Cuadro del pensamiento impreso que acompañó el nacimiento y desarrollo de la Revolución de 1810 / Juan Vicente González

Escudo 1811

De intento, hemos dejado de hablar de un nuevo poder que nació entonces, tímido, incierto, tanteando en los desiertos de un mundo que debía llenar de sus turbaciones: hablamos de la imprenta. Ese poder, superior al de los oradores antiguos, desordenado, múltiple e incoherente, que todo lo toca con sus innumerables brazos, que todo lo ve con su millón de ojos, que va a la luz en medio del caos, y a la armonía por la confusión, tuvo nacimiento en los años fecundos que precedieron a la Revolución.

 La Gaceta de Caracas principió, en efecto, en 24 de octubre de 1808, bajo la dirección de don Mateo Gallagher y don Jaime Lamb, siendo gobernador y capitán general don Juan de Casas, e intendente don Juan Vicente de Arce.(1) Nadie habría adivinado en su cuna su futuro destino de tempestades y borrascas. En el primer número se insertan copias de cartas del capitán general de Cuba de 22 de julio, del virrey de la Nueva Granada de 7 de setiembre y del de Cartagena de Indias de 10 de agosto, sobre el pronunciamiento espontáneo de todos los habitantes de Bogotá en favor de Fernando VII y contra el tirano Napoleón. Se anuncia en el número 27 la remisión a España, en calidad de donativo, de los 19.050 pesos que se habían recogido en Caracas para premiar al que entregase la cabeza de Miranda.

En el número 40, del 17 de mayo de 1809, se avisa el arribo o La Guaira del señor capitán general de las provincias de Venezuela, brigadier don Vicente Emparán, de don Vicente Bazadre y de los coroneles don Agustín García y don Fernando del Toro, en los navíos de S. M. el Leandro y San Ramón. En el número 41 se lee la real orden de la Junta Central del 22 de marzo, en que da gracias al cabildo de Caracas y al marqués del Toro por sus demostraciones de lealtad en la invasión de Miranda. El número 78 llora sentidamente la muerte del marqués de Ustáriz, en Sevilla, acaecida en 27 de setiembre de 1809. La Junta Central da gracias a Caracas (número 84) por los 2.955.400 pesos duros, recogidos en doce días y enviados al socorro de España. En el número 93, de 13 de abril, se lee un manifiesto del mariscal de campo don Vicente Emparán, convidando a la confianza al pueblo caraqueño. La Gaceta del 20 de abril anunció la Revolución.

 Los que conozcan menos aquellos tiempos imaginarán que, con la Revolución del 19 de abril, hubo una erupción infinita de periódicos mensuales y semanales, de diarios, de escritos de toda especie, moderados o violentos, serios o sarcásticos, bien o mal escritos, destilando ponzoña o antídotos, distribuyendo injurias o vengándolas, sirviendo al error o a la verdad, eco de todas las pasiones, arrojando la luz del rayo sobre todas las cuestiones, reuniendo en sí todos los ruidos, todas las quejas, todos los rugidos del corazón humano. En aquel tiempo, y es lo que lo califica, nadie estaba impaciente de pensar ni de escribir, contentos todos y satisfechos con el agradable hallazgo de una libertad inesperada. Si alguno iba más allá, apartándose de la imprevisión común, ocultábalo con celo, acechando más bien que guardando la ocasión del tiempo y de las circunstancias. Los que ocuparon primero la tribuna de la prensa, aunque sin experiencia en las revueltas, eran hombres moderados y prudentes y hasta tímidos, enemigos de papeles tumultuosos y de escándalo: el doctor don Juan Germán Roscio, el doctor don Miguel José Sanz, y a poco la bellísima figura de Antonio Muñoz Tébar y la de su amigo Vicente Salias. La primera discusión animada y violenta nació en el único cuerpo pensador de aquellos días, con ocasión de un escrito sobre tolerancia religiosa: el paladín de la Universidad fue el doctor Juan Nepomuceno Quintana.

