El Alfarero / Juan España

Juan España

Juan España

Juan España es natural de Cúa, estado Miranda.  Cúa, 5 de noviembre de 1878 – Caracas, 23 de abril  de 1950.

En 1896 se residencia en El Valle donde abre una bodega. Al poco tiempo su pulpería se convirtió en un lugar de tertulias literarias, frecuentado por escritores como Francisco Pimentel, Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, Andrés Eloy Blanco, Rómulo Gallegos, Pedro-Emilio Coll, entre otros.

Mario Briceño Irragory lo considera uno de los más legítimos representantes de nuestra literatura vernácula.

Autor de un libro intitulado Mi tierra, sigue los pasos de Lazo Martí como escritor de motivos nacionales. Briceño Irragory nos dice del bardo tuyero: “la poesía de Juan España es de una fuerte sugerencia y su versificación es elevada representación de nuestro poeta popular, y la lírica nacional tiene razón de esperar de él una obra que corresponda a su justa consagración”.

EL ALFARERO

i Oh, tú, buen alfarero!

que vestido de harapos desafías

los soles calcinantes de febrero

y de diciembre las mañanas frías;

tu vida es semejante

a la gota de agua que fecunda

con la misma ternura sollozante,

los campos en que funda

el labrador sus dulces ilusiones,

como el zarzal que hiere con su espina

del pájaro inexperto los plumones,

o el samán orgulloso que se empina

para purificar sus ramazones

con el beso glacial de la neblina.

La tierra entre tus manos se transforma

por el soplo genial que la sustenta,

en la pimpina de ovalada forma

donde el agua al dormir se transparenta;

o el tosco botijón en que fermenta

con hervores de mosto

nuestro dulce guarapo, que mitiga

los ardores de agosto

y calma del viajero la fatiga.

Al modelar las tejas

con amor franciscano,

que pulidas las dejas

con la ruda caricia de tu mano,

y aparecen lustrosos y amarillos

en líneas paralelas

los robustos ladrillos

y frágiles panelas.

Cuando el día tramonta el meridiano

y cual impúber niña

sedienta de ternuras la campiña

se acuesta sobre el llano;

hundido hasta los muslos en el “pozo”

derrochas con destreza tu energía

canturreando de gozo.

En tanto el sol con opulento alarde

incendia la hollinosa alfarería,

poblando los contornos de armonía

se agitan bajo el oro de la tarde

tus cantares, ¡oh rústico alfarero,

que olvidando la pena que te agobia

reconstruyes la cita en el sendero

y el ósculo primero

que temblando de amor te dió la novia!

En la noche animada de la quema

que el canto del sauzal melancoliza

y es la caldera fulgurante gema,

mientras el peón allega la chambiza

para saciar del horno el apetito

y vuela el humo en ascensión suprema

queriendo agujerear el infinito,

quién sabe qué pretérita o futura

evocación de gloria y poderóo

en los abismos de tu alma obscura

pone un vago temblor de calofrío.

¿Pensarás que con esos materiales

se construirán soberbias catedrales

propicias a la fe del cristianismo,

elevadas columnas a la gloria

en que irá genuflexo el patriotismo

al rumor de las dianas de victoria?

¿Evocarás aquellos caserones

de los sepultos días coloniales

que al arrullar un sueño de leones,

oyeron relinchar a los bridones

que salvaron las cumbres nacionales

en un vuelo fugaz de redenciones?

Con respeto filial los reverencio,

porque ellos nos dicen al oído

en el mudo lenguaje del silencio,

que no podrá el olvido

borrar las inscripciones

que buriló el acero

de tres generaciones,

inexhausto venero

de las libertadoras tradiciones.

En la pobre casita del labriego

cobijarán la dicha y las angustias

con ingenuo cariño,

verán morir las ilusiones mustias,

gozarán con los mimos y el juego

que sostiene la madre con el niño

y a la hora del místico rosario,

hora en que el alma sueña con el cielo,

escucharán rezar al vecindario

hambriento de piedad y de consuelo.

Cuando apague la muerte en nuestros ojos

los naturales brillos,

y con férreos martillos

del portón de la vida los cerrojos

remache presurosa,

compañeros serán esos ladrillos

en la noche sin alba de la fosa.

Eres humilde abeja en la colmena

rumorosa del mundo,

sin embargo la vida te condena

por todas sus injustas ironías,

a hundir en el dolor tus alegrías,

y sacar de la tierra en lo profundo

el pan para tus días.

Por el viril esfuerzo de tu brazo

se fabrican palacios y mansiones

donde flores perfumes y canciones

le brindan al amor tibio regazo;

pero tú sólo tienes por abrigo

un mísero tugurio apuntalado,

donde rumian contigo

la retama de un sueño irrealizado,

junto a la puerta echado

el perro, noble amigo,

y el gato que avizora en el tejado.

La multitud te mira indiferente,

porque ella, ignorante, no analiza

el enorme exponente

que tu labor fecunda sintetiza.

Es de tal trascendencia

la labor de tu mano,

que tú mismo lo ignoras,

como ignora tu pobre inteligencia

por qué son las auroras

engendro de la noche: así el gusano

cuya vida asquerosa

germinó en el pantano,

no adivina la rosa

ni el capullo lozano

en que habrá de dormir ya mariposa.

Eres el pobre e ignorado obrero

que cruzas la Via Láctea de la vida,

como la luz de un mínimo lucero

en la borrosa inmensidad perdida.

Mas si el destino tu ambición cercena,

opónle tus reservas de energía

y con tu mano encallecida y buena

lleva a la Patria como ofrenda pía

el áureo grano de tu propia arena.

Procura antes de hundirte en el abismo

lúgubre de lo arcano,

modelar con el mísero pantano

sonoro pedestal para ti mismo.

Y así habrás de vivir lo venidero

de tu obra al amparo,

como aquel alarife y alfarero

que con la luz del ideal por faro

y su irrompíble voluntad de acero,

logró construir el sólido edificio,

que un arrimo propicio

le brinda el viejo peñascón del Ande,

a cuya sombra paternal de abuelo

la libertad de América se expande

hasta perderse en el azul del cielo.

Fuente: Briceño Irragory, Lecturas Venezolanas. Ediciones Edime. Caracas, 1959

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