1810 y 1811 / Felipe Larrazabal

Llegada de Miranda a Venezuela

1 .-Actitud de la Regencia española ante la creación de la Junta de Caracas

Llegaron a Cádiz las nuevas de lo ocurrido en Caracas, cuando el Consejo de la Regencia recibió también las cartas de la Junta, en que le decía que los americanos habían procedido como los españoles en aquellas difíciles circunstancias, estableciendo un Gobierno provisional hasta que se formase otro legítimo para todas las provincias del reino, protestando que proporcionarían a sus hermanos de Europa los auxilios que estuvieran a su alcance para sostener la lucha santa en que se hallaban empeñados; y concluía diciendo que en Venezuela hallarían patria y amigos los que desesperasen de la salud y libertad de España.(1)

Esta carta, concebida en un estilo propio para sosegar los ánimos y ofrecer a los afligidos españoles las dulces impresiones de la amistad y de la benevolencia americanas, irritó a la Regencia de un modo indecible, la cual contestó a las urbanidades de la Junta con declarar insurgentes, amigos de escándalos y rebeldes a los venezolanos y mandar que fuesen bloqueados los puertos de las provincias traidoras. Prolijo estuvo el Sr. D. Eusebio Bardaxí y Azara, Ministro de Estado de la Regencia, en calificar nuestro movimiento; y por supuesto que sus calificaciones no fueron honrosas. “Han cometido los venezolanos –decía– el desacato de declararse independientes y crear una Junta para ejercer la pretendida autoridad; mal tan escandaloso en su origen como en sus progresos; atentado que es menester reprimir en odio de los facciosos tomando medidas para oponerse a la desatinada idea de Caracas, cuya causa no es otra que la desmesurada ambición de algunos de sus habitantes, etcétera”.

En tal supuesto, declaró sometida a un riguroso bloqueo la provincia de Caracas,(2) dejando lo relativo al tiempo y forma de su ejecución al comisionado regio D. Antonio Ignacio de Cortabarría, que se estableció en Puerto Rico con tan adecuado objeto.(3)

2.- Quejas de los americanos contra los gobiernos de España

El 22 de enero de 1809 la Regencia, que había recibido grandes auxilios pecuniarios, ofrecidos espontánea y bondadosamente por las provincias de América, decretó una perfecta igualdad civil entre todos los vasallos de España e Indias, disponiendo que los dominios ultramarinos tuviesen representación nacional, de cuya representación atrás se ha hablado. Y en un manifiesto memorable, dijo: Desde este momento, españoles americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres libres. No sois ya los mismos que antes erais, encorvados bajo un yugo mucho más duro mientras más distantes estabais del centro del Poder, mirados con indiferencia, velados por la codicia y destruidos por la ignorancia(4).

¡Palabras terribles que no necesitan comentarios!

Pero aquella igualdad civil y política no podía convenir al orgullo castellano; y el decreto del propio día, en completa oposición al “Manifiesto”, destruyó la representación de los americanos. “Con el mayor desprecio a nuestra importancia y a la justicia de nuestros reclamos –dijo sentidamente el Congreso general de Venezuela–, cuando no pudieron negarnos una apariencia de representación, la sujetaron a la influencia despótico de sus agentes sobre los ayuntamientos, a quienes se sometió la elección; y al paso que en España se concedía hasta a las provincias ocupadas por los franceses y a las Islas Canarias y Baleares un representante por cada 50.000 almas, elegido libremente por el pueblo, apenas bastaba en América un millón para tener derecho a un representante, nombrado por el virrey o capitán general, bajo la firma del Ayuntamiento”.(5)

En los “Motivos que alegó la Nueva Granada para reasumir los derechos de la soberanía” se hallan estos conceptos. Se hace en España la creación de juntas provinciales y se priva de este derecho a las Américas. Se proclama allí la Confraternidad de los americanos; pero esta proclamación es dudosa, y jamás llega el caso de que la América goce de representación activa en los negocios nacionales. Las provincias de España erigen libremente sus Juntas; en la América se ha mirado como un delito, como una insurrección, el solo pensar en erección de Juntas; y los calabozos y los cuchillos se prepararon para los que habían tomado en su boca el nombre de Juntas. Las provincias de España nombran libremente sus diputados para la Suprema Central; en América es coartada esta libertad y depositada substancialmente en las manos del virrey y los oidores. La América es parte integrante de la nación, y la Junta Central se disuelve y el Consejo de Regencia se instala sin el consentimiento y sin el voto de los pueblos americanos…

