Biografía de la fiesta de San Juan en Venezuela / Juan Pablo Sojo

La fiesta de San Juan contiene un poderoso aliento universalista, pues se remonta a los orígenes religiosos de la humanidad. Es la celebración del solsticio de verano, una fiesta de la cosecha que se pierde en las oscuras adoraciones védicas, el culto del fuego, el rito de la danza, las supervivencias fitolátricas del hombre. Está relacionada al signo de los astros y a los símbolos más antiguos de Asia, África y Europa. Los sibs zoólatras entraron en ella al cabo de los siglos y el catolicismo ortodoxo, -guiado como todas las religiones- por la sincretización de los cultos paganos, adoptó esta fecha trascendental bajo el patronato de un Santo en su calendario. Se adoraba el agua, se adoraban las cosas y los seres, siderales o terrenos; el árbol, lo flor, el pájaro, la piedra; la serpiente se representaba en la fuente, la ondulación de esa inmensa galaxia llamada “camino de Santiago”, cuyo derrotero seguían los magos egipcios y caldeos cubiertos de cucuruchos deslumbrantes. Se adoraba la serpiente o el fuego en el solsticio de verano. Se adoraba el agua de los lagos y los ríos. El Ibangué, como el Nervión en la ría del Cantábrico; las aguas del Amur, como las del Tanganyka. Los lagos tienen algo de azogado misterio lunar. Los ríos, reptan como lo cobra sagrada y el poderoso boa. Surgió Juan el Bautista junto a las aguas lústrales del Jordán, y su mano levantó el cuenco que habría de bañar en la gracia de los cielos y la tierra a Jesús el Catecúmeno.

ADOPCION DE SAN JUAN BAUTISTA
El negro y el indio vinieron a ser en América, los nuevos bautizados. Aún siendo víctimas del bárbaro sistema esclavócrata, les dieron la primera carta de nacionalidad en la partida de bautismo. Este sacramento religioso vino a ser un acontecimiento trascendental en la vida de los indígenas africanos y americanos, cuyo espíritu inclinado a adorar lo objetivo, tuvo necesidad de rendir culto a algo que representara el acto católico. Sus propios dioses les eran arrebatados junto con la libertad. Los religiosos europeos (doctrineros) se dieron cuenta inmediata del asunto, por que les resultaba un poco difícil borrar un sedimento aprehensivo entre los recién cristianados, que pensaban como el Moreno del Martín Fierro:

“Cuentan que de mi color
Dios hizo al hombre primero:
mas los blancos altaneros,
los mesmos que lo convidan,
hasta de nombrarlo olvidan
y sólo le llaman negro”.
“Pinta el blanco negro al diablo,
y el negro blanco lo pinta;
blanca la cara retinta,
no habla en contra ni en favor:
de los hombres el Criador
no hizo dos clases distintas”.

Urgía remediar el inconveniente entre la larga lista de mártires y aureolados en la Gracia Divina. Allí estaba la para entonces reciente encíclica de Paulo III, (de mediados del siglo XV), en que se debían tener como racionales a los “idólatras” convertidos. San Benito, San Juan Bautista, la Virgen del Cobre, la Virgen de la Coromoto o la de Chiquinquirá. Si no lo preveían los religiosos, los efectos psicológicos de las prédicas y actos exorcistas de la Iglesia surtían su efecto favorable. Se manifestaron las apariciones, los trances místicos u oníricos. San Juan el Bautista, en su vida, práctica y relación cronológica vino a llenar ese “objeto” o divinidad que, los negros en particular, necesitaban adorar. Por su porte los africanos hallaban un Icono en quien extravasar sus propias creencias. Se conciliaron así el Jordán con la Cobra Sagrada. El Bautista con el rito voodoo; triunfando a la larga el catolicismo.

