El 19 de abril de 1810 / Felipe Larrazabal

felipe Larrazabal

Felipe Larrazabal

Lleguemos, por fin, al año de 1810.

Los meses de enero, febrero y marzo de aquel año se pasaron en espionaje e inquietudes. Los patriotas no podían reunirse sino con grandes precauciones: de noche, en el campo, con pretextos plausibles; en la casa de la señora Juana Antonia Padrón, madre de los Montilla, mujer de elevado espíritu, de amable trato y de extensas relaciones en la sociedad. Aun concertaron festejar con pompa los cumpleaños y celebridades de familia, para comunicarse más a menudo y con esta cubierta sin peligro.(1)

Enardecido el capitán general Emparan con la pretensión de libertad que abrigaban los venezolanos y que se descubría a muchos claramente hasta en el semblante, tomó medidas rigurosas, aun sin saber nada concreto. Bolívar tuvo que retirarse a su hacienda de los Valles del Tuy para escapar del destierro con que le amenazaba; el capitán Juan Pablo Ayala y sus hermanos recibieron orden de salir de Caracas; los hermanos Carabaño fueron confinados a Maracaibo; el capitán D. Diego Jalón, a Margarita; Florencio Palacios, a Barcelona…

Empero, los patriotas estaban resueltos a dar un golpe de redención, aunque les costase la vida.

Los sucesos de las armas imperiales en la Península dejaban presentir que la conquista de España era inevitable. Sevilla había caído en poder de los franceses; la Junta Central estaba refugiada en Cádiz, y esta misma ciudad sufría el terrible asedio del general Sebastiani. Las apariencias de salvación se desvanecían por instantes, y aun corrió el rumor de que Cádiz se había perdido, fundada esta conjetura en que la goleta Rosa zarpó de aquel puerto sin los despachos ordinarios.

En ocasión tan grave se reunieron los patriotas Bolívar, Martín Tovar, Sojo, Blanco, Montilla, Anzola, Ribas, Díaz Casado y otros, a las tres de la mañana, en la casa del doctor D. José Ángel Alamo, y allí acordaron las últimas medidas…(2)

Dos días antes habían llegado a La Guaira, en el correo de España, los señores conde D. Carlos Montúfar y capitán de fragata D. Antonio Villavicencio, con el encargo de anunciar la instalación del Consejo de Regencia de Cádiz, que había sucedido a la Central, y pacificar el primero el reino de Quito y el segundo el virreinato de la Nueva Granada. Esa autoridad que fluctúa en la Península –decía Bolívar–, y que no logra establecerse, nos incita a constituir nosotros la junta de Caracas y gobernarnos por nosotros mismos. Al medio día del 18 de abril (Miércoles Santo) llegaron a Caracas los comisarios nombrados. “Rodeáronlos y abrazáronlos Montilla, Bolívar, Sojo y compañeros, porque los tales comisionados eran sediciosos por carácter y los más propios para dar impulso a la rebelión: la Regencia no los conocía”.(3)

Bolívar, Sojo y Montilla rodearon a Villavicencio y Montúfar para conocer la situación verdadera de las cosas en España y resolver con más acierto. Sus noticias, en efecto, les decidieron a obrar con resolución y dar el golpe presto,

 2.- El 1 9 de Abril de 1810

En la mañana del 19 de Abril el Ayuntamiento se reunió, como de costumbre, para asistir a los oficios religiosos del Jueves Santo en la iglesia Catedral, e invitó al gobernador Emparan. Allí, mientras se disponían para salir, se le habló al capitán general del estado de la Península, de la necesidad de organizar en Venezuela un gobierno propio que velase en la defensa común y conservase los legítimos derechos del soberano; y aun llegó a indicarse (con ligereza imperdonable) los miembros de que la Junta debiera componerse. Oyó el gobernador tranquilamente la propuesta; y eludiéndola, no sin arrogancia, dijo que después de los oficios se ocuparía de aquel asunto, harto delicado. Hablando esto, se cubrió y salió, con ademán resuelto, de la sala.

Los revolucionarios se miraron, atónitos. Siguieron maquinalmente a Emparan, presagiando cada uno desdichas y persecuciones. Era evidente que el capitán general mandaría prender desde la iglesia a los comprometidos, que ya en parte sabía quiénes eran.

Con sobra de comedimiento y urbanidad se le había hablado; pero también se le había dicho “Junta”, que equivalía a despojo de su autoridad. Y de seguro que tales propósitos se avenían mal con el orgullo y la impaciente vehemencia de Emparan.