“No se nos ha tenido por hombres –decía la Junta de Quito en su “Manifiesto”–, sino por bestias de carga, destinados a soportar el yugo que se quería imponer… Hemos observado, con el mayor dolor, que se ha hecho por los españoles europeos la más ultrajante desconfianza de los americanos”. Y aludiendo a los sucesos de España en 1808: “Cuando los españoles europeos, en una crisis tan tremenda de la nación, debieron haber hecho causa común con los americanos, recíprocamente a lo que nosotros habíamos estado prontos, aquéllos se desdeñan de franquearse, de unirse; ostentan una rivalidad ridícula, y como si les fuera indecoroso, teniéndose por dueños, no se dignan hacer a sus esclavos partícipes de sus cuidados, y decretan allá en sus nocturnos conventículos la suerte desgraciada de esta América, soñando conservar el señorío. Cada uno de ellos es un espía, y este dulce nombre de seguridad ha desaparecido de entre nosotros”.(6)

Y ni aun las mismas irrisorias elecciones del capitán general o del virrey debían subsistir; porque las Cortes generales y extraordinarias se apresuraron a derogar el decreto que las ordenaba. Ellas pretextaron que las colonias tendrían más representantes que la madre patria; que tal resultado era absurdo, y, por lo tanto, insostenible, y decretaron, en consecuencia, que los individuos cuya sangre tuviese otro origen que el español o el indio, aunque fuesen americanos, no podían ser electores ni elegibles, representantes ni representados…(7)

3.- Política de los dirigentes peninsulares con los patriotas de Costa Firme.

Actos de naturaleza que ultrajaban un mundo entero no podían menos de encender con razón la ira en el pecho de todos los americanos; y la revolución, fomentada al principio por los desbarros del Gobierno peninsular, se precipitó más tarde por las provocaciones y el despotismo, y se ensangrentó por las violencias y la saña y la crueldad de los mandatarios europeos. Ya hemos visto que Emparan fue un bajá que gobernó sin regla ni moral; Ceballos y Miyares trataron como a enemigos a los emisarios de paz y de amistad que les envió la Junta de Caracas, y, despreciando el carácter sagrado de su misión, los remitieron entre cadenas a las mazmorras de Puerto Rico; Cortabarría, encargado de llevar a efecto el bloqueo de las costas de Venezuela, dio patentes de corso y plagó los mares de Costa Firme de piratas y filibusteros,(8) los agentes del comisario regio promovieron guerras y sublevaciones en el interior de Venezuela; los realistas de Guayana entraron a saco y quemaron el pueblo de Cabrutica; los catalanes tomaron por la fuerza el castillo de San Antonio, en Cumaná, y aun los misioneros, apóstoles de caridad, ahora instrumentos dóciles de los opresores de la América, excitaron la insurrección en Maturín y otros puntos…

El carácter de los negocios era demasiado grave y la impolítica de los realistas no sirvió sino para aumentar considerablemente el número de los que pedían la independencia. No hubo género de abuso que los agentes de la Regencia no cometiesen, y se diría que había manifiesto empeño en enconar el ánimo de los venezolanos y lanzarlos a la más irreconciliable enemistad.

Entre varios hechos notables de aquel tiempo de perturbación y de delirio, no debe pasarse en silencio uno que indignó en gran manera a nuestros revolucionarios. D. Salvador Meléndez, gobernador y capitán general de Puerto Rico, se apropió con descaro más de cien mil pesos de los caudales públicos de Caracas, que se habían embarcado para comprar armamento y ropa militar en Londres, bajo seguros de aquella plaza, y para no dejar insulto por hacer, alegó que en ninguna parte debía ni podía estar aquel dinero más seguro que en sus manos, pudiendo suceder que Inglaterra se lo apropiase, desconociendo nuestra revolución, y, por último, que él rendiría cuenta cuando Puerto Rico conquistase a Venezuela, o bien cuando ésta volviese a la obediencia de España.