 

Barlovento, Venezuela

EL ESPAÑOL y EL CRIOLLO HACENDADOS
A través de todo ese lapso de intensa mixigenación tri-étnica venezolana que parte del 1600 hasta el día del decreto abolicionista del 1854, la fiesta de San Juan Bautista celebrada durante los días 23, 24 y 25 de junio, se prestó a maravillas para los intereses de la Iglesia. Por otra parte, a los hacendados les convenía mantener a sus esclavos satisfechos. El buen trato, la alimentación fuerte, la concesión de tres días de holgorio durante el año, que aprovechaban aquellos para dedicarse a sus “danzas bárbaras y al desenfreno y la vehetría”, según cuenta el bueno de Fray Pedro de Aguado, redundaban en beneficio de los producciones del añil, del tabaco, la caña, el café y el cacao. Estaba dentro del recto sentido calculador y el cumplimiento de la doctrina cristiana cuyos celadores de sotana hacían cumplir tan rígidamente en las Provincias de Indias. Pero a partir del decreto de Monagas -medida abolicionista que por no ir acompañada de una mejoría en el terreno económico, no tuvo la eficacia social esperada- las fiestas de San Juan Bautista vinieron a ser una costumbre típica de nuestro pueblo, la cual hoy tiende a desaparecer si no se coartan el sedimentarismo y la decepción creados por el sistema providencial del cultivo de la tierra, cuyo principal efecto, la migración hacia la ciudad (llena de snobismos, comodidades, sistemas modernos de vida) transforma rápidamente el alma criolla, adaptándola o las culturas exteriores.
Sin embargo, aún está por discernirse si la observancia religioso-económica de los hacendados criollos y españoles, o el aporte que el negro trajo consigo -la cultura africana en lid gallarda, aunque desproporcionada, con la europea (la india resultaba una cultura matriz) -, merecen de por si el crédito de esta costumbre; aunque sería ir por las ramas si a ambas no se atribuyera.

NOCHEBUENA SANJUANERA VENEZOLANA
En realidad me he adelantado en este trabajo a un libro que preparo sobre el negro en Venezuela. Sólo o una exigencia -para mi altamente estimada- del compañero Juan Liscano, director del Papel Literario de “El Nacional” se debe el que publique aquí algunas de mis observaciones y estudios en esta materia. Esta salvedad lleva consigo la explicación de la necesidad en que me he visto de extraer del material en el que trabajo lo relacionado con la celebración de los tres días dedicados a San Juan en nuestro país.
Estas festividades conservan una gran riqueza típica, invalorable e inexplotada, en nuestras costas, acentuándose, claro está en la región barloventeña.
Desde el 23 de junio comienza a repicar el “Mina” a las 12 meridiem, cuando las campanas de la iglesia dejan volar en el aire traslúcido y fiestero su campanada doceava. Repica con su voz aguda la “curbata” y luego de un espacio, el ronco “Mina” responde ardorosamente al reclamo. Los “laures” -rítmicos golpes sobre la madera del tambor- son como una lluvia de verano, alegre e interminable promisora de cosechas. Toda la población siente en las venas el calor que templa el ánimo. Las sombras de preocupaciones desaparecen dando paso a la euforia que vibra en el aire y aletea graciosamente con las mariposas de San Juan, el taumaturgo, que ha de traer en su peregrinación por el mundo, la realización de los deseos. Todo es agitación en las casas. Se adoba la carne de cerdo, se condimenta el guiso, los “ahogados” picantes; se muele el maíz y el arroz para el carato y la chicha; se miden los garrafones de aguardiente, avívanse los hornos, labóranse las flores de papel, y las naturales se meten en agua; aplánchanse las colchas de vivos colores para el altar; las morenas manos de las venteras engrasan los azafates que llenan de granjerías espolvoreadas de azúcar, canela o papelón quemado. Es la nochebuena de San Juan. Todo es movimiento en las calles y las casas. El tambor retumba en el espacio y el ancestro. La morenita graciosa de clara piel de ajonjolí, da el último pespunte al blanco faralao de la roja falda. Su corazón late intensamente, porque yo ha encendido una vela a la risueña imagen del Bautista y mañana, a medianoche de la nochebuena, sabrá si su amado la quiere “de verdá verdá”…
En el río las lavanderas se agitan apresuradas en terminar la ropa blanca del dotol, de “doña clara” y del jefe civil. Golpean rítmicamente con el puñado de tela laxo, las peñas pizarrosas en donde se dibuja la tira trenzada de la jabonosa espuma. Usan un paño amarrado a la cabeza, a manera de turbante, que recuerda el remoto paso de Ibn Batuta -sabio profesor del Islam-, por el África, durante el siglo XIII. En Caraballeda, La Sabana, Caruao, Naiguatá y Juandíaz cantarán las bailadoras:

”Ala lá, la, la, lá
Ay sámbala balá bumbé:
el hombre no má!
Ay sámbala balá bumbé:
el hombre no má!”.