El momento era solemne.

Contemplándose perdidos, los revolucionarios se acusaban de ingenuos e imprudentemente candorosos; y aunque no se arrepentían de sus nobles pensamientos, veían ya como frustrados sus deseos.

La iglesia Catedral quedaba en frente de la Casa Consistorial; en medio, la plaza; a un lado, la guardia llamada del “Principal”. Acaso se pondrá Emparan a la cabeza de aquella fuerza para desbaratar los planes de la revolución. Ya lo sabía todo… ¡Qué ansiedad!

Emparan pasó. La tropa le hizo los honores.

En la puerta del templo estaba formada otra guardia de granaderos del Regimiento de la Reina… Nuevos temores, más fundados aún. Había transcurrido más tiempo para meditar…

¿Qué sucederá? Los ojos de todos se fijaban en Emparan, como si aguardasen un prodigio que debiera cumplirse en él…

Al poner éste el pie en los umbrales del templo, le alcanzó el intrépido patriota Francisco Salias, le asió del brazo, le detuvo, diciéndole que volviera con él al Cabildo, que la salud pública lo exigía así. En ese instante el sargento y los granaderos, atentos al castigo de tan repentina osadía, prepararon sus armas, el capitán D. Luis Ponte, que los mandaba, nada sabía de los planes de aquel día, pero ordenó que descansaran y fue obedecido. Con esto, los revolucionarios repitieron la intimación de Salias: el pueblo se arremolinó y, sin saber lo que pasaba, aumentó la confusión. Emparan, en medio de la escena y del alboroto que ya reinaba, ni habló ni hizo otra cosa que volver con Salias al Cabildo. Ya veía el menoscabo de su poder en aquellos preludios de su ruina.

En el tránsito, el cuerpo de guardia, que acababa de hacerle los honores, se los niega. Esta circunstancia acabó de desconcertarse completamente.

Cuando entraba por la sala consistorial ya no era el gobernador.

Ninguna resistencia opuso a los doctores Juan Germán Roscio y Félix Sosa cuando éstos le propusieron la formación de una Junta Suprema; y ni le ocurrió observar siquiera que aquellos dos individuos tomaron asiento en el Cabildo y hablaron sin ser del cuerpo.

Nuevos riesgos, sin embargo, amenazaban a la revolución, que estuvo a punto de malograrse. El respeto que se tenía a la majestad de las autoridades españolas era tal que, a pesar de todo, los capitulares iban a nombrar a Emparan presidente de la Junta. Ya Roscio, el mismo Roscio, tan cauto y advertido, había comenzado a redactar la acta en este sentido, cuando se presentó el hombre destinado para consumar el grande hecho de la revolución. Ese hombre fue el doctor José Cortés de Madariaga, natural de Chile y canónigo de la catedral de Caracas. En la Merced estaba confesando, cuando alguno le dio aviso de lo que ocurría… La debilidad de los municipales le enardeció. Corrió precipitado al Ayuntamiento, entró y tomó asiento dándose él mismo el título de “diputado por el Clero”, y delante de Emparan habló con viveza y fuerza a los incautos miembros que, con ceguedad inaudita, iban a ponerse ellos y poner a otros a merced de las venganzas del capitán general y a sacrificar para siempre el proyecto de soberanía que habían comenzado a practicar bajo tan felices auspicios.

Era Cortés hombre de ánimo audaz, de condición apasionada y vehemente, por naturaleza verboso, y cuando el peligro o la contrariedad le animaban, desembarazado y tronante. Su peroración impresionó a Emparan, que comenzaba a volver ya de su primer asombro. Madariaga pintó el verdadero cuadro de la situación de la Península, esforzó la necesidad de constituir en Venezuela un gobierno propio y concluyó pidiéndole la deposición del gobernador como una medida vital de seguridad pública… Sí; lo pido –dijo centelleándole los ojos– en nombre de la justicia y de la patria; en nombre de nuestra libertad.

La noble entereza de este eclesiástico benemérito de América y su justa apreciación de las cosas y del momento son uno de los rasgos más vistosos y seductores que ostenta el gran cuadro del 19 de Abril de 1810.