Tales hechos de rapacidad, cometidos con insolencia por un militar de superior esfera, por una autoridad que gozaba de la confianza de la Regencia de los mandones de Cádiz, que ningún reparo hicieron de sus excesos, deslustran el buen concepto que se empezaban en merecer los sostenedores de la antigua lealtad española.

A pesar de todo, permanecía Venezuela firme en su resolución de no variar los principios que se propuso como norma de su conducta. El acto sublime de su representación nacional se publicó a nombre de Fernando VII; bajo su autoridad se sostenían los actos del Gobierno, que ninguna necesidad tenían ya de otra fuente que la del pueblo; por las leyes españolas se juzgó la conjuración de los Linares, y si se infringieron, fue sólo para perdonar la vida a los culpables y no manchar con sangre los albores de nuestra revolución; interponiendo, en fin, los vínculos de la fraternidad y el nombre dulce de la Patria, se procuró ilustrar y reducir a los jefes de Coro y Maracaibo, que tenían separados de nuestra comunión a nuestros hermanos de Occidente. Parecía que nada quedaba por hacer para la reconciliación de España, o para la absoluta separación de América después de aquel sistema de reportamiento y de generosidad tan ruinoso y funesto, como despreciado y mal correspondido; sin embargo, Venezuela quiso esperar todavía para que la justicia más evidente y la necesidad más premiosa no le dejasen otro partido de salud que el de la absoluta independencia.

Después de haber remitido a la sensibilidad, no a la venganza, las horrorosas escenas de Quito; después de haberse visto apoyada con la uniformidad de sentimientos de Buenos Aires, Santa Fe, La Florida, México, Guatemala y Chile; después de haber obtenido una garantía indirecta de Inglaterra, y de haber reunido a su causa a Barcelona, Mérida y Trujillo; después de ver triunfar sus principios desde el Orinoco hasta el Magdalena, sufrió Caracas aún inesperadas y violentas ofensas. Sin haber hecho otra cosa que imitar lo que hicieron las provincias de España, ni haber tenido en tal conducta otros designios que los que inspiraba la suprema ley de la necesidad para no ser envueltos en una suerte desconocida, se nos trató de rebeldes y desnaturalizados; se bloquearon nuestros puertos; se aprobaron y aun se elogiaron los excesos de Meléndez; se le autorizó para más, como lo demuestra la orden de 4 de setiembre de 1810, desconocida por su monstruosidad aun entre los bajás de Constantinopla y del Indostán. . .(9)

Conocieron, pues, los venezolanos, que no era ya posible acuerdo alguno con los españoles y que debían sin tardanza declararse independientes.(10)

4.- Miranda en Venezuela; retrato de este general.

El coronel D. Simón Bolívar había vuelto de su misión a Londres el 5 de diciembre de 1810, trayendo en su compañía al general D. Francisco de Miranda, cuya historia en parte conocemos ya.

Miranda, a quien la libertad debía encontrar en el número de sus defensores en Venezuela, vivía en Londres retirado, aguardando la ocasión de servir a su Patria con más feliz suceso. Bien que los comisionados de la Junta tuviesen instrucciones particulares de no tocar con aquel general, Bolívar no hizo escrúpulo de conferenciar con él y aun de invitarle para que viniese a Venezuela, donde podía prestar servicios muy útiles a la causa de la libertad de los pueblos. El futuro Libertador, que nunca conoció las miserias de la envidia, creía, como muchos, que su célebre compatriota era el hombre que necesitaba la revolución, y “por eso le trajo consigo como una adquisición preciosa, le dio hospitalidad en su casa, y contribuyó, sobre todo, a extender y afirmar su influencia, elogiando candorosamente su mérito y virtudes”.

