Pedro Gual en la Convención de Valencia*de 1858 y el proyecto de Constitución

Convención Nacional de Valencia, 1858. Sesión del 4 de agosto de 1858. Estaba en consideración el proyecto de Constitución.

 Señor Presidente: Al tomar la palabra en esta cuestión, harto debatida, me abstengo de llamar la atención sobre la vida precaria y débil de todas las federaciones. No quiero hacer alto en la entrada de Filipo de Macedonia, en el Asia Menor, ni la Liga de los aqueos en los tiempos antiguos, ni de los suizos que nada tienen de común con nosotros, ni las Provincias Unidas de los Países Bajos, que terminaron ciñendo la corona real a uno de aquella familia, en que por lo regular regía el Estatuderato. Todas mis miradas, todas mis pinceladas se dirigirán al cuadro que presenta ese pueblo portentoso, en el norte de nuestro propio hemisferio, que en el corto espacio de ochenta años, ha logrado elevarse al rango de una de las primeras potencias marítimas del mundo.

Descubro allí, señores, a primera vista, la llegada de esos padres peregrinos a Boston, en la Nueva Inglaterra, solicitando de los salvajes un pedazo de tierra en que poner a prueba sus teorías. ¿Quiénes son, señores, esos peregrinos? Son puritanos en política y en religión que, perseguidos en su propia patria, después de la caída de la república inglesa, vienen a ensayar en el nuevo mundo, principios que allí se reputaban por producto de visionarios. Siguiendo al sur, y entrando en el río Delaware, me encuentro con el venerable Penn y su comitiva, negociando con los salvajes bajo la sombra de una encina, un pedazo de tierra, en que establecerse. ¿Quiénes son estos hombres, señor? Son unos cuáqueros o, por mejor decir, una secta cristiana sin sacerdocio, porque toman a la letra aquello de la Escritura: Omnis homos sacerdos; que no juran porque no les es permitido tomar el nombre de Dios en vano; que son inofensivos y no hacen la guerra a nadie, porque el amor al prójimo es su doctrina favorita; que no pagan contribuciones, porque ningún gobierno moral emplea medios coercitivos y violentos para dirigir un pueblo moral. Más al sur, por la bahía de Chesapeake, encuentra al católico lord Baltimore que, lleno de tolerancia religiosa para todas las sectas cristianas, funda su colonia de Maryland, con una carta de Carlos II en la mano, que se lo permite. En fin, para no molestar más, me encuentro, en Carolina del Sur, con una comitiva de estos ilustres aventureros que van a establecerse allí, con una carta semejante. Y ¿por quién creéis, señores, que está escrito el sistema de gobierno que contiene aquella carta? Por el profundo Locke. No encontraréis en ninguna de las cartas de fundación de estos aventureros, ni juramento de supremacía, ni ninguno de los obstáculos que todavía en la Gran Bretaña estorbaban el desarrollo de las instituciones libres. Así, señores, las colonias inglesas, sembradas en el septentrión de nuestro continente, sin ningún lazo de unión entre sí, crecieron y fueron adquiriendo importancia.

Volvamos ahora la medalla por el reverso. Entran en nuestras tierras de América, Bobadilla, Fajardo, Quesada, los Pizarros, los Almagros, los Corteses, y sin escrúpulo alguno dicen todos a una: Esto es mío. A infeliz salvaje que se atreve a disputarles la posesión de su tierra, le contestan, por todo argumento, echando su cabeza a tierra de un solo tajo, con el bien templado acero de Toledo. Ellos, con el aparente fervor del celo religioso, no conocen más Dios que el oro, ni más regla de conducta que sus pasiones brutales y desenfrenadas. Crecen, sin embargo, así, las colonias españolas, estas grandes secciones de América, bajo el sistema de la más completa concentración del poder, y a la luz de tres grandes inquisiciones en México, en Cartagena y en Lima.