Juan Vicente González

 Deseosos nosotros de trazar el cuadro del pensamiento impreso que acompañó el nacimiento y desarrollo de la Revolución, tenemos que principiar por el periodista que la defendió desde Londres, que sufrió por combatir contra sus enemigos y que la abandonó después, acordándose de que era español: hablamos del ilustrado don José M. Blanco White. Nadie saludó el 19 de abril con más noble entusiasmo ni con más vivas demostraciones de afecto y simpatía. Nadie lo sostuvo con más calor ni alzó el grito con más vehemencia contra los excesos de la Junta Suprema y los discursos espaciosos de las Cortes españolas. «No cesaré, no —gritaba el 29 de abril de 1816—; en todas partes me hallarán cansándonos y persiguiéndolos con la repetición de esto mismo. El Gobierno español es responsable a Dios y a los hombres de los horrores que están desolando las Américas. La guerra civil crece y se enfurece cada días más. Caracas había empezado con moderación, y el partido dominante no estaba por la absoluta independencia. Se los acometió con guerra, y la necesidad de defenderse los ha puesto en manos que por desgracia no serán tan moderadas. Si en vez de enviar al comisionado Cortavarría para que los insultase con sus poderes absolutos dados por la miserable Regencia, con el tono con que los hubiera dictado Felipe II; si no hubiese mandado a este hombre que, llamándose conciliador, ni se digna a los representantes de los que va a conciliar; si hubieran procedido de buena fe, y en vez de pedir a la Inglaterra que hiciese la guerra con ellos contra los verdaderos intereses de la madre patria, hubieran pedido a su Gobierno que interpusiese su autoridad y fuese mediador en la contienda, los caraqueños no habrían tenido que valerse de enemigos declarados del Gobierno español, y no se verían expuestos a abandonar su moderación primitiva, como lo temo que lo están en el día». A tan libres y elocuentes acentos, los diputados de América en las Cortes de España le dirigieron por medio de su presidente expresiones cordiales de amistad y gratitud en la siguiente

CARTA

Del presidente de la Diputación de América en las Cortes de España al editor de El Español.

Isla de León, 22 de febrero de 1811.

Muy señor mío de mi mayor apreció: Me sirve de especial complacencia hablar a usted, a nombre de la Diputación representante de la América en estas Cortes, que ha creído un deber preciso manifestar a usted su gratitud por los inestimables oficios que hace a la faz del mundo en beneficio de aquellos países. Estos jamás podrán olvidar al Español, a ese periódico que, haciendo honor a las letras, a la crítica y al buen gusto, es también la apología más victoriosa de sus justos clamores.

Esta expresión debía ser igual en ambos continentes, porque al mismo tiempo que usted patrocina la justicia de la América, dicta a la Península la política que le conviene. Pero usted aquí no es creído, como tampoco lo son nuestras intenciones dirigidas con la mayor sanidad y fuerza. Llamados por la soberanía representada en la Junta Central, y en el anterior Consejo de Regencia, para fijar la prosperidad americana bajo los ofrecimientos más amplificados, y para hacer el iris de paz que sancionase eternamente la concordia de ambos hemisferios, pregúntese: ¿Cuál ha sido nuestro suceso? Sufrir contradicciones sin término, y algo más dentro del Congreso mismo; y fuera de él, a una chusma pedante de periodistas, vomitando contra nosotros imposturas, calumnias y chufletas a su salvo. ¡Qué grosería! ¡Qué impolítica!

Acompaño los primeros números del Diario de Cortes, instructivos de nuestros debates que prestan una idea de estas verdades. Si no hay estudio en sofocar el resto, como se recela, remitiré los demás para que usted y el mundo imparcial fallen el mérito de la causa y de sus litigantes o interesados. No es el objeto de esta carta recomendar a usted las consideraciones del caso, que le ocurrirán al momento, sino el dar un sincero testimonio de nuestros sentimientos hacia su persona; y sería más grato para mí, viéndolo publicado en los papeles de usted, de quien soy atento y apasionado s. s., q. b. s. m.,

Firmado: Antonio Joaquín Pérez.

RESPUESTA

Londres, 19 de abril de 1811.

Venerado señor mío: El testimonio de aprobación y agradecimiento que usted me comunica en nombre de la Diputación americana es para mí un premio tan halagüeño y tan grande, que en medio del placer con que inesperadamente me ha llenado, percibo una especie de sentimiento de no haberío merecido bastante. Nada me deben los americanos españoles, a no ser que el ver la luz y asegurar que es de día se considere ya como un esfuerzo de veracidad y honradez. Si alguna parcialidad ha habido en mí, si he doblegado mis razones, todo cuanto puede hacerse sin pugnar con la justicia, los españoles europeos son los que me están en deuda por ello.

Mas ¡qué placer para mí después de haber sufrido todo género de insultos de parte de los que he servido, después que su Gobierno ha tratado mi nombre como el de un facineroso, hallarme honrado con el agradecimiento de los representantes del Nuevo Mundo y encontrar aquellas vastas regiones pobladas de amigos míos! ¡De amigos que no la parcialidad, sino la sencilla razón, me ha ganado! Yo me glorío tanto más en la adquisición de su afecto, cuanto el mismo es una prueba del candor y buena fe con que los americanos defienden su causa. El espíritu de facción cuenta por enemigos a todos los que procuran su bien sin participar de sus furores; los oprimidos que reclaman justicia miran con agradecimiento a cuantos no procuran oscurecerla.