Miranda fue muy bien recibido por el pueblo. Nacido en Caracas, era digno del amor y del respeto de los venezolanos, habiendo hecho notable figura en Europa, y debiéndole la emancipación de Costa Firme recientes y muy generosos esfuerzos. Entró al lado de Bolívar, cuya unión le granjeaba popularidad. “Yo le vi entrar como en triunfo; recibirle como un don del cielo y fundarse en él las esperanzas de los altamente demagogos”. (11)

Era Miranda de buenos años cuando llegó a Caracas, dado que ya contaba cincuenta y cuatro; alto, de aspecto majestuoso, de fisonomía severa, de vista viva y penetrante. Había en él algo de imponente, más que por los años, y cierta superioridad que demandaba el respeto. Hombre de estudios y de reflexión, sobrio, verídico, a veces taciturno, sostenía los principios republicanos con un género de argumentación concisa, irresistible. Pudo hacer, y en efecto hizo, mucho por la emancipación definitiva de Venezuela. Teníanle los jóvenes como a un oráculo; los militares le miraban como a hombre de gran pecho, jefe lleno de ciencia y de experiencia, de su niñez criado a las armas; y todos, como al sólo capaz de dirigir los negocios del gobierno.(12)

La Junta le confirió el grado y sueldo de teniente general.

5.- Se reúne el primer Congreso de la América española y se nombra el Poder Ejecutivo de Venezuela

Reuníanse por aquellos días los colegios electorales de las provincias, de donde habían de salir los representantes al Congreso de Venezuela. El de Caracas (permítase decirlo de paso) fue la primera Corporación que en la América del Sur puso en práctica los principios del gobierno popular representativo.(13)

Miranda fue electo diputado al Congreso por El Pao de Barcelona.

Hora por hora se acercaba el momento solemne para Venezuela de ver reunida la asamblea popular que debía decidir de los destinos del país y declarar, a la faz del universo, que la nación quedaba constituida, libre y soberana.

El 2 de marzo abrió el Congreso sus sesiones.

¡Día de júbilo y de ardor patriótico! ¡Dichoso día!

¿Quién no vio cerca la redención de nuestra servidumbre, el triunfo de nuestros derechos?

Contábanse en el seno de aquella representación, la primera que se instalaba en la América española después de su conquista, 44 diputados correspondientes a las provincias de Barcelona, Barinas, Caracas, Cumaná, Margarita, Mérida y Trujillo.

Estaban entre ellos y sobresalían, Miranda, a quien ya conocemos; Roscio, que escribió el acta del 19 de Abril, abogado de merecido crédito, modesto, sobrio, de carácter grave, honrado, y tan amigo de los negocios que parecía descansar en ellos; Francisco Javier Yánez, hombre substancial, lleno de amor y celo por la independencia, muy versado en nuestra historia, y si bien no fecundo en el debate, enérgico y firme en los principios, leal a toda prueba, constante defensor de la justicia y de la verdad. Abogados como éste eran Felipe Fermín Paúl, brillante en la elocuencia, y Antonio Nicolás Briceño, hombre resuelto que en nada se embarazaba, republicano de corazón, activo, desprendido, de rectísimo dictamen, pero pronto a descomponerse y desdorar por la exaltación violenta los créditos de cordura. Tenían también asiento en la asamblea el marqués del Toro, sujeto de merecidos respetos, tan liberal e ingenuo como apacible, digno sin orgullo familiar, sin bajeza; Lino Clemente, oficial instruido y sincero, más prudente que suspicaz; José Ángel Alamo, de ingenio vivo y de juicio agudo, amigo de epigramas y de singularidades y extrañezas, pero profundo aun en la frivolidad y en el chiste; Francisco Javier Ustáriz, joven literato, cuyo entendimiento arrojaba de sí luz como los ojos del lince, poseyendo la gran ventaja de concebir bien y de discurrir mejor; Martín Tovar, tipo de probidad y de filantropía, purificado por el amor sincero de la patria, hombre sin estudios académicos, pero también sin arrogancia ni orgullo, y sin más aspiración que la de hacer el bien con larga mano; Juan Antonio Rodríguez Domínguez, de sencillas maneras, de ánimo igual y desinteresado, tranquilo, amante de las leyes; el doctor Ramón Ignacio Méndez, sacerdote instruido, de un espíritu austero y fortificado –escogido luego como Arón entre las dehesas, siguiendo las huellas del rebaño, para constituirle caudillo de Israel–, patriota fervoroso, escritor incomparable, ornamento del clero venezolano.