¿Qué tienen de común, señores, estos dos grandes pueblos, que por diferentes caminos políticos y religiosos se apoderan de nuestro continente? Las colonias inglesas del Norte hacen su primer ensayo de imperfecta y momentánea unión, para romper por el interior, ayudadas de su madre patria, la línea de circunvalación entre el Canadá y el Misisipi que los franceses trataron de establecer por aquel tiempo. Aun durante la guerra de su independencia, y aun después de reconocidos por su madre patria, el lazo de unión entre ellos, fue tan débil e imperfecto que, al fin, se resolvieron a formar una Constitución federativa, en 1787. Esta Constitución que los americanos y aun los hombres inteligentes de Europa, no reconocen sino como un simple experimento, ha venido a manifestar en el curso de los años, ser enteramente ineficaz e inadecuada para dirigir los grandes intereses de una nación en tiempos de guerra y aun de paz, como lo prueba el reciente filibusterismo.

Por lo que acabo de exponer se ve claramente, que la verdadera garantía de la metrópoli para la sumisión de sus colonias norteamericanas, consistía en su aislamiento y, por supuesto, su primera necesidad al independizarse, fue unirse por un vínculo federativo, aunque débil e imperfecto, como lo será siempre. Al contrario, la garantía de España para la sumisión de sus colonias americanas, consistía en la concentración absoluta del poder y, por consiguiente, al independizarse, su primera necesidad fue descentralizar las administraciones locales, sin perjuicio de la unidad de cada una de sus grandes secciones. Este estado de cosas, es infinitamente preferible al primero, porque proporciona más medios de constituir un gobierno más eficaz y mejor calculado para la paz y para la guerra.

Esto es lo que no quieren comprender ni apreciar debidamente, muchos de esos prohombres de Hispanoamérica que, prescindiendo de datos históricos, políticos y religiosos, han querido engalanarnos con esas vestiduras anglosajonas, que no han producido entre nosotros más que desolación, miseria, muerte.

Era muy natural que los hispanoamericanos, herméticamente cerrados al comercio del mundo, volviesen sus primeras miradas, al sacudir el yugo colonial, a aquel portentoso pueblo que, en nuestro propio hemisferio, progresaba maravillosamente en la carrera de la civilización. Sin más examen, sin más criterio, nos entregamos a copiar servilmente sus constituciones, a las que atribuíamos exclusivamente su prosperidad y engrandecimiento. ¡Error craso! ¡Error grosero que nos ha costado millares de víctimas y tesoros sin cuento! Los norteamericanos se emanciparon de Gran Bretaña, estando ellos y su madre patria en escala ascendente de prosperidad y perfeccionamiento social, mercantil, político, civil y religioso. Los norteamericanos, al tomar su rango entre las naciones civilizadas, contaron con la literatura inglesa de siglos, de siglos, señores, muy anteriores a las tinieblas que cubrieron la Europa continental hasta la revolución francesa; contaron con sus artes mecánicas y liberales, con su espíritu mercantil y emprendedor, con sus instituciones de crédito público, en que sobrepujaron a los ingleses mismos, con sus usos y costumbres de pueblo libre y, sobre todo, con un inmenso país llano, cubierto de hermosos bosques, y de ríos, y canales navegables en todas direcciones, que les proporcionaban las facilidades y las ventajas de la expansión, como ningún otro pueblo de la tierra lo ha tenido.

¿Qué tenemos, señores, repito, de coún con ese pueblo singular norteamericano? Nosotros, pobres colonos españoles, con una literatura ascética, sin industrias, y dominados solamente por las hogueras de la Inquisición. ¿Osaremos, todavía, apropiarnos impunemente esas instituciones anglosajonas? ¡Oh!, señores, conozcámonos a nosotros mismos; ese nosce te ipsum de los antiguos, es una fuente perenne de verdad y de acierto entre las empresas humanas. Hace ya casi medio siglo que nos emancipamos de España, y tengo el sentimiento de decir, aunque me cause algún rubor, que yo no veo todavía entre nosotros, al hombre nuevo. Diviso, sin embargo, algunos destellos, aunque imperfectos, de una generación que comienza y que quizá se hará capaz en una época, no muy remota, de asentar el edificio social de estos países, sobre fundamentos sólidos y permanentes. ¡Quiera el cielo que no me engañe en cuanto al advenimiento de esta época de dicha y bienandanza para Venezuela! ¡Ojalá sea hoy mismo el punto de partida de esta época dichosa! No soy federalista, señores, en la verdadera acepción de esta palabra. No puedo concurrir con mi voto a la sanción de la adición a la base, bajo el sistema federal.