Si a mí, con tan poco mérito, me llenan de placer estas consideraciones, ¡cuánta satisfacción debe hallar usted y cada uno de sus dignos compañeros en el desempeño de las obligaciones sagradas que los han traído al Congreso de que son miembros! Ojalá las preocupaciones que han aparecido en las Cortes no empañen su memoria en las fastos de la revolución de España; mas nunca podría alcanzar esta desgracia a los que han reclamado en ellas los rectos principios de la razón y la justicia en favor de la España ultramarina, a los que en medio de peligros, y probando de cerca los sinsabores, han defendido con tanta energía y constancia los derechos reunidos de la Humanidad y de su patria.

Atrevido parecería en mi, en una carta de agradecimiento, mezclar mis reflexiones sobre la cuestión, como se halla en el día, después de haber leído los excelentes discursos con que la Diputación me ha favorecido; pero todo es perdonable al dolor con que miro el estado miserable a que han venido las cosas. En vano se discute en las Cortes; mientras que allí se arguye, los españoles y americanos se degüellan. Si las Cortes quieren no profanar el nombre de Padres de la Patria que con tanto ardor dieron los pueblos a sus representantes, no dejen que se asesinen sus hijos mientras ellos arguyen tranquilamente cuál es el que tiene razón. Arrójense en medio de ellos con el ardor que conviene a un padre, quítenle las armas de la mano y luego traten de convenirles. Las Cortes multiplican sus sesiones sobre una cuestión abstracta, y entre tanto, dejan en su fuerza las providencias tiránicas de la anterior regencia, como si estuviesen dando tiempo a ver a qué lado se inclina la balanza en la guerra que está encendida en América. No será así pero tal lo parece. Si quieren justificar su conducta a la faz del mundo y no ser responsables de la sangre que está corriendo, sólo les queda un recurso: manden al momento quien anuncie a los americanos que las Cortes españolas están prontas a tratar con las personas que la América nombre, y a arreglar los términos en que se ha de perpetuar la unión que jamás debiera haberse roto, añadiendo que no pondrán otra condición fundamental sino que las provincias españolas de uno y otro hemisferio sólo han de tener un rey y un Congreso soberano. Interpóngase la Inglaterra por garante del armisticio, y procédase de buena fe a la conciliación. Si las Cortes se niegan a dar este paso, único que puede atajar el incendio, ¿qué esperan en ellas los diputados de aquellos desgraciados países?

El interés vehemente con que miro estos asuntos acaso me ha llevado más allá del objeto de esta carta, que es asegurar a usted y a sus dignos compañeros que el placer que me causa el testimonio de su aprecio me hace olvidar las injurias que he recibido del Gobierno de mi patria y de sus aduladores.

Soy, con el debido aprecio, de usted su atento servidor, q. s . m. b.,

J. M. Blanco White.

El Español fue objeto de una acalorada discusión, que ocupó muchos días a las Cortes españolas. En la del 24 de mayo, don Juan Nicasio Gallego rompe con su antiguo amigo, sin una lágrima en los ojos, llevando su encono hasta cubrir de injurias al que le colmaba de elogios. «Confieso que el autor de El Español ha sido amigo mío —decía contestando al señor Del Monte—; mas cualesquiera que sean las relaciones que me han unido con él, y por las cuales deba abstenerme de hablar de su persona, tengo otros motivos muy poderosos para exponer mi juicio, ya que no sobre las miras e intenciones de Blanco, de que prescindo, sobre lo que en limpio aparece del periódico que publica. Considerando imparcialmente cuanto arrojan de sí los números que han salido hasta el día, resulta que en España ni se puede, ni se quiere, ni se sabe hacer nada bueno; y por lo relativo a las Américas, un empeño constante en promover y atizar la desunión de aquellos países con la madre patria; desunión que, si desgraciadamente se verificase, causaría tal vez la ruina de España y de seguro la de América». El Consejo de Regencia recogió un ejemplar del número 13 de El Español y lo hizo pasar a la Junta territorial de censura para la sentencia del libre escritor.

El 5 de julio de 1811, don Luis López Méndez y don Andrés Bello, diputados del Gobierno de Caracas en Londres, pusieron en manos del redactor de El Español el siguiente

OFICIO

Del Secretario de Relaciones Exteriores del Gobierno de Caracas al editor de El Español

Cuando recibió S. A. por mi ministerio el oficio de usted de 18 de septiembre del año próximo pasado, ya las producciones literarias con que usted favorecía la justa causa que proclamó Caracas el 19 de abril habían preparado el concepto debido a la ilustrada imparcialidad con que usted la juzgaba.

En todos los números de El Español que hemos recibido sucesivamente hemos tenido el gusto de ver confirmadas las esperanzas que desde el primero concebimos de que no todos los españoles hablan de arreglar la suerte de la América por los axiomas de la opresión y la servidumbre.