Ya no cabía medio en la situación a que había traído las cosas la varonil palabra del canónigo de Chile. O se traicionaba el movimiento o se rompía con Emparan. Este ocurrió al pueblo, juzgando encontrar menos rigor en la multitud del que hallaba en el Cabildo; y en voz alta preguntó desde el balcón a la muchedumbre si estaban contentos con su mando. Muy advertido era Madariaga para librar el resultado de aquel arduo asunto a la imprevisión o mudable voluntad del pueblo; y quedándose un poco atrás de Emparan, hizo señas que no. Varios de los comprometidos gritaron entonces: —No; no lo queremos, no lo queremos, palabras que repitió el pueblo con clamor más expresivo, a lo que repuso Emparan, despachado: —Pues yo tampoco quiero.

Así terminó el acto trascendental de aquel día para siempre memorable. La revolución se consumó por el denuedo de Salias y por la ingerencia patriótica y el eficaz calor del canónigo Cortés de Madariaga.(4)

La revolución de independencia americana había dado su primer paso.

El primer Gobierno propio de la América española quedaba constituido. Pronto haría lo mismo Buenos Aires, el 25 de mayo; luego Bogotá, el 20 de julio; Chile, el 18 de septiembre. Durante ese año de 1810 todas las capitales de América, con excepción de Lima y Guatemala, darían un paso idéntico al que iniciara Caracas el 19 de Abril.

 3.- Venezuela empieza a ejercer el gobierno propio

 La junta de Caracas, al constituirse, erigió en principio “el derecho de regirse por sí mismas las provincias de América, a falta de un gobierno general”.

Los actos con que nuestra Junta inauguró su existencia y la reveló al mundo fueron notables.

A Emparan, Basadre y otras autoridades del antiguo orden los expulsó, embarcándoles con la debida seguridad, pagándoles sus sueldos y dándoles cuanto necesitaban para su viaje a los Estados Unidos del Norte.

A los españoles les habló, en una hermosa proclama, diciéndoles que serían tratados con el mismo afecto y consideración que los americanos, como que todos éramos hermanos y estábamos cordial y sinceramente unidos en la causa.

A los venezolanos les convidó a la unión y fraternidad a que unos mismos deberes e intereses les impelían.

A los americanos de las diversas secciones del Continente les anunció la revolución, diciéndoles: “Venezuela se ha puesto en el número de las naciones libres y se apresura a noticiar este acontecimiento a sus vecinos, para que, si las disposiciones del Nuevo Mundo están acordes con las suyas, le presten auxilio en la grande y harto difícil carrera que ha emprendido. Virtud y moderación ha sido nuestro mote; fraternidad, unión y generosidad debe ser el vuestro, para que, entrando en combinación estos grandes principios, produzcan la grande obra de elevar la América a la dignidad política que tan de derecho le pertenece”.

Y con esto abolió el odioso tributo de los indios; libertó del derecho de alcabala los artículos de primera necesidad; prohibió la introducción de esclavos en Venezuela, mandó formar sociedades patrióticas para el fomento y mejora de la agricultura y de la industria y organizó los diversos ramos de la administración pública.

Tal fue el generoso espíritu que animó la primera revolución de la América del Sur: “Revolución sin sangre, sin odios ni venganzas”.(5)

 4.- La junta de Caracas inicia relaciones con las demás provincias de Venezuela y con el extranjero

 Otro de los cuidados de la Junta fue enviar comisionados de su confianza a Coro, Barinas, Maracaibo, Barcelona, Margarita, Cumaná y Guayana, para convidar estas provincias a la unión. Esto en cuanto a política interior; en cuanto a política exterior, fue el primer gobierno de Hispanoamérica que inició relaciones diplomáticos con el extranjero; el primero que envió agentes a naciones de nuestra América, convidándolas con la alianza. Escribió a la Regencia y envió comisiones a las Antillas, a Santa Fe, a los Estados Unidos del Norte y a la Gran Bretaña, para hacer conocer el movimiento de Costa-Firme y buscar apoyo y simpatías a la revolución. Los comisionados cerca de S. M. Británica fueron el coronel graduado de milicias D. Simón Bolívar, el comisario ordenador D. Luis López Méndez, y en calidad de agregado, o auxiliar, D. Andrés Bello, comisario de guerra honorario y oficial de la Secretaría de Estado de la Suprema Junta; éstos partieron a mediados de junio para Londres en la corbeta de guerra inglesa General Wellington, capitán Georges, que puso a disposición de la Junta el almirante Cochrane, comandante en jefe de las fuerzas navales británicas de Barlovento.