* Sesión del 4 de agosto de 1858. Estaba en consideración el proyecto de Constitución. Diario de Debates de la Convención Nacional, nº 83, Valencia, 6 de agosto de 1858. (N de/E)

 Fuente: Conservadores y liberales. Los grandes temas políticos, Pensamiento político venezolano del siglo XIX. Textos para su estudio. Caracas: Congreso de la República, 1983, v. 12, pp. 610-614.

 

PEDRO GUAL*

Convención Nacional de Valencia, 1858. Sesión del 6 de agosto de 1858. Estaba en consideración el proyecto de Constitución.

Señor Presidente: Pensaba no tomar tan pronto la palabra en la discusión más interesante que pueda ocurrir a la consideración de esta asamblea; tal es el modo y forma de la extensión con que debe organizarse las fracciones de la República, llámense departamentos o provincias. Yo, como presidente de la comisión encargada de preparar las bases, no estuve, ciertamente, por la palabra departamento; porque la palabra departamento, si recordamos el tiempo en que se introdujo entre nosotros, no significa más que una cuarta escala, por la cual pasan las resoluciones gubernativas hasta las parroquias. Si hemos de llamar departamentos estas fracciones de que está compuesta la República, los departamentos naturalmente se compondrán de provincias, las provincias de cantones, y los cantones de parroquias. Tenemos, pues, cuatro estados por donde pasan las resoluciones del gobierno general hasta las parroquias, ¿para qué convertir este nombre de provincias en departamentos? A prima facie me parece este nombre enteramente inútil y hasta perjudicial. Yo, pues, habiendo concurrido, como era mi deber, con la mayoría que redactó estas bases, me reservé manifestar ni completo disentimiento, y convertir esta palabra en provincias, reintegrando muchas de esas provincias que se han disuelto para crear entidades que por sí no pueden figurar, pero es el curso de la discusión el que proporcionará a la comisión la materia para sus nuevos trabajos. ¿Es conveniente la división en departamentos o provincias? ¿Estos departamentos son a la usanza colombiana, o son de una nueva forma? Si lo son, las provincias se eliminan de nuestra fraseología constitucional. ¿Por qué no conservar la palabra más usual que es provincia? Y, además, departamento, yo lo creo perjudicial, porque crea una cuarta escala.

Llamo, pues, la atención, ya que tenemos que detenernos aquí por algún tiempo, como ha decidido nuestro Presidente, para explicar más extensamente a la asamblea los motivos y opiniones que me han guiado al concurrir a la confección de estas bases. Es, como dije al principio cuando tomé la palabra sobre esta cuestión, que si los Estados Unidos de Norteamérica en sus diferentes colonias, separadas del territorio norteamericano, estaban perfectamente aisladas, porque en ese aislamiento consistía la garantía de la metrópoli sobre sus colonias, las colonias españolas están en muy diferente caso; y que, por consiguiente, diferente debe ser su estructura constitucional. Nuestros conquistadores que se aparecieron a últimos del siglo XV, no fueron como los puritanos, ni los cuáqueros ingleses a pedir por amor de Dios un pedazo de tierra en que experimentar teorías, que en su país se consideraban como producto de gentes visionarias; ellos vinieron a este continente y no preguntaron a nadie, ni le pidieron permiso a nadie para establecerse aquí. El acero bien templado de Toledo y las alabardas españolas les dieron la posesión de la tierra, sin que absolutamente trajesen otro fin que el de enriquecerse y conquistar. Pues bien, señor, de esta usurpación nació la concentración de las diferentes grandes secciones que compusieron las colonias españolas; secciones que por sí solas comprenden un  territorio infinitamente mayor que muchas de las potencias de Europa; secciones que estaban fundadas todas sobre los principios de concentración; y, por consiguiente, así como las colonias de Norteamérica estaban llamadas a unirse con un pacto federal, pacto débil, pacto imperfecto, pacto que no produce absolutamente esa unidad de acción tan necesaria en los gobiernos, las colonias españolas, fundadas sobre la base de la concentración absoluta del poder, deben descentralizar prudente y armónicamente las administraciones locales, sin debilitar el principio de la unidad.