Mientras tanto remonta el río la canoa con los víveres y licores del velorio de nochebuena.

EL BAILE
San Juan durante los tres días de su fiesta viste hábitos rojos, color de un símbolo africano. Roscas de pan dulce, en formas de media luna, figuras antropomorfas y sexuales, penden de los relieves de su sagrario. Flores de papel en donde privan los tonos blanco y rojo; frescas macetas de amapola, berberías color púrpura, icsoras encrespadas, rosaspáez; malabares luminosos como las risas de las morenas; resedas de suave olor; frutos maduros y dehiscentes: mazorcas de maíz, caimitos, anones; catigüires capitosos, topochos y dominicos “amapueyados”; cajúas ricas, patillas y melones hinchados de néctar; naranjas, piñas, curujujúes color de oro; nueces de kola sembradas por los abuelos; mameyes y cotoperices, racimos de rojos macagüitas, familia de la palmera que da el “marfil vegetal”, cotopalos y pomagás. Toda una feria de aromas y colores se mezclan al pegajoso ritmo untado con el melado del canto y las luces y los gritos del baile colectivo.
El “Mina” y su “Curbata” resuenan en el solar frente a la casa. El Santo en su altar iluminado por las velas penitentes, en medio de las primicias agrícolas, sonríe ante los ojos en éxtasis de las mujeres mestizas, indias, blancas, mulatas. Las llamas de las velas parpadean cuando un negrito costeño entona en el solar su copla jubilosa:

“Alalalá la lalalá, lá!
Yo quiero cantá, señore,
como cantan en Juandía,
y lo multitud danzante responde:

“Como cantan en Juandía!,

Continuando el moreno:

Alalalá la lalalá, lá!
Por que ya tengo a mi lado
la prenda que más quería!”.

Hipa!, gritan de todas partes. El ron cintila en los vasos al traslúz de los faroles rojizos. Se mezclan las “cuadrillas” de bailadores, entrelazados en numerosas parejas, cogidos los brazos a la cintura. Un zambo de espigado porte y su compañera, una agraciada mulatica de ojos “rayados”, sujetan de una mano un morado pañuelo de seda, dando pasos airosos al son del tambor; grupos de muchachos tomados de los hombros en formación de escuadra, saltan locamente atropellando cuanto encuentran; allí, al pie del madero ancestral, como fiel símbolo de uno raza fuerte y generosa. Má Sebastiana se mueve sobre sí misma, tirando con ambos puños las puntas de su paño bordado, luciendo el blanco turbante amarillo, restregando el arenoso suelo con sus finas alpargatas baja el ampuloso faralao de su falda azul. Dondequiera rojos relampagueos de faldas dejan ver las limpias “batatas” de las mozas, que aguzan los ojos de los hombres y el vuelo de la copla intencionada:

“Ayer tarde fui a la ruda
y le pregunté al romero,
si el amor no tiene cura
no se pué gastá dinero!”.
A mí me salió un orzuelo
en una muela cordal;
que para padé mirá
acaba la vista el cielo…!”.