El primer acto del Congreso, después de elegidos sus empleados, fue el de nombrar tres individuos que ejerciesen el Poder Ejecutivo y un Consejo de Estado para que diese voto consultivo en las materias que se le pidiese. Los tres ciudadanos que merecieron el nombramiento para el desempeño de las funciones ejecutivas fueron Baltasar Padrón, jurisconsulto respetable; Juan Escalona, militar de reconocidas prendas, y Cristóbal Mendoza, abogado, de elevado espíritu, capaz de grandes ideas, patriota hasta el entusiasmo. Ningún caudal más que a sí mismo tenía, pero no tenía poco.(14)

Para suplentes fueron nombrados los señores Manuel Moreno de Mendoza, Mauricio Ayala y el doctor Andrés Narvarte.

Con la elección de los individuos que debían constituir el Poder Ejecutivo quedó establecido el ensayo de un Gobierno propio, el primero que hasta entonces se viera en América.

6.- La Sociedad Patriótica

Debemos confesar, para ser justos, que un gran camino se había hecho, y que Emparan y las cosas anteriores al 19 de Abril, y aun las mismas que subsiguieron a aquel día, se hallaban ya a regular distancia. Reconocido el principio de la soberanía popular, poder del cual emanan los demás poderes, y que preexiste a todos, se habían verificado las elecciones; el Congreso estaba reunido; el derecho de asociación practicado libremente; la prensa, restituida a sus funciones ordinarias, secundaba el esfuerzo de los oradores populares e inculcaba los principios del Gobierno representativo y de libertad política, civil y religiosa; el ejercicio de la autoridad soberana se hallaba distribuido en tres poderes. Mucho, sin duda, se había hecho, en medio de la inexperiencia que ofrecía “vacilante y oscura la carrera de la emancipación”.

Y ¿qué faltaba? Declarar la independencia de hecho y de derecho, que vanos temores y una nimia prudencia querían retardar aún. Todo hablaba en favor de este acto solemne; todo conspiraba a ello; debíamos ser independientes; y, como decía el doctor Miguel Peña, si era preciso morir por sostener los santos derechos de la Patria, Venezuela, cual otra Sagunto, daría a las generaciones futuras un ejemplo sublime.

Habíase establecido en la capital una sociedad bajo el título de Sociedad Patriótica, club numeroso, especie de “Montaña”, donde fermentaba la opinión para engendrar sus proyectos y expedir sus acuerdos. Fueron sus promotores y primeros directores, Don Francisco Miranda y Don Simón Bolívar. Las sesiones eran públicas y nocturnas y en ellas se declamaba contra la tiranía del Gobierno de la Metrópoli, recordando “las atrocidades de los bélzares, el monopolio de la Compañía Guipuzcoana, la venalidad de los oidores peninsulares, el despotismo de Vasconcelos y de Emparan, indicando como único remedio el ejemplo de los patriotas de Norteamérica”. Para dar una idea del ascendiente que llegó a tener la Sociedad Patriótica en la grave y trascendental cuestión de la independencia, se leerá a continuación el enérgico y elocuente discurso del coronel Simón Bolívar, con motivo de la proposición hecha para que una Comisión presentase al Congreso las razones expresadas en la Sociedad, en apoyo de la declaratoria de independencia absoluta de Venezuela.