Diverso fue el efecto que tuvieron estas comisiones. La mayor parte de las provincias que componían la Capitanía General de Venezuela siguieron dóciles el ejemplo que Caracas dio; pero Guayana, Coro y Maracaibo, desatendiendo la invitación, continuaron por más tiempo presas del fanatismo, y se opusieron. El comisionado para Coro, doctor D. José Antonio Anzola, fue oído con desprecio y desechado con indignación por el brigadier D. José Ceballos, gobernador de aquella provincia. A los señores doctor D. Vicente Tejera, D. Díego Jugo, y D. Andrés Moreno, emisarios de paz y de amistad para Maracaibo, los detuvo en el Ancón el gobernador D. Fernando Miyares, sin permitirles entrar en la ciudad; los pasó luego al castillo de San Carlos, y, poniéndolos en un buque, los remitió bajo partida de registro a Puerto Rico, para que allí fuesen juzgados como rebeldes. D. Salvador Meléndez, gobernador de Puerto Rico, los sepultó de pronto en las bóvedas del Morro, donde permanecieron seis meses, y no lograron salir sino al favor de la mediación eficaz del almirante sir Alejandro Cochrane.

D. Mariano Montilla y D. Vicente Salias fueron muy bien recibidos en Curazao, Jamaica, Barbados y otras Antillas; no así los señores J. R. Revenga y T. Orea, comisionados cerca de los Estados Unidos del Norte, cuyo Gobierno, ¡quién lo creyera!, les manifestó esquivez y poca simpatía.(6)

El canónigo Cortés Madariaga, comisionado para Santa Fe, y que desde su salida de Caracas emprendió un apostolado de libertad, tuvo varios tropiezos en el tránsito. En Mérida se vio estrechado; mas de todo salió bien, merced a su genio resuelto y al expediente fácil y airoso que le ofrecía su inteligencia en los apuros.(7)

Bolívar y López Méndez fueron muy bien acogidos en Londres por el marqués de Wellesley, Ministro de Estado y Relaciones Exteriores, habiéndoseles dedicado por el precitado ministro, por Mr. Wellesley, su hijo, miembro del Parlamento, por sir A. Cochrane y por su alteza real el duque de Gloucester, las expresiones más lisonjeras. Así lo aseguraron ellos mismos por sus notas de 2 y 4 de agosto de 1810. Inglaterra tenía un tratado de alianza con España, y apenas le fue posible extenderse a autorizar a los jefes de las Antillas inglesas “para que tomasen cuantas medidas juzgaran necesarias al fin de sostener los gobiernos de América, cualesquiera que fuesen, contra los ataques e intrigas del tirano de la Francia”.(8)

A tiempo que Bolívar y el otro delegado trabajaban en obtener del Gobierno británico las respuestas favorables a las proposiciones que dirigieron, escribía también el futuro Libertador y hacía publicar en el Morning Chronicle artículos contra el decreto de bloqueo que ordenó la Regencia, demostrando a todos el verdadero carácter de la revolución de Venezuela. La carta de “Un español de Cádiz a un amigo suyo en Londres” que se lee en el Morning Chronicle de 5 de setiembre es de Bolívar. El contenido versa sobre el decreto de bloqueo de la Costa Firme ordenado por el Gobierno español; injurioso decreto que llenó de asombro a nuestros comisionados en Londres.

Después, creyendo que más útiles servicios podía seguir prestando en su patria, trató de volverse, dejando en Londres al Sr. López Méndez. Bolívar tuvo el placer de ayudar, en lo que le fue posible, a los enviados de Buenos Aires que llegaron a Inglaterra a solicitar la amistad y alianza de aquella grande y liberal nación. La América española, al romper los vínculos que la ataban a España, volvió la vista al pueblo amigo de la libertad, presentándole la ocasión de dar al mundo el testimonio más brillante de su amor a la justicia, empleando su poderoso influjo en favor de pueblos débiles y afligidos.