TAMBORES Y COSTUMBRES
En el patio anterior de la casa del Santo, se baila el tambor “redondo”, Sus tres voces acordadas: bajo, tenor y alto, cosquillean con frémito en el ombligo y la médula de los danzantes. Petronilita entra o la “rueda” y el negro Morocota “chacea” las cotizas sanguíando el suave vaivén del mojimbo de la chica. Ella “finge” una “jincá” y la “rueda” ruge a toda voz. Morocota, cae en el engaño y cuando viene o percatarse ya es tarde… Entra un indio al palenque y la ducha bailarina deja caer el pañuelo floreado; aquél se inclina y ella gira, gira, gira, como una zaranda en donde todo es ruedo de faldas y refajos trenzados. El indio no sabe qué hacerse y se declara en derrota. Se renueva el baile con la entrada de otra mujer: una culisa vestida de vivo verde. Vuelven a repetirse las escenas anteriores, hasta que sale ganancioso un “macho”, que la invitará a tomar mistela, carato y un buen vaso de anisado.
La “Quichimba” sólo resonará en los lugares más oscuros del pueblo. Es el tambor relegado socialmente. Allá irán las mujeres de “mala vida”, el “guapo” de oficio, el paupérrimo que ya no le importan jerarquías. Descansará el “Quichimba” en su suelo desnudo y sobre él, a horcajadas, se sentará un hombre humilde que lo hará “cantar” hasta la madrugada. El “Quichimba” está lejos de las luces y las frutas y las flores del Santo. Sus luces serán los luceros o el reflejo azogado de la luna. Hasta él no llegan las muchachas que bordaron faldas encendidas para el “Mina”, y que al filo de la medianoche irán a ver si floreó la yerba buena virgen como ellas, los pozos profundos y los estanques donde reside un misterio: si copian sus rostros, vivirán durante el año; en caso contrarío morirán… Las mozas echarán agujas pares en platos llenos de agua, por ver si los amantes son fieles; esperma y plomo derretido en las poncheras; huevos en vasos de agua; y se despuntarán los cabellos para que les crezca. Los ríos, las aguas, guardan un “misterio” ese día, Los hombres irán a tomar el baño al amanecer, con la devoción de un rito. Los novios regalarán a sus muchachas, roscas de pan dulce que semejan corazones, flores o sexos. Las “venteras” harán buenos negocios ofreciendo sus granjerías, en donde se mezclan las reposterías negra, india y blanca; el complejo del plátano y el coco, el maíz y el trigo: “besitos”, “greñas”, “suspiros”, “cuquitas”, “pan de hornos”, “tunjas”, “almidoncitos”, conservas de batata, piña, coco y naranja; bollitos de plátano, arroz con dulce y “tequiche”. Para el consumo hogareño se fabricarán las sabrosas “cafungas”, a base de cambur morado, plátano verde y coco; las bolas de “fufú” en donde se mezclan el banano, el coco y el ajonjolí; el “berengue” (versión negra del merengue) preparado con “pintones” y cacao. Un numeroso repertorio creado por lo ciencia repostera y culinaria de las ingeniosas cocineras criollas; repertorio que se exhibe golosamente la nochebuena de San Juan.
El día 25 de junio se realiza el “encierro” del Santo, el cual se saca en andas por las calles al son de los tambores “redondos”, hasta llevarle a la Iglesia, donde se le guarda. Se repican las campanas y al final, el “Mina” resuena nuevamente hasta avanzada hora de lo noche. El canto del “encierro” es el “Malembe”.

“Malembe, malenbe
malembe no má!
San Juan se viene,
San Juan se va.
El año que viene
San Juan volverá…

PANTOMINAS y REPRESENTACIONES
La región barloventeña cuenta además con un gran acervo neo-folklorista. Son algunas representaciones que se acostumbraban en estos días, originados en Curiepe, y las cuales recorrieron los otros pueblos vecinos. Estas eran una especie de “menestreles” denominados “Los Negritos”. En ellos figuraban: El Negro Congo, la Negra Pola o Moroca, el Negrito Periquilla y el Coro. Los negros y mulatos acentuaban el pigmento con hollín, y tenían sus diálogos, cantos y músicas y empleaban muchas veces dialectos perdidos en los tiempos:

“Malabí maticú lambí!
A bailá el boroboró…
Malabí maticú lambí!
A bailá el boroboró…
-“Malabí, como dice el nego
de la Sierra Sabancó…”

Otras veces se recordaba la lejana patria:

”Un neguito de la Guinea
me dijo un día
-Ajá?
“Que si los dos queríamos tené
una mima mujé…
-Verdá?
Y yo le dije con mucho afán
que no convenía;
por que las “medias” nunca son buenas
si son rompías…
-Muy bien! (1)


La sola celebración de las fiestas de San Juan, se llevarían un libro. ¡Un verdadero mundo pintoresco y pleno de tradiciones!

Nota:
(1) Estos cantos y representaciones son de lo Colección de Juan Pablo Sojo (padre del autor). 1906 a 1930.
Fuente: El Estado Miranda su tierra y sus hombres. Ediciones del Banco Miranda. Caracas, 1959

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