del mito de la superioridad de la raza aria. En el Ahnenerbe cupieron tanto lasexpediciones científicas al Tibet como los monstruosos experimentos de Josef Mengele en el campo de Auschwitz, pasando por el flolclore y bailes teutones.

El Instituto Entomológico fue instalado en el complejo de Dachau, cerca de Munich, uno de los primeros campos de concentración. Y lo fue por varios motivos. Era uno de los pocos campos que tanto su control interno, sus exteriores y su administración era gestionado exclusivamente por las SS. Además, allí dentro se realizaron algunos de los experimentos más siniestros de la historia de la ciencia. Mientras el doctor Sigmund Rascher sometía a prisioneros a mortales ahogamientos y procesos acelerados de congelación, August Hirt ensayó el gas mostaza en humanos. Pero hay más. El profesor Claus Schilling llevaba meses inoculando la malaria a algunos de los desgraciados del campo.

Experimentos en Dachau

Si el objetivo del instituto era el control de plagas, e incluso la investigación defensiva de las armas biológicas, a Reinhardt no le encaja la elección de Dachau. En Alemania ya había afamados centros de investigación entomológica. Además, toda la investigación básica sobre cómo combatir a piojos o mosquitos ya se había realizado. Tampoco le convence la elección de su director. Aunque a Himmler le dieron los nombres de algunos de los más importantes entomólogos de la época, como el de Karl Ritter von Frisch que años después ganaría el Nobel por, entre otros, desentrañar el código de la danza de las abejas, el jefe de las SS eligió a Eduard May, un entomólogo de carrera mediocre pero que había publicado varios artículos de contenido antisemita.

Como escribe Reinhardt en su estudio: «Himmler en especial parecía dar responsabilidades a personas cuyas carreras estaban al borde del fracaso. Dándoles otra, quizá la última, oportunidad, serían fáciles de manipular. Algunos se convirtieron en los más obsesivos seguidores de Himmler. ¿Se convirtió May en uno de ellos?» A diferencias de otros muchos, May aún estaba trabajando en sus investigaciones cuando Dachau cayó en manos de las tropas estadounidenses.

Con las complicaciones de la guerra y las limitaciones de material, el laboratorio del Instituto Entomológico no estuvo listo hasta el otoño de 1943. Con una decena de investigadores, sus primeros trabajos parecían ir en la línea del control de plagas. Aunque Hitler había prohibido el uso de armas biológícas, si ordenó extremar los esfuerzos para defenderse de un posible ataque biológico. Esa es la puerta abierta que pudo aprovechar Himmler. En el programa de investigación redactado por May ponía el énfasis en el estudio de los piojos, los hongos y bacterias de las moscas y en especial con varias especies del mosquito Anopheles.

No hay muchos documentos que arrojen luz sobre qué hacían con ellos, pero en varias cartas de algunos de los colaboradores de May se menciona el cultivo de mosquitos y su infección con variedades de Plasmodium, el parásito causante de la malaria. En un informe del 23 de septiembre de 1944, May escribía sobre el objetivo de su trabajo: «para aclarar la cuestión de si era posible una infección masiva artificial del parásito de la malaria en humanos y cómo se podía contener una acción que buscara esa infección masiva». ¿Se trataba de un estudio defensivo u ofensivo?

«Creo que realmente la clave está en una frase donde May dice que hay que emplear Anopheles maculipennis. Para mí, esto realmente debilita la conclusión de que la investigación se diseñó para averiguar qué sucedería si los Aliados llegaran a usar esa arma», razona Reinhardt. En efecto, tras unos ensayos entre el 2 y el 20 de septiembre de 1944, May apuesta por esta especie de mosquito en detrimento de otras. Y lo hace porque ha comprobado que son capaces de vivir más tiempo sin sangre y agua de la que alimentarse. Un tiempo que habría permitido a los nazis llevar los mosquitos infectados con malaria hasta sus hangares, subirlos a aviones y arrojarlos como bombas biológicas sobre las tropas enemigas.

Cuando se le pregunta al historiador Kater, el descubridor de la existencia del Instituto Entomológico, por esta posibilidad responde con un categórico sí. «Su Ahnenerbe abarcó todo tipo de cosas y siempre nuevas. Himmler no necesitaba el permiso de Hitler y él siempre lo habría persuadido si hubiera hecho falta», añade.

Sin embargo, aunque May estuvo en un campo de aviación que se dedicaba a la fumigación en 1945, sus mosquitos nunca llegaron a usarse. May, atrapado por los estadounidenses, acabó siendo liberado y nunca se le acusó en los juicios de Nüremberg, declarándose desnazificado. Aunque intentó volver a dar clases de entomología, acabó su vida como profesor de filosofía, habiendo dejados escritos un par de artículos científicos sobre las libélulas.

Miguel Ángel Criado (Materia).  Madrid.
 La Razón digital

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