Hitler, la metanfetamina del «paciente A» / Juan Beltrán

Hitler

La II Guerra Mundial fue un conflicto que puso a prueba los límites del ser humano, el cual descubrió hasta qué extremos puede llegar un hombre con sus semejantes. Pocas ha habido tan decisivas en el devenir de la historia y que hayan sido objeto de tan ingente cantidad de estudios y publicaciones, y, sin embargo, tras setenta años, aún siguen apareciendo aspectos desconocidos. GuidoKnopp publica «Secretos de la Segunda Guerra Mundial» (Ed. Crítica), que reveka una serie de enigmas sobre la Alemania nazi fruto del hallazgo de nueva documentación: Rudolf Hess y su misterioso vuelo a Inglaterra, las «operaciones especiales» –incluyendo la liberación de Mussolini en el Gran Sasso y su posible relación con el oro nazi–, y nuevos datos sobre la salud de Hitler y su adicción a las drogas y también profundizar en la misión secreta del submarino U 513 o la mítica «Fortaleza de los Alpes», donde iban a retirarse unidades de élite equipadas para emprender la resurrección del Reich.

Morell, hombre clave

Según GuidoKnopp: «La figura central en todo lo relacionado con la salud de Hitler es su médico de cabecera, Theodor Morell, que se mantuvo con él hasta su muerte en el búnker de Berlín, siempre dispuesto a ayudarlo, aunque empleara dudosos remedios. Llevaba un diario secreto donde anotaba los tratamientos de su “Paciente A”. Pronto, a Hitler le resultó imposible imaginarse la vida sin Morell». Sin embargo, muchos historiadores dibujaron una imagen nefasta de él, lo mostraron como charlatán y matasanos al proporcionarle supuestas medicinas que no eran más que patrañas que, lenta e inexorablemente, destrozaron su salud y le ayudaban a controlar al Führer como hizo Rasputín con el último zar. Sus problemas de salud fueron numerosos. Comenzaron en la I Guerra Mundial a consecuencia del gas mostaza que lo mantuvo ciego varios días. En 1932, sufría de calambres en el tubo digestivo y misteriosos dolores de estómago. Le recetaron aceite Neo-Ballistol –empleado para el mantenimiento de armas y cuero– que le producía dolor de cabeza, visión doble, mareos por intoxicación, eructos, gases –de los que se avergonzaba– y estreñimiento. Hitler conoció a Morell en el 36 cuando volvieron esos calambres y dolores de origen desconocido. Su terapia con un preparado llamado «Mutaflor» para renovar la flora intestinal surtió efecto. Este fue el origen de su relación y de que Hitler, agradecido, lo hiciera su médico de cabecera. En 1941, tras discutir con su ministro de Exteriores, Hitler sufrió un amago de paro cardiaco. Los electrocardiogramas fueron diagnosticados por el especialista Karl Weber como «esclerosis de los vasos coronarios e hipertensión continua». Por estas fechas apareció también un temblor en la mano izquierda y, posteriormente, en la pierna, que intentaba ocultar ante las cámaras de los informativos. El propio Führer lo consideraba «un trastorno nervioso grave». Actualmente se afirma que sufría párkinson, que, además de síntomas físicos, afecta a la actividad cerebral. Los psiquiatras estadounidenses Ghaemi y Heston concluyen que «Hitler era bipolar y el consumo masivo de medicamentos acentuó esa tendencia». Consideran que el origen de sus dolencias estaba en su progresiva intoxicación con «Pervirtin», una anfetamina entre cuyos efectos secundarios se encuentran las ideas fijas paranoides con efectos devastadores.

«Speed» y cocaína

Sobre las especulaciones en torno al posible consumo de drogas, Knopp afirma que «la teoría del Pervitin es la más extendida». Los soldados lo conocían como «chocolate blindado» o «pastillas del bombardeo en picado» y lo utilizaban para quitarse miedos y aumentar su resistencia. Neumann y Eberle han descubierto que el Pervitin se consumió de forma masiva en la guerra. Hoy, esta metanfetamina se sigue tomando bajo nombres como «speed» o «crystal». Una droga estimulante y adictiva que afecta al cerebro. Morell se la proporcionaba a su «Paciente A». Sus secretarias –Schröder y Junge– aseguraron tras la guerra que «Hitler era adicto a Morell y que cada vez dependía más de aquella medicina». Así se referían a las pastillas «Vitamultin», un preparado reconstituyente y fortalecedor con el que el doctor completaba la dieta del dictador. Hitler consumió esas pastillas en grandes cantidades. Se producían en las plantas del propio Morell –fábricas Hamma– supervisadas por el jefe de química Kurt Mulli y en las que se preparaban pequeños lotes para Hitler cuya composición decidían entre ambos en conversaciones telefónicas nocturnas.