Si los habitantes de los Estados Unidos hubiesen tenido las proporciones que tenemos nosotros, de fundar nación sobre cimientos verdaderamente sólidos, ellos se habrían creído sumamente dichosos. Entre nosotros, nuestra misión es absolutamente distinta, nuestra misión es mucho más fácil, es más propia para establecer un gobierno verdaderamente perfecto, un gobierno adecuado para el tiempo de paz o para el tiempo de guerra.

¿Se cree acaso que esa Constitución tan alabada de los Estados Unidos es un documento perfecto? Es, como la llaman ellos mismos, un experimento que todavía no se sabía bien su resultado. A esto se agrega que aquéllos son gobiernos libres, que aquélla es una raza que practica esas doctrinas que todavía nosotros no conocemos sino en teoría, y que nuestra práctica está muy distante de llevarlas a efecto. Yo he visto con mis propios ojos, porque nadie me lo cuenta, casi disuelta la Unión Americana después de la paz de Gante. Los hombres más eminentes de los Estados Unidos, aquellos hombres de más prestigio, me aseguraban que el país estaba enteramente disuelto; y una circunstancia casual, vino a salvar la nación que ya estaba en un estado de completa disolución. Grandes eran los recursos que podía emplear Inglaterra contra esta nación, la única que estaba en guerra con ella. ¿Qué hacen algunas partes de la Unión? Hacen la paz por su cuenta, sin anuencia del gobierno general, forman una convención en Hartford con el objeto de representar a su gobierno la necesidad de hacer la paz con Gran Bretaña; y ¿cómo se firmó esta paz? Una nación que tenía grandes elementos como la Gran Bretaña, ¿cómo es que se presta inmediatamente a dar la paz a los Estados Unidos, sin definir siquiera uno solo de los puntos que habían puesto de por medio para declarar la guerra? Descifrado está el enigma por lord Liverpool en la Cámara de los Pares: Nosotros -dijo-, ¿qué vamos a hacer con arruinar los Estados Unidos de Norteamérica? Ellos son nuestros mejores consumidores; démosles la paz. La paz se firmó y esto fue lo que salvó a los Estados Unidos de Norteamérica. Pues bien, si esto es respecto de los Estados Unidos, ¿qué será respecto de los demás Estados americanos? Antes de la paz de Gante, he visto quemar el Capitolio a tres o cuatro mil ingleses en medio de estados tan poblados como los de Pennsylvania, de Nueva York, de Maryland, donde podían impedirlo con cien mil hombres si fuese necesario. ¿Cómo es que se explica que ese pueblo que progresa a vista de ojos, y que a despecho de su Constitución, a despecho de todos los defectos de que adolece, es en el día la admiración del mundo? De dos millones sesenta mil habitantes que Frank1in dijo a Luis XVI que reunía en los Estados Unidos de Norteamérica, hoy se ha elevado, en ochenta y cinco años, a ser una de las primeras potencias marítimas del mundo. ¿Cómo es esto? ¿Se debe a su estructura federal? Este es un error grave, error en que han incurrido muchos hombres. ¡Oh, error craso! Error que nos ha hundido en la miseria; error que nos ha expuesto a experimentar ensayos que estaban muy lejos de nuestra comprensión y de nuestras prácticas.

Los Estados Unidos de Norteamérica, señores, es un país perfectamente llano, lleno de ríos y canales navegables por todas partes; va uno a cualquier punto de los Estados Unidos por el interior, y ve las chimeneas de los vapores a cien leguas andando como por la tierra. Y ¿quiénes son estos americanos? Los descendientes de Inglaterra, los descendientes de una nación que al emanciparse ha seguido progresando en la escala ascendente de su antigua madre patria. Los americanos del Sur, los descendientes de los españoles, hemos sacudido el yugo de las antiguas preocupaciones; hemos extinguido las hogueras de la Inquisición, y las colonias, después de tan larga lucha, se encuentran hoy postradas, sin que puedan todavía llegar a los puertos de salvación. Esta es nuestra verdadera historia. Los hijos de los Estados Unidos se emancipan de una madre patria en aumento, con una literatura creciente, con un espíritu de navegación y de industria que asombra; y ¿qué extraño, pues, es que estos americanos que tienen robles hermosísimos, que tienen encinas de todas clases, hayan convertido esos árboles en esa marina mercante que en pocos años ha sobrepujado la marina de toda Europa entera? Y nosotros, pobres hijos de España, ¿qué tenemos? Tenemos medio siglo de emancipación; y nuestro espíritu, nuestro ser, nuestras acciones, están todavía encadenados bajo el yugo de las antiguas preocupaciones; nos hemos emancipado, es verdad, ¿con qué? Con un Don Quijote en una mano, y en la otra un libro ascético; el temporal y eterno, u otro de esta clase que solamente nos abre las puertas de la eternidad.