Muchos miembros del Congreso eran acérrimos enemigos de la Sociedad Patriótica, alegando que era otro Congreso “sin poderes” y que no traería más que el cisma y la discordia. A ellos se dirigió Bolívar cuando dijo el 3 de julio de 1811:

“No es que hay dos Congresos. ¿Cómo fomentarán el cisma los que más conocen la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva, para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad. Unirnos para reposar y dormir en los brazos de la apatía ayer fue mengua, hoy es una traición. Se discute en el Congreso nacional lo que debiera estar decidido. Y ¿qué dicen? Que debemos comenzar por una confederación. ¡Como si todos no estuviésemos confederados contra la tiranía extranjera! Que debemos atender a los resultados de la política de España. ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos, o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. ¡Que los grandes proyectos deben prepararse con calma! Trescientos años de calma, ¿no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía? La Junta Patriótica respeta, como debe, al Congreso de la Nación; pero el Congreso debe oír a la junta Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios.

Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad suramericana. Vacilar es sucumbir.”

“Propongo que una Comisión del seno de este cuerpo lleve al Soberano Congreso estos sentimientos”.

Fue de la aprobación de la Sociedad la proposición de Bolívar, y consiguientemente dirigió al Congreso una exposición redactada por el doctor Miguel Peña, la cual se leyó precisamente el 4 de julio. Al día siguiente, el 5 de Julio de 1811, el Congreso decretaba la Independencia de Venezuela.

7.-El Congreso decreta la Independencia de Venezuela el 5 de julio de 1811

Los trabajos del coronel Bolívar no eran sólo en la Sociedad Patriótica. En todas partes obraba su influencia. Sus modales cultos, su juventud, sus conocimientos perfeccionados en tantos viajes le conquistaban numerosas simpatías en la ventajosa situación que ocupaba su familia, y todo su ahínco era aprovecharlas en servicio de la patria. Atento a la marcha de los sucesos, y preocupado de un solo asunto, de un solo pensamiento, la independencia de Venezuela, no perdía momento ni oportunidad para llevarla a cabo. En lo doméstico como en lo público, en la expansión de la amistad, en medio de los círculos extensos en que la nueva política tomaba cuerpo y se arraigaba, en todas partes y de todos modos trabajaba hablando, persuadiendo, contrariando, con aquella impaciencia propia de su carácter, alentando, entusiasmando con la eficacia natural de su expresión.(15) Bolívar no se Permitía un instante de reposo. En las elecciones primarias, en el colegio electoral, en esos actos de novedad sorprendente para la antigua colonia española, en que tan necesario era el auxilio del pensamiento, de la voz y de la dirección, él, animado del fuego sacro, no perdonaba diligencia ni medio alguno; ocurría a todo, firme en su esperanza de ver ya la patria libre. Con él estaban los Toros, Ayalas, Montillas, Ustáriz, Miranda y otras personas de las familias más acomodadas y de mejor rango de Caracas; grupo privilegiado que tuvo la inspiración del triunfo o la noble esperanza del martirio. Y todos, a cuál más, llenaron la tarea sublime del patriotismo, ostentándose fuertes de corazón y de cabeza, perseverantes e invencibles.

Un incidente inesperado y propio sólo para alarmar, pues que no tuvo consecuencias, vino a acalorar el fervor de las opiniones entusiastas del momento, precipitando los sucesos. El capitán D. Feliciano Montenegro y Colón, que había llegado de Cádiz con pliegos de los diputados suplentes en las Cortes españolas por las provincias de Venezuela, y que una vez en Caracas unió su suerte a la de sus conciudadanos, ofreciendo sus servicios a la Junta Suprema, había sido nombrado oficial mayor de la Secretaría de Guerra. La conducta de Montenegro se elogió como un acto de patriotismo, y a su prudencia y conocimientos se fiaron secretos militares importantes; pero, de repente, y sin la más pequeña causa, se fugó Montenegro (29 de junio), llevándose papeles interesantes, estados de fuerza, correspondencia, etc., yendo a unirse con los enemigos de la patria.(16)

¡Conducta censurable, por decir lo menos, que imprimió en Montenegro manchas oscuras, difíciles de encubrir, y que, sin resultado para España, sólo sirvió al desdoro y menosprecio de su persona!

La evasión causó justa y extraordinaria alarma, rugiéndose ya (y era lo cierto) que se preparaban conspiraciones contra el nuevo sistema que Venezuela había adoptado.