En 2011 se subastó en EE UU una colección de documentos del doctor Erwin Giesing. Contenían un informe de junio del 45 sobre un reconocimiento realizado al Führer en el que observó que «tenía los tímpanos desgarrados con gran acumulación de sangre en los conductos auditivos». Como las hemorragias seguían –escribe Knopp–, el facultativo pidió a la farmacia Engel-Apotheke, en Berlín, una solución al 10 por ciento de cocaína para aliviar los dolores. Dos días más tarde apuntaba: «Hitler dijo que tras la aplicación de cocaína sentía la cabeza mucho más despejada y podía pensar con mayor claridad». Supuestamente preguntó al médico «si esa agradable solución de cocaína no se podría preparar una o dos veces al día». Su relación se afianzó y, finalmente –siempre según sus declaraciones–, el dictador dijo: «Doctor, no olvide mi tratamiento. Mire mi nariz y métame en ella cocaína».

Giesing le facilitó una nueva dosis y al ver cómo lo tranquilizaba, pensó que era el momento de acabar con su vida. Una conmoción por sobredosis podría ser la forma de terminar con el mayor asesino de la historia. Cuando el médico consiguió el valor suficiente para introducir el bastoncillo de algodón impregnado de cocaína en su nariz, irrumpió uno de sus asistentes impidiendo un acontecimiento que hubiese cambiado el curso de la historia. Las dudas suscitadas son: ¿hasta qué punto es creíble el informe de Giesing? ¿Llegó a convertirse verdaderamente en adicto? Al médico le llamó la atención la gran cantidad de pastillas que tomaba para su dolor de estómago: «Cantidades monstruosas». Comprobó con horror que contenían potentes neurotoxinas, estricnina y atropina. Morell lo justificaba: «Tenía que darle tratamientos cortos con altas dosis y rozar el límite de lo permitido. Asumí esa responsabilidad porque si se hubiese tenido que retirar… Alemania se habría venido abajo».

Histeria y psicopatía

Para el autor, «Hitler fue celebrado como un redentor, pero dejó tras de sí un mundo en ruinas. Expulsó, torturó y asesinó a más personas que nunca antes en la historia. Una vez muerto quedaba explicar cómo había llegado a eso. Los estudios hablan de megalomanía, histeria, psicopatía… ¿Sabía lo que hacía? Los expertos Neumann y Eberle resumen sus investigaciones: «Padecía síndrome de colon irritable con intensos calambres provocados por factores psíquicos. Tenía párkinson, hipertensión arterial y arterioesclerosis intensiva», pero lo principal era su mente: «No actuaba influido por una enfermedad mental o por efecto de sustancias como drogas o alcohol, sino por su “personalidad primaria”. Sabía lo que hacía y lo hizo con orgullo y entusiasmo». Con seguridad, escribe Knopp, «las enfermedades de Hitler no provocaron sus crímenes, pero, analizando su historia clínica, siempre nos sale al paso, inevitablemente, la figura del criminal».

La dictadura de la enfermedad

Trastorno bipolar

El psiquiatra estadounidense Nassir Ghaemi defiende que sufría un trastorno de la afectividad: «Las anfetaminas suministradas a Hitler por vía intravenosa empeoraron los síntomas maniacodepresivos de su trastorno bipolar. Hasta hace poco, los psiquiatras e historiadores no han tenido en cuenta este efecto combinado. (…) Sencillamente, no han comprendido que tal abuso de las anfetaminas era especialmente peligroso, dado que intensificaba el trastorno bipolar existente».

¿Un hombre a medias?

El libro desmonta un rumor muy extendido sobre Hitler: que sólo poseía un testículo. La leyenda dice que lo perdió en el campo de batalla, algo improbable, ya que siempre estuvo en la retaguardia en el servicio de correos, alejado de la primera línea de combate. Esto provocó un canto entre los soldados británicos que rezaba: «Hitler had only got one ball, the other is on the kitchen Wall» (Hitler sólo tenía un testículo, el otro está en la pared de la cocina).

El exterminio no fue por su mal

Hans Joachim NeumannyHenrik Eberle, en su libro «¿Estaba enfermo Hitler?», dicen: «Hitler nunca presentó una “manía” en el sentido patológico del término. Las verdaderas causas de sus delitos se deben buscar en la sociedad alemana, en la evolución de sus ideas y en las relaciones entre sus individuos (…). La guerra y el exterminio de los judíos no se debieron a que estuviera enfermo».

Una historia alemana

Guido Knopp (en la imagen) ha trabajado como periodista para los periódicos«Frankfurter Allgemeinen Zeitung»y«Welt am Sonntag». Desde 1984 dirige la sección de Historia Contemporánea de la ZDF, la segunda cadena de la televisión estatal alemana por la que ha obtenido numerosos premios. Es autor de una prolífica serie de libros sobre la figura de Hitler y el Tercer Reich, entre los que destacan «Los niños de Hitler (2000), «Holocausto» (2000) y «Secretos del Tercer Reich».

Ficha

  • Título: «Secretos de la Segunda Guerra Mundial»
  • Autor: Guido Knopp
  • Editorial: Crítica
  • 272 Páginas
  • Precio: 22,00 euros

-http://www.larazon.es/detalle_libros/noticias/4483354/cultura+libros/hitler-la-metanfetamina-del-paciente-a#.UqG2DFJaLfg

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