La aventura de Rufino Blanco Bombona en su viaje como Gobernador del Territorio Federal Amazonas. Rumbo a Ciudad Bolívar

“El sábado, víspera del Carnaval de 1905, como a las diez de la mañana, recibí un despacho telegráfico. El Secretario General del presidente me llamaba, por ese telegrama, al Palacio de Miraflores. Inmediatamente salí, tomé un coche, y me dirigí a la mansión presidencial. El secretario me informó que el Presidente pensaba nombrarme Gobernador del Territorio Amazonas.

Me alegre mucho; ¡Ya lo creo! Aunque entre mí pensé: ¿no puedo ser útil en Caracas, en un medio donde mis ideales del momento puedan ponerse por obra?

De todos modos, me alegré. Aquello equivalía a abrir campo a mi acción, a mis buenas intenciones de actuar, de ser un venezolano práctico.

En casa pasamos un Carnaval de lo más divertido. Nuestras ventanas caían precisamente a la calle del Carnaval, lo que en otras partes llaman “el coso”. Así, por las tardes, grupos de muchachas amigas de nuestra hermana Isabel, se enraciman en las ventanas, festonándolas, iluminándolas, alegrándolas. Una noche se bailó.

El miércoles recibí papeles e instrucciones en el Ministerio del Interior; y el jueves salí para La Guayra, donde me embarcaría esa tarde, a bordo del Manzanare, rumbo a Ciudad Bolívar.

Tuvo que deshacerse a toda carrera nuestro hogar, el viejo hogar roto desde 1892 con la muerte de nuestros padres, y que acabábamos de reconstruir, teniendo como núcleo a nuestra hermana Isabel. Pero el viento del destino nos separaba de nuevo. Isabel partiría con oscar para Europa. Se quedaría en Holanda, con Humberto, y Oscar regresaría a ocuparse en trabajos de agricultura, en finca de nuestra propiedad.

En cuanto a los demás, Augusto, Haroldo y yo debíamos internarnos en el antiguo y fabuloso país del fabuloso y antiguo Dorado.

Luego de cinco días de navegación, primero costeando el Oriente de Venezuela y luego Orinoco adentro, amanecimos una mañana frente a Ciudad Bolívar. La capital de nuestra Guayana, vista desde a bordo, en la bruma del amanecer, con sus torres blancas, sus casas blancas, sus contornos áridos y en el fondo una pirámide berroqueña, aparecía en el horizonte, acurrucada sobre una roca, orillas del famoso Río.

El buque se va acercando lentamente. La Ciudad, coronada de azoteas, se divisa mejor. Parece una ciudad árabe; y hasta me recuerda vagamente, sin que se sepa cómo, el panorama de Jerusalem, visto no se cuando, no se donde.

Aquella ciudad, a la que veía por primera vez, evocaba en mi espíritu recuerdos patrióticos. Allí se combatió con rudeza por la nacionalidad. Allí se fusiló a Piar en 1817. Allí se fundó la Gran Colombia, en 1819. a la belleza de su paisaje se reunía la belleza de la historia. Pisé tierra bajo los más gratos auspicios.

La estada fue prolongándose, sin pensarlo ni quererlo, en los preparativos de una internación en las soledades del Alto Orinoco. Tuvimos que lamentar una desgracia con que se iniciaba la expedición, siendo la primera salpicadura roja de esta odisea que iba acabar en sangre. Arvelo-Larriva, que debía juntarse con nosotros en Ciudad Bolívar para acompañarnos al Territorio, de que ya era conocedor, tuvo un lance personal con el propietario del Hotel donde vivíamos y le tendió muerto de un balazo. La multitud furiosa, penetró en el Hotel dando gritos y amenazándonos a todos. A duras penas pudimos salvar a nuestro compañero y salvarnos nosotros mismos de las garras enfurecidas del populacho.”

Tomado de sus memorias.  ITP

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