Con esto no quedó duda alguna que convenía ya lanzar el grito de independencia; aun los más tímidos parecieron resueltos, y como el mayor mal era aquel estado de incertidumbre y desasosiego, el presidente del Congreso, doctor Juan Antonio Rodríguez Domínguez, diputado por Nutrias, hizo con voz clara e imponente la moción: “Que habiendo llegado el tiempo más oportuno para tratar la cuestión independencia absoluta, se discutiera inmediatamente”. Muchos diputados apoyaron; las tribunas y galerías resonaron en aplausos, y comenzó el debate, distinguiéndose en la discusión Miranda, Yánez, Roscio, Peñalver y el mismo Domínguez.

El Congreso se reunió ese día y deliberó en la vasta capilla de la Universidad.

Fue el 5 de julio de 1811 el día fausto y memorable en que se sancionó en Caracas la independencia de Venezuela, suscribiendo los miembros del Congreso la Acta famosa que contiene los motivos del suceso y la expresión solemne de ser en adelante, de hecho y de derecho, nación libre, soberana e independiente, con pleno poder para darse la forma de gobierno que fuera de la voluntad general de sus pueblos: declarar la guerra y hacer la paz, formar alianzas, arreglar tratados y hacer y ejecutar todos los actos que hacen y ejecutan las Naciones libres.

He aquí la Acta a que aludo, precioso documento que debe conservarse para siempre en los anales de la historia de la emancipación americana.

Notas capítulo V

(1) Este documento es muy poco conocido.

(2) Orden de 31 de julio de 1810, comunicada al comandante de Marina del Apostadero de Cartagena en 19 de agosto siguiente.

(3) Las facultades ilimitadas de Cortabarría están en la orden de 11 de agosto de 1810.

(4) Manifiesto de 14 de febrero de 1810, dado en la isla de León.

(5) Manifiesto que hace al mundo la Confederación de Venezuela, en 30 de julio de 1811.

(6) Manifiesto de la Junte de Quito en 10 de agosto de 1809.

(7) Decreto de 9 de febrero de 1811.

(8) Entre otros, fueron famosos D. Juan Gabasso, capitán del corsario Casualidad, armado en Santo Domingo, y D. Manuel Espino, comandante de la goleta Cometa, que no desamparaban nuestras costas.

(9) Manifiesto que hace al mundo la Confederación de Venezuela.

(10)  Larrazábal se da una pena inútil para justificar la revolución de la independencia americana. En su tiempo quizás era eso una necesidad. Hoy no. Nadie discute, ni menos niega en nuestros días, el derecho que jurídica y políticamente asistió a la revolución. Pero hay una razón superior a todas: la América se emancipó porque quiso y pudo hacerlo. Después, ha sabido mantenerse independiente. En lo porvenir ocurrirá lo mismo: por eso América es y será independiente. (R. R. F.).

(11) J. D. Díaz: Ob. cit., pág. 30.

(12) Hablando el historiador peninsular D. Mariano Torrente del rebelde D. Francisco Miranda, le pinta así: “Este ruidoso personaje, dotado de un genio bullicioso, de una fortaleza de ánimo extraordinaria, de un arrojo sin igual, de un gran tesón y constancia en las empresas, de talentos no comunes políticos y militares, fue recibido en su país nativo con testimonios públicos de satisfacción y confianza. Este era el jefe que la opinión de los revolucionarios designaba como el más a propósito para dirigir los destinos de aquel país”. Ob. citada, vol. 1.

(13) “La capital de las provincias de Venezuela, Caracas –dice el español Torrente–, ha sido la fragua principal de la insurrección americana. Su clima vivificador ha producido los hombres más políticos y osados, los más emprendedores y esforzados, los más viciosos e intrigantes, y los más distinguidos por el precoz desarrollo de sus facultades intelectuales. La viveza de estos naturales compite con su voluptuosidad, el genio con la travesura, el disimulo con la astucia, el vigor de su pluma con la precisión de sus conceptos, los estímulos de la gloria con la ambición de mando y la sagacidad con la malicia. Con tales elementos no es de extrañar que este país haya sido el más marcado en todos los anales de la Revolución moderna”. MARIANO TORRENTE: Historia de la revolución hispano-americana, vol. 1, pág. 50.