Cuando los patriotas Tejera, Jugo y Moreno eran víctimas de la arbitrariedad de Miyares, como se ha visto, insultándose en ellos la humanidad y despreciándose el derecho de gentes, un oidor, D. José Francisco Heredia, nombrado por la Junta Central de España para la Audiencia de Caracas, escribió al Gobierno que deseaba venir facultado como estaba por el Excelentísimo señor capitán general de Cuba, para tratar de reconciliación con las autoridades venezolanas. El Gobierno de Caracas le envió un pasaporte, y por medio del doctor Roscio, miembro del Ejecutivo, le escribió en estos términos: “Mientras que nuestros emisarios han gemido bajo los más atroces insultos desde Coro al castillo de Zapara y el Morro de Puerto Rico, vendrá V. S. desde ese mismo Coro hasta Caracas bajo la salvaguardia inviolable del adjunto pasaporte; bajo el sagrado de la palabra del digno jefe de nuestras fuerzas del Poniente y bajo la égida invulnerable de la moderación y del decoro de todos los que viven bajo los anuncios regeneradores del nuevo sistema, incapaces de violar el carácter de enviado de que goza V. S.”.(9)

 5.- Conatos de contrarrevolución y asesinato, en Quito, de los patriotas.

 Tal era el estado de las cosas cuando se ofreció a la junta nueva y más alta ocasión de dar a conocer su magnanimidad. Halagados con la cooperación de Ceballos y Miyares, proyectaron una reacción que quitase el mando de manos americanas, y restableciese el orden antiguo, D. Francisco y D. Manuel González de Linares, españoles, hijos de Santander, aconsejados por el doctor José Bernabé Díaz, del Colegio de Abogados de Caracas. Llegó el plan a madurarse y aun se pensó en realizarlo, cuando la denuncia de los capitanes del Regimiento de la Reina, D. José Ruiz y D. José Mires, que estaban en el secreto, frustró la tentativa. Siguióse la causa con actividad; pasada al fiscal el 31 de octubre, se sentenció poco después. A ninguno de los conjurados, ni a los más culpables, se impuso pena de muerte; casi todos llevaron la de expulsión. La Junta no quería sangre.

Tuvo lugar en Caracas, aplaudiendo todos el proceder generoso de la Junta, cuando la posta de Santa Fe trajo la infausta nueva de la tragedia sangrienta acaecida en Quito, donde los patriotas prisioneros habían sido pasados a cuchillo en la cárcel de aquella ciudad. Difundióse el conocimiento oficial de los hechos, que causaron las más vivas sensaciones. Todos los habitantes vistieron luto, sin aguardar que lo decretase el Gobierno, en demostración de su profundo dolor por el sacrificio de los primeros mártires de la libertad. Por todas partes se oían palabras enérgicas de sentimiento, canciones lúgubres, imprecaciones terribles contra los que mancharon sus manos en la sangre inocente de los patriotas quiteños.

Notas:

Capitulo IV del libro de Felipe Larrazabal

(1) Entre los datos que suministró D. Andrés Bello al señor Amunátegui para su biografía publicada en Chile, hay uno referente a la época que bosquejo y que confirma el hecho de estas reuniones de familia en que mejor se comunicaban los amigos. En el dato mencionado se habla de Bolívar, aunque de paso, y lo copio, por tanto, con doble intento. Dice así:

“Acostumbrábase entonces en Caracas amenizar los placeres de la mesa con lecturas literarias, por medio de las cuales los poetas suplían la publicidad que les habría facilitado la imprenta si hubiese existido.

“Fue en dos de las suntuosas comidas con que Simón Bolívar solía obsequiar a sus amigos donde D. Andrés Bello leyó dos traducciones de largo aliento en verso, a saber: el quinto libro de la Eneida y la Zulima, tragedia de Voltaire. La primera agradó mucho, particularmente a Bolívar, cuyo voto era digno de estimación en materias de gusto; pero no así la segunda, que fue mal recibida; no porque la traducción estuviese defectuosa, sino por el poco mérito intrínseco de la obra misma. Bolívar criticó a Bello que hubiera elegido esta pieza entre las demás del mismo poeta; y D. Andrés, conviniendo en la inferioridad de la Zulima, le confesó que el motivo de semejante preferencia había sido el hallarse traducidas al español las otras tragedias de Voltaire, y el no haber osado competir con los ingenios que las habían vertido a nuestro idioma”. (Véase la transcripción de este informe de Bello en la Vida de Don Andrés Bello, por M. L. Amunátegui, pág. 61).

(2) También hubo, en diferentes horas, reuniones en la casa de D. Valentín Ribas y en la de D. Manuel Díaz Casado, no tan sólo para acordar la ejecución definitiva del plan, cuanto para asegurarse de la buena fe y firme resolución del batallón de milicias de los valles de Aragua del cual era coronel el marqués del Toro, y de algunas compañías de granaderos de los batallones de milicias que mandaba el español D. Francisco Osorno, acuartelados a extramuros de la ciudad de Caracas, y a los que pertenecían los oficiales patriotas Miguel de Ustáriz, Juan Vicente Bolívar, Leandro Palacios, Tremariz y otros. Estas fuerzas eran la base de operaciones; El Ayuntamiento, el centro de la combinación revolucionaria.