Estos son nuestros materiales para labrar el porvenir. Los Estados Unidos, señores, deben su prosperidad, no a su sistema federativo; lo deben a su origen, lo deben a la literatura inglesa, a sus prácticas representativas, lo deben a su sistema de crédito público; un país en que el peso fuerte no es más que una unidad monetaria, como entre nosotros, en los Estados Unidos, por operaciones de crédito público, se multiplica en mil, diez mil, millones. ¿Podemos asimilarnos a aquella nación que crece a la vista de ojos? No, nos engañamos miserablemente. Esa es la cuestión que tiene actualmente la convención entre manos.

Me he tomado la libertad de subir aquí para excitar a meditar mucho sobre nuestra suerte; sobre todo, aquella máxima nosce te ipsum (conócete a ti mismo), debe iluminarnos en lo que más convenga a nuestro querido país. (Ap/ausos.)

*Sesión del 6 de agosto de 1858. Estaba en consideración el proyecto de Constitución. Diario de Debates de la Convención Nacional, nº 89, Valencia. 7 de agosto de 1858. (N del E.)

Fuente: Conservadores y Liberales. Los grandes temas políticos. Pensamiento político venezolano del siglo XIX. Textos para su estudio. Caracas: Congreso de la República, 1983, v. 12, pp. 614-618.

 PEDRO GUAL*

Convención Nacional de Valencia, 1858. Sesión del 20 de septiembre de 1858. Estaba en consideración el proyecto de Constitución.

Cuatro palabras, señor Presidente. He oído con particular admiración, con entusiasmo verdaderamente patriótico, el discurso del señor diputado en favor del sistema federal. Estaba tan encantado con su entusiasmo, con el calor de su imaginación, que casi estaba por exclamar con el orador romano, hablando en una carta a su amigo Cornificio: Panza, le decía, obra y habla con energía. Sigue como vas, y deja tu nombre a la inmortalidad. (Aplausos.) A la inmortalidad ciertamente dejaría el señor diputado su nombre si persistiese obstinadamente en aconsejarnos un sistema que no ha producido en este continente más que lágrimas, desolación y muertes. (Aplausos.) Si algún fenómeno presentan los tiempos modernos, es precisamente esa igualdad de carácter que la legislación de Castilla ha infundido en todos los pueblos que hablan la lengua castellana. En el día, en Madrid, en México, en Lima, en Buenos Aires, en Bogotá, en Caracas, encontramos al mismo hombre, las mismas preocupaciones, los mismos vicios, los mismos errores. Pues bien, ese sistema que nos desea el señor diputado, ¿es acaso un gobierno nuevo entre nosotros?, ¿es un experimento que vamos a ensayar por primera vez? ¡Oh, señor! Fijemos nuestra vista en el estado actual de la República mexicana, veamos más abajo la América Central, y después sigamos hasta el Río de la Plata, y allí no encontraremos más que tristes vestigios de los conatos de una raza que trata de imitar las instituciones de otra, a quien no se asimila en manera alguna, ni por reminiscencias históricas, ni por literatura, ni por educación. Una raza enteramente distinta, y tan distinta que una vez que un pueblo de la América española adopta el sistema federal, debo decirlo de una vez, parece como que pierde el sentido común. Por este sistema federal la anarquía se entronizó en aquel pueblo, y es difícil, sobremanera difícil, extinguirla; tan difícil, señor, que por más que han hecho los pobres Estados de Centroamérica, a pesar de que tienen los filibusteros encima, y a pesar de todo, persisten en el sistema que los va a hacer desaparecer del catálogo de las naciones civilizadas. No es esto nuevo en América, no es esto una cosa singular, un pueblo extraviado por el entusiasmo y las preocupaciones es difícil volverlo al sendero de la razón. ¿No tenemos esa Polonia delante de la vista? ¿No le han dicho los amigos del género humano, por siglos, os vais a perder por vuestras dietas, por vuestras dietinas, por vuestro liberum veto, por vuestra corona en venta, os vais a perder por vuestra terquedad, os vais a perder por vuestras preocupaciones? ¿Y dónde está Polonia? Dicen que una nación no muere. Pues Polonia ha muerto, una potencia que ha hecho tan señalados servicios a la cristiandad, que era esencial en el equilibrio de las potencias europeas hoy no existe, porque ha sido víctima de esas preocupaciones, y de esas aspiraciones insensatas que se arraigan mucho en los pueblos, y que es después muy difícil arrancar. Tenemos, pues, ad terrorem el resultado de esa forma de gobierno. Lo que ha sucedido en México, lo que ha sucedido en Centroamérica y en el Río de la Plata, de cuyas desmembraciones se han formado ya cuatro Repúblicas distintas, ésa sería la suerte de Venezuela si por desgracia adopta el sistema de la raza anglosajona.