Estaba con razón reservada esta gloria, entre otros, al respetable cooperador del semanario patriótico de España, cuya prohibición fue una de las muchas cosas que anunciaron a la América lo poco que debía esperar de un Gobierno que se oponía a que la razón y la justicia entrasen a la parte en los cálculos del deseo mal dirigido, del ardor mal entendido o del desorden simulado.

La América regenerada ha ofrecido a usted, bajo el liberal sistema de su generosa aliada la Inglaterra, nueva materia para ejercitar sus útiles y distinguidos talentos, y nuevo alimento a las esperanzas de una recompensa digna de sus sentimientos y capaz de hacerle olvidar los sinsabores que ellos le produjeron en España.

Caracas se complace en haber sido la primera que logré captar la respetable opinión de usted a favor del Nuevo Mundo, y la primera en haberle anunciado cuán distinta es la retribución que deben esperar su honor y sus intereses de la franqueza con que ha querido cooperar a nuestra regeneración, sin otro designio que el de procurar hacer en la España americana el bien que el egoísmo no le permitió hacer a la España europea.

No se limitan estas expresiones de nuestra consideración a estériles raciocinios. Caracas le cuenta a usted entre sus más distinguidos ciudadanos, y puede sin arbitrariedad ofrecerle igual carácter en toda la América libre. Toda ella se hará un deber de honrar a los españoles que, como usted, sepan distinguir la fidelidad de la esclavitud; y S. A., de cuya orden tengo el honor de contestar a usted, quiere que en cualquiera caso de la fortuna cuente usted con el distinguido asilo y hospitalidad generosa a que le hace acreedor su imparcialidad a favor de nuestro justo sistema.

En uso de la oferta generosa que usted ha querido añadir a sus servicios, espera S. A. que usted concurrirá a divulgar con su interesante periódico las providencias, actos y demás papeles que con este fin, y el de contrarrestar las insidiosas sugestiones de los enemigos de la América, le sean dirigidos por nuestros diputados, y que aunque las providencias que un conocimiento más inmediato nos dicta acá para asegurar nuestra suerte no están del todo acordes con el espíritu de usted en esa corte, no por eso dejará usted de acogerlas con aquel criterio desinteresado que hace tanto honor a las opiniones de usted.

Dios guarde a usted muchos años. Caracas, 28 de enero de 1811.

Firmado: Juan G. Roscio.

Señor don José Blanco White.

CONTESTACION

Si la nota de desagradecido no fuese para mí la más intolerable de todas cuantas pueden caer sobre un hombre, son tantos y tan poco merecidos los elogios que U. S. me dispensa, escribiéndome a nombre de su Gobierno, que jamás pensaría en publicar su carta, por tal de evitar la imputación de vano que de darla a luz me amenaza. Pero es demasiado grande el favor que Caracas me hace en contarme entre sus ciudadanos para que lo conserve oculto, cual si fuese una prenda de valor dudoso, o como si esperase la decisión de la fortuna respecto a ese país para usarla u ocultarla entonces según su felicidad o desgracia.

Caracas llamó mi atención desde que sus papeles y proclamas llegaron a mis manos. Hallábame decidido a abandonar la empresa de escribir sobre materias políticas que había empezado en El Español, por que disgustado hasta el alma del Gobierno que había visto nacer en mi patria, de las ruinas de la Central, no veía ni disposiciones ni esperanzas de que se mejorase, sabía que estaba decidido a no juntar las Cortes, y ya empezaba yo a sufrir la persecución de sus satélites sólo porque escribía en español y no escribía a su gusto. Pero vino la noticia de la revolución de Caracas, y viendo en ella (cuán claro se puede ver a esta enorme distancia) un movimiento de fermentación suave, una revolución sin sangre ni armas, una mudanza causada por el inevitable curso de las cosas y no forzada por una facción o partido, dije para mí: La felicidad de los españoles se debe buscar en América en caso de que se desvanezca la vislumbre de esperanza que les queda en Europa: sean las Américas españolas libres, y la España no queda dependiente de la suerte de las armas.