(3) J.D. Díaz: Ob. cit., pág. 14.

(4) El canónigo D. José Cortés de Madariaga, elocuente y valentísimo tribuno en el memorable 19 de Abril, nació en Santiago de Chile, en el último tercio del siglo anterior. Su familia, tenedora hoy del mayorazgo de “Cañada Hermosa”, era distinguida en el país. El hizo su educación en Chile y hubo de ir a España para dirimir cierta disputa de prerrogativa eclesiástica que tuvo con el fiscal de la Audiencia de Lima, el señor D. Miguel de Eizaguirre. En Madrid, gracias al favor de D. Manuel Mallo, que gozaba de la predilección de la reina María Luisa, se arregló la desavenencia, y hacia 1806 regresó Cortés a Chile por la vía de Costa Firme. Llegó a Caracas, y en esta ciudad le cautivaron de tal género la sociedad intelectual y el espíritu del pueblo, que resolvió permanecer, cambiando su prebenda de Chile por la canongía de merced de la catedral de Caracas. La belleza personal de Madariaga (pues era esbelto, blanco de tez y de facciones finas y expresivas) junto con sus modales suaves y su palabra fácil y brillante, le dieron acceso en todos los círculos principales de la capital. Las ideas políticas del canónigo

de Chile (que así se le llamaba), reflejo de las luces de la Revolución Francesa, cuadraban admirablemente a los que urdían planes de independencia, y se hizo luego íntimo de los Ayala, Sojo, Bolívar, Montilla, cuyos salones frecuentaba.

Hemos visto ya la parte que tomó en el gran suceso del 19 de Abril de 1810; más adelante veremos sus servicios, su desgracia y sus eficaces y continuos trabajos en la revolución que dio libertad a la América del Sur.

(5) “Tres siglos gimió la América bajo la tiranía más dura que haya afligido a la especie humana; tres siglos lloró las funestas riquezas que tantos atractivos tenían para sus opresores; y cuando la Providencia justa le presentó la ocasión inopinada de romper las cadenas, lejos de pensar en la venganza de los ultrajes, convida a sus propios enemigos, ofreciendo partir con ellos sus dones y su asilo”. Palabras de Bolívar en su carta al señor Hodgson, gobernador de Curazao, en 1813.

(6) Y esta política de los Estados Unidos permanecerá la misma durante toda nuestra revolución de independencia. Nada les debemos, ni siquiera simpatía. Se acordaron de nosotros cuando ya éramos independientes. (Nota de R. B. F.).

(7) En carta de 10 de febrero de 1811, dirigida a D. Francisco Berrio desde la hacienda de Estanques, jurisdicción de Mérida, decía Cortés: “Continuamos sin novedad en medio de las imponderables incomodidades y riesgos que hemos probado en el camino, y nos restan que sufrir, todo con paciencia y con provecho en cuanto a la causa del día; y puede usted creer que, a no haber tomado yo a mi cargo la comisión que llevo, ya el demonio se habría reído de la emancipación de Caracas; jamás me corresponderá la provincia los esfuerzos y fatigas que aplico en su obsequio. Usted lo graduará así, acercándose a Roscio e instruyéndose de las partes, etc. Napoleón ha vencido con las armas, y si yo no he conquistado con ellas, a lo menos he abierto el camino a los campeones que quieran sacar partido de los pueblos, con la constancia y el fuego de la palabra. Me he visto arrestado y excomulgado por el mentecato de Milanés (éste era el obispo de Mérida); pero con presencia de ánimo he triunfado en sus asechanzas. A no aventurar el suceso, estaría este sátrapa en viaje para ésa, montado en un asno; no merece otra cosa, con su secretario Talavera y algunas personas más de su comparsa”. Nada descubre tan vivamente el temple de alma y el entendimiento del canónigo D. José Cortés Madariaga.

(8) Circular dirigida por el lord Liverpool, ministro de las colonias inglesas, a los jefes de las Antillas (8 de agosto de 1810).

(9) Oficio de 26 de setiembre de 1810, inserto en la Gaceta de Caracas, y reproducido en el Diario Político de Santa Fe, núm. 27.

NOTA: Hay que colocar la fuente bibliogràfica 

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