Se quiere decir que esto es una especie de ensayo, todo para los pueblos. ¡Oh!, esto es un error, mis amigos, completamente un error; esa misma raza anglosajona ha progresado por sus costumbres antiguas, por sus hábitos, por su literatura, porque vio la luz antes que ninguna potencia de Europa, porque conquistó su magna carta y su bill de derechos muy temprano, porque se emancipó de Roma mucho tiempo antes, porque tiene una literatura inmensa, etc. ¿Y cómo ha progresado esta raza anglosajona? Vamos a verlo, pues, andando por diferentes caminos: en América por el sistema federal, en Europa concentrando cada vez más por el poder.

Cuando se emanciparon los Estados Unidos había tres parlamentos en el Reino de la Gran Bretaña e Irlanda. Ahora, por el acta de la unión, se han suprimido los de Dublín y Edimburgo; y esta raza sigue creciendo cada vez más por diferentes vías; pues ahí tiene el señor diputado que en una misma raza unos progresan centralizando, y otras dividiendo; pero no arbitrariamente, como pretendemos aquí; no es creando partes artificialmente heterogéneas para envolverlas en la discordia y en la guerra civil como ha sucedido siempre entre nosotros.

El entusiasmo mismo del señor diputado me ha probado la ineptitud de su raza para la federación. Ese mismo entusiasmo tan distinto de la flema de la raza sajona, es el que nos pierde y nos perderá siempre. Puede estar el señor diputado muy persuadido de que para ser liberal y republicano y principalmente federalista, se necesita una sangre fría imperturbable, una disposición a perdonar los extravíos de nuestros semejantes, no tener jamás rencor a nadie por sus opiniones y ceder inmediatamente al imperio de la razón; pero una raza obstinada, llena de calor, con todo el entusiasmo tropical, ¿podría ser capaz de esa flema y de ese juicio que distingue a la raza sajona? ¡Oh, señor! Yo no quiero ver eso jamás en mi país; y vengo hoy aquí’ a esta tribuna como la última expresión de un hombre que ya desaparece de la faz de la tierra, a protestar contra semejante cosa, y dirigir mis votos al cielo contra semejante importación, para que jamás se adopte un sistema que va a arruinarnos completamente. (Aplausos.)

Estoy por una descentralización armónica y uniforme que no destruya el principio de la unidad; no estaré nunca por esas federaciones de vida frágil e incierta. Un profundo pensador ha atribuido la duración de la federación americana a la facilidad de su expansión. Para comprender bien esto es absolutamente indispensable un conocimiento perfecto geográfico y topográfico de aquel país. Es allí’ mismo, y en medio de las circunstancias que nos rodean, que podemos estudiar con provecho el presente y el porvenir de la unión norteamericana.

 * Sesión del 20 de septiembre de 1858. Se enfrentaban las tesis de los partidarios del centralismo con las de los federalistas. Diario de Debates de la Convención Nacional, nº 222, Valencia, 21 de septiembre de 1858. CN. del E.)

 Fuente: Conservadores y Liberales. Los grandes temas políticos. Pensamiento político venezolano del siglo XIX. Textos para su estudio. Caracas: Congreso de la República, 1983, v. 12, pp. 631-634.

 

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