(14) Era Mendoza natural de Trujillo, descendiente de una familia respetable. Había hecho sus estudios en Caracas, y fue a recibirse en Santo Domingo. Ejerció con alto crédito su profesión, y cuando, en 1810, comenzó a rayar el día de la libertad, no vaciló un momento en la esperanza de la completa emancipación. Vino a Caracas, y sus consejos a la Junta y a los prohombres de la revolución aseguraron los aciertos; porque Mendoza, nacido para cosas graves, severas y grandes, ad severitatem potius et ad quoedam studia graviora atque majora natus. (Cicer.: Off: 1, 1) no ~a consultar sino lo útil, lo justo y lo discreto. Su elección para el Poder Ejecutivo fue muy bien aplaudida; y en aquel puesto difícil, en momentos de creación e inexperiencia, se condujo con tan rara habilidad como cordura. Bolívar le estimaba mucho, como quien era tan sagaz para elegir amigos, que los buscaba a prueba de la fortuna, no sólo graduados de la voluntad, sino del entendimiento. Muchos han encontrado en Mendoza el defecto de la “excesiva austeridad, que hace áspera y desapacible la conducta pública, privando de popularidad a caracteres nobilísimos”; pero ni su rigidez fue tal que rayase en tiranía, ni debe exigirse nunca del magistrado que capitule con el crimen ni que sepa atemperarse con el vicio por codiciar una popularidad peligrosa, escollo de la prudencia y de las demás virtudes, de donde sale desdorada la reputación y lastimada la cordura.

(15) De tal modo estaba fija en el alma de Bolívar la idea de independencia, que cuando fue a Inglaterra, en comisión de la junta Suprema con Bello y López-Méndez tocó al ministro Wellesley la cuestión “independencia”, negocio entonces muy delicado que no estaba en las instrucciones. La familiaridad y poco aparato con que el ministro los recibió en su habitación de Aspley House (los comisionados no fueron recibidos en los salones del Ministerio), dio a Bolívar libertad para hablar de un asunto respecto del cual no tenía instrucciones y que contrariaba las exigencias de la Junta. El ministro se lo hizo notar, y Bolívar repuso que expresaba una idea propia, una esperanza que en el orden de los sucesos vería no muy tarde realizada.

(16) Este miserable se atrevió después a escribir la historia de la independencia. R.B.F.

(18) Véase la representación que escribió el doctor Camilo Torres para que la dirigiera el Cabildo de Santa Fe a la Junta Central de España. –9 de noviembre de 1809.

(19) Leyes del tít. 24, lib. 1, de la Recopilación de Indias.

(20) Cédula Real que se conserva en el archivo de la mesa de Juan Díaz, citado por la Junta Suprema del Nuevo Reino de Granada en sus “Motivos para reasumir los derechos de la Soberanía”.

(21) Exposición de la Junta Suprema de Nueva Granada, titulada “Motivos”, etc.

(22) Cédula de 1692.

(23) Ley 8, tit. XIII, lib. III, Recop. de Indias, y Reales órdenes de Don Felipe III en 6 de agosto de 1603, 22 de diciembre de 1606 y 24 de julio de 1610.

(24)  Real orden del emperador Carlos V en Valladolid, a 3 de diciembre de 1549, repetida después con celo varias veces.

(25)  Véase a CLEMENCÍN: Elogio de la reina Doña Isabel.

(26) Real orden de Don Felipe III en Ventosilla, a 20 de octubre de 1614.

(27) Ley 79, t. XLV, lib. 9, R. I.

(28)  Cédula de 2 de marzo de 1634.

(29)  Estas prohibiciones absurdas duraron hasta 1744, en que las abolió Carlos III.

(30) Gaceta de Méjico de 6 de octubre de 18N.

(31) Manifiesto a las naciones del mundo por el Congreso general Constituyente de Buenos Aires.

(32) Exposición de los “Motivos” citada.

(33)  Repert. Americ., t. 1, pág. 244.

(34) Guzmán: Hist. de Chile, lec. 69.

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