Este glorioso objeto reanimó mi actividad con mi esperanza, y desde aquel momento me propuse coadyuvar con todas mis fuerzas a conciliar la felicidad de la España americana, de esa parte de mi nación a quien convidaba la buena fortuna, con la de esta porción desgraciada de Europa que gime oprimida bajo todo género de males. Querer cerrar los ojos a los españoles americanos, quererlos mantener pasivos, sin juicio ni movimiento propio, entregándose en manos de cualquier Gobierno con tal que apareciese la Península bajo el nombre de Fernando; querer que esta especie de abnegación religiosa durase por más de dos años, cuando por los efectos visibles palpaban, por decirlo así, que cada gobierno nuevo sólo se distinguía del que acababa en que perdía más terreno y en que reconocía que el anterior había sido malo, sería suponer a los americanos en estado de que no mereciesen entrar de otro modo en cálculos políticos que como entran en los de la ambición las heredades de un rico que está para morirab intestato —el cálculo estaría reducido a saber cómo se repartirían si acabase la España—. Pero como los españoles de América podían muy bien mirar por sí, sin dar el último golpe al desgraciado pueblo español de Europa, a ese pueblo digno de la admiración y compasión del mundo entero (cuanto más de la de sus hermanos), mi entendimiento no estuvo un punto indeciso —y aunque no vi de repente el pormenor del plan que podía combinar los intereses de unos y otros, vi claro y decididamente que podían conciliarse—, y desde aquel punto consagré mis débiles fuerzas a este objeto, verdaderamente grandioso.

No lo han mirado bajo este aspecto los gobiernos de España. Olvidados de los mismos principios de que ellos derivaban su autoridad, sólo vieron en Caracas un partido de revoltosos a quienes esperaron traer a su obediencia por los medios que habían sosegado otras conmociones en tiempo de la antigua corte; y queriendo antes ceder de sus intereses que de su recién exaltado orgullo, amenazaron tratar a fuego y sangre a los que a pesar de su revolución les ofrecían amistad y socorros.

No bien hube visto este procedimiento, cuando desesperé de que mi plan de conciliación pudiese ganar terreno. Era imposible al ver la tenacidad y el furor de un partido, esperar la moderación y la condescendencia en el otro. Yo hubiera abandonado mi plan desde aquel momento si la esperanza de que las Cortes se juntasen, y juntas pusiesen remedio a los errores de la Regencia, no me hubiese sostenido contra los sinsabores que empezaron a llover sobre mí desde mi patria. Mas las Cortes, en vez de una desaprobación absoluta del proceder anterior en este importantísimo asunto, dejaron en su fuerza las providencias hostiles, y proclamando en favor suyo los principios más democráticos, dejaron al despotismo que limitase la lógica de los americanos.

Ya lo he dicho otra vez, y lo repetiré eternamente: los españoles, no los americano, debieran estarme agradecidos. Si yo hubiera sido imparcial; si el miramiento a la España no hubiese sido mi norte; si yo hubiese querido inclinar los americanos a la independencia, nadie me ha presentado armas más poderosas que las Cortes. Después que declararon que no derivan su autoridad de Fernando; después que se dijeron soberanos a título de la soberanía del pueblo, por soberanos debieran reconocer ellas mismas a cualquiera que represente a otro pueblo; y pueblo o nación es toda aquella porción de hombres a quien la Naturaleza da medios de vivir en su propio terreno, siempre que puedan defenderlo de la invasión de otros, ora por sus circunstancias físicas, ora por el número o valor de sus habitantes.

Mas yo, que emprendí mi rumbo no por agradar a éstos ni a aquéllos; yo, que empecé a escribir por contribuir cuanto pudiera al bien de España, que ha sufrido de sus malos gobiernos más que yo, pobre individuo, no desistiré jamás de mi intento, por más que me persiga el insulto y la injusticia. Y si el mal trato que he sufrido y sufro (no el mérito de lo que he escrito, como usted tiene la atención de decirme) ha dado algún peso a mi opinión para con los americanos, permítame ese Gobierno, que tanto me honra, decir cuál es mi opinión en el día y hacer ver que si «mi espíritu en esta Corte» no es el que acaso esperarían en América, en consecuencia de lo poco que anteriormente di a luz, es porque la política es una ciencia de observación y circunstancias; y así como un conocimiento más inmediato de algunas de ellas dictará a ese Gobierno providencias acertadísimas, que aquí   por la distancia no nos parecerán tales; el conocimiento más inmediato de otras circunstancias en Londres, podrá dar tal rumbo a mis ideas, que siendo, tal vez, el más recto, sólo la distancia lo haga aparecer torcido. Mi oficio es decir las cosas según las veo: los que tienen en su mano el gobierno podrán   aprovecharse de ellas o desecharlas.

Jamás me ha parecido que la América española debía separarse enteramente de España en las circunstancias presentes. España está empeñada en una guerra demasiado noble para que el principal apoyo en cuya fuerza confió al empezarla pueda sin crueldad dejarla perecer, sustrayéndole de repente su auxilio. El que los españoles tengan gobiernos tan inconsiderados que exijan estos auxilios con las armas en la mano; el que no los quieran sino a título de obediencia, y el que fomenten con su proceder la división de los ánimos de los europeos y criollos, enseñándolos a verter mutuamente su sangre como si no fuera una misma, no es delito: es una nueva desgracia de España. Yo me atrevo, pues, a recomendar a los nuevos gobiernos, como un deber de humanidad, de generosidad y de decoro; armo una medida que recomendará y dará un hermoso colorido a sus derechos, que nunca olviden sus primeras propuestas, y que aun cuando tengan que repeler la fuerza con la fuerza, procuren recordar a los criollos que no toman las armas contra la nación española, a quien ellos mismos pertenecen, sino contra los individuos que vienen falsamente en su nombre a amenazarle con guerra o despotismo. Acaso parecerá virtud de novela lo que voy a proponerles. Quisiera que si pueden ahorrar algo, no faltando a hacer su defensa y preparativos necesarios para ella, mandasen algunos socorros, aunque fuesen pequeños, para la guerra de España, por mano de sus aliados los ingleses; para conservar de este modo las sensaciones de relación entre pueblo y pueblo, fomentar ideas generosas y sublimes en los criollos, naturalmente dispuestos a ellas; para causar una impresión favorable en la masa del pueblo de la Península y empezar a dar una demostración sensible de que los pueblos de América no dependen de virreyes y gobernadores, que consumen parte de lo que pudiera ir a España en su opulencia propia, y agotan en flor la industria que pudiera producir otro tanto. El gran riesgo que yo concibo en la actual situación de la América es el que crezca y se confirme el odio entre europeos y criollos; el que se lleguen a mirar como dos naciones distintas. Al Gobierno que tenga la ambición de aparecer noble y justo le toca hacer cuantos sacrificios sean capaces de extinguir este semillero de males, que una vez arraigado será la cizaña de América por largos años. Los criollos agraviados se burlarán de mis consejos, mas acuérdense de que a los desapasionados es a quien pertenece darlos.

Caracas ha rendido un Congreso. Nada más justo. Una vez puesta en revolución una provincia tan considerable, no quedaba otro medio racional a los gobiernos de España, en las circunstancias presentes, que haber ellos mismos adquirídose la popularidad de recomendar esta medida, logrando al mismo tiempo tener con quien tratar y a quien preguntar las intenciones de aquellos pueblos. Ahora, supuesto que los gobiernos españoles ni han querido escuchar ni escuchan razón sobre esto, yo me dirijo al Congreso de esas provincias, sin otra autoridad que la que me den mis razones, y el derecho que además me confiere el honroso título que me han dado de su ciudadano; yo me dirijo a los representantes americanos y les suplico que no tomen medidas demasiado generales en el ardor que un resentimiento inevitable parece que pudiera con razón sugerirles.

Una declaración de absoluta independencia pudiera comprometer la felicidad naciente de la América meridional. El ejemplo de los Estados Unidos no es adaptable a sus circunstancias. Los Estados Unidos eran una masa casi sin mezcla, porque estaban formados de gentes que, aunque tenían muy diverso origen, todos sentían igualmente odio a la dependencia de Europa; todos la habían abandonado buscando independencia más allá de los mares. No así la América española, llena de europeos propietario y poderosos, llena de empleados que dependen de sueldos y que esperan ascensos; llena de gentes que aman vehementemente los empleos porque no conocen las riquezas de la industria; en fin, llena de hombres que por pasión y orgullo lo llevarán todo a sangre y fuego, antes que oír la sola palabra independencia; y que por poco poder que se les suponga, siempre tendrán bastante para sembrar discordia y descontento y para obligar a los gobiernos a procedimientos duros, aunque necesarios, pero que nunca dejan de tener un aspecto odioso. Los Estados Unidos podían contar con el interés que Francia y España tenían en abatir el poder de Inglaterra, en caso de la guerra que se siguió a su determinación de hacerse independientes. La América española tiene ahora los intereses de Europa divididos muy de otra manera. La tiranía de Francia lo ocupa todo; sólo Inglaterra está en contra, y ésta auxilia a España en sus esfuerzos para sacudir el yugo. Si la América española se pone en guerra abierta con España, si no deja abierto el camino a la reconciliación, si da pasos que Inglaterra no pueda mirar sino como opuestos a su tratado de alianza con España, la pondrá en un compromiso en que, como sucede y sucederá siempre en las determinaciones de todo Gabinete, se decidirá no por derechos abstractos, sino por las circunstancias políticas, que ni los americanos ni yo podemos prever, pero que pueden serles contrarias. Este sería un caso peligrosísimo; porque de chocar con Inglaterra, no queda otro lado a que inclinarse que a los Estados Unidos, que en día son como una especie de resbaladero hacia Francia. Los Estados Unidos tenían antes de su Revolución un Gobierno interior en que no era menester hacer innovación alguna para hacerse independiente. Todos tenían congresos electivos que gobernaban cuanto no pertenecía al alto gobierno de paz y guerra; los más tenían tribunales de judicatura arreglados a las leyes inglesas, y todos, en fin, tenían una organización interior excelente, que es el cimiento de todo edificio político. La América española no ha pasado aún el noviciado de la libertad, y quererlo hacer todo de repente y a la vez, paredes, techos, cimientos, es exponerse a no hacer más que un edificio de apariencia que se vendría abajo al primer soplo. La América española, por necesidad, será independiente en algún tiempo (no sabré decir cuándo), porque esperar que con sus riquezas, su extensión y sus medios ha de estar siempre sujeta a un pueblo que vive a dos mil leguas, aun cuando lo gobernara una serie no interrumpidas de Solones y tuviera al frente de sus fuerzas a otros tantos Alejandros, es un verdadero sueño. Pero si los americanos quieren no retardar este periodo, no lo apresuren; dejen obrar a la Naturaleza; la libertad es una planta delicada, que se debilita y perece cuando se la fuerza a dar fruto demasiado temprano.

El grande y único objeto de los congresos americano-españoles debe ser, según mi entender, echar los cimientos sólidos de su felicidad, sin aspirar a la apariencia exterior de las potencias reconocidas por tales. Tienen un hermosísimo campo en que cultivar su felicidad; empiecen como el labrador industrioso en la vecindad de grandes señores heredados. No quieran empezar a competir con su opulencia. Cultive y adelante su heredad cada uno; defienda sólo su indudable derecho a que ni los señores, ni sus criados, ni sus bestias, le echen o perder su campo; que tiempo llegará en que rico él con su industria y. moderación, y arruinados ellos con su lujo y sus excesos, él ocupe el primer lugar en el campo, y ellos se crean honrados en comer a su mesa.

Un paso excelente han dado los nuevos gobiernos, o, por mejor decir, sobre él han fundado su sistema, que los congresos generales no sólo no deben olvidar, sino antes fomentar cuanto sea posible. Hablo del reconocimiento de Fernando VII por su rey. No quisiera que imitasen a las Cortes de España en las declaraciones de la soberanía de los representantes del pueblo, porque además de que la soberanía no consiste en declararla, este principio abstracto puede llevarlos a consecuencias prácticas peligrosas. Si no me engaño, la Junta de Caracas ha publicado con gran tino y acierto que la Revolución dejaba en su fuerza todas las leyes fundamentales de la nación española, y que Caracas’ y con ella la parte de América que la seguía, apetecía sólo la mejora de algunas de estas leyes. Este proceder es el que conviene a su estado interior y a sus relaciones políticas. No empiecen por prescribir leyes al rey que proclaman, por decirle que es inferior a ellos, por tratar de darle una Constitución que haya de jurar, si es que sale de su cautiverio. Digan que son los representantes legítimos de una parte considerable de América; que estando cautivo su rey, por un derecho natural e indudable, deben mirar por sus intereses inmediatos, por su conservación y defensa. Que no sólo como hombres deben mirar por sus intereses en este caso, sino como buenos y fieles vasallos, por la conservación de aquella parte de la monarquía a su legítimo rey. Que nadie tiene derecho a tomar el manejo de estos intereses en su país a título de representar al pueblo de otra parte de la monarquía, y que como sería injusto que porque faltó Fernando los pueblos de América quisiesen gobernar en su nombre, y a título de ser más en población, poder y riquezas, pretendiesen ser árbitros de las posesiones españolas de Europa, más injusto es que éstas pretendan mandarles dos o tres hombres, llamados virreyes, en cuyas manos esté la suerte de América. Que no teniendo que recurrir a principios de derecho natural, y bastándoles las circunstancias actuales de la monarquía para demostrar que si eran colonias bajo los reyes de España, no debían serio bajo sus pueblos, y que, aun cuando esto no bastase, teniendo como tienen en su favor las declaraciones de igualdad con la que fue metrópoli, no pueden ceder en admitir ninguna desventaja en materia de gobierno; y que están decididos a no admitir virreyes, o cualquier otra clase de empleados, de cuyo juicio y proceder no puedan tener apelación ni respiración sino ocurriendo a la Península. Que como aquellos pueblos han tratado de mirar por sus intereses peculiares estableciendo lo que han creído convenir a sus circunstancias, los congresos americanos tratarán del establecimiento de gobiernos municipales, y todo la que pertenezca inmediatamente a los distritos que hayan mandado a ellas sus representantes. Pero que hallándose muy ajenos de hacer nada que pueda mediata o inmediatamente contribuir a la desmembración de la monarquía española, tal como se hallaba en manos del monarca cuyos derechos han jurado conservar, apetecen que, sin perjuicio de los del pueblo que representan, se forme una representación legítima del poder supremo de la monarquía, y que están prontos a contribuir justa y equitativamente a su formación, como igualmente a no oponerse a que su residencia sea en la antigua España, a no estar dominada por los franceses.

En una declaración semejante concibo yo que se pueden compendiar cuantas ventajas apetecen los americanos, sin que la política más astuta o interesada pueda en ningún caso dar colorido de justa a la opresión con que se quisiese hacer que los abandonasen. En estos artículos, los americanos seguirían sencillamente la más pura y desapasionada razón, apoyada en las leyes, cuanto puede serlo en trastorno igual al que ha sufrido la monarquía española. Si se permiten declaraciones de mera vanidad; o de encono si no sólo quieren rechazar la injusticia de la madre patria, sino hacerle sentir la humillación de repugnárselas; si quieren no sólo gozar de la independencia como la necesitan, sino hacer de ella una gala con que presentarse ufanos a insultar a sus contrarios, se exponen a sacrificar su principal objeto a un placer pasajero, su sólido y duradero triunfo a otro de apariencia y precario.

En una palabra, lo que interesa a los americanos es ganar los puntos de que su felicidad interior depende inmediatamente. Influjo en su gobierno interior, seguridad en la administración de justicia y absoluta independencia en la concesión, asignación y repartimiento de las contribuciones que hayan de dar como parte integrante de la monarquía española. Si el Gobierno actual de la Península se acomoda mejor a que el Congreso soberano de la nación española americana se componga de diputados de una y otra parte, elegidos unos y otros de un mismo modo y en una misma proporción, el influjo de los americanos en el Congreso será el que en justicia se les debe, y según justicia podrán lograr estos objetos aun cuando se sometan, como entonces deben hacerlo, a esta especie de Soberanía. Si las Cortes insisten en contentarse con el número de diputados americanos que tienen, o en que vayan de cualquier otra forma que en la perfecta igualdad que desde el principio se debía a aquellos países, aún hay medio de conciliación: pidan los americanos para sus congresos el gobierno interior y la concesión y asignación de las contribuciones, y dejen a las Cortes de España los altos ramos de gobierno, como declaración de paz y guerra, tratados, alianzas, etcétera.

Bien sé que no están las cosas en estado de que este rudo bosquejo, y ni aunque fuese un plan infinitamente mejor arreglado, tenga la menor probabilidad de ser admitido de acuerdo de ambas partes. Se necesita un mediador poderoso que contenga la animosidad y lo que infaliblemente ha de haber de encono de ambas partes, después de haberse derramado sangre. La Junta de Caracas ocurrió desde el principio a la única potencia que puede mediar en las circunstancias presentes de Europa: la Inglaterra. Ahora que el tiempo que ha corrido y los pueblos que han seguido su ejemplo han dado la solidez a la Revolución, ahora que ya están reunidos los congresos, deberían tratar de hacer un solemne, aunque moderado manifiesto, exponiendo las razones de su conducta y sus disposiciones a no abandonar la España, a pesar de que estén agraviados por la guerra que les está haciendo. Cuanto más fuertes se hallen los nuevos gobiernos, cuanto más consolidados por su número y por el valor y opinión de los pueblos que los han creado, tanto más noble y respetable será proceder. Esa guerra de españoles con españoles es horrible. Todo lo que se dirija a extinguirla es nobilísimo y glorioso. Enhorabuena tengan los gobiernos americanos preparados los medios de defenderse; pero ocurran de nuevo a buscar al único amigo que puede intervenir en la querella y evitarles la necesidad de verter sangre, aun cuando estén seguros de la victoria.

Yo he cansado enormemente la atención de U. S.; pero el asunto de América no sólo es para mi el más importante de cuantos interesan a la nación española, sino que es asunto propio mío, asunto que he identificado con mi persona, desde que por él me veo perseguido, insultado, y acaso ya proscrito. Nada hace amar las doctrinas como la persecución; permítanme los americanos predicarles las mías, que según esta regla me deben ser muy caras. Pero jamás, jamás lo serán tanto como la felicidad de la nación española, que les doy por objeto. Los americanos me honran llamándome imparcial; muchos españoles me insultan llamándome faccioso; mas el testimonio de mi conciencia me dice que no soy ni uno ni otro. Deseo con vehemencia la felicidad de España, y en esto soyapasionado; mas los americanos españoles no son en mi concepto menos españoles ni menos paisanos míos que los que han nacido en mi mismo pueblo. Facciosos son, en mi dictamen, y muy poco españoles, los que por la ira que esta cuestión excita y por los medios que prefieren para decidirla, parece que más tratan de intereses personales que de los generales del reino. No permita Dios que se arraiguen en los ánimos los vasallos de un mismo rey, en los pueblos de una misma monarquía el espíritu de división que la tal conducta inspira. Este es mi más ardiente deseo, el norte de mis opiniones y el distintivo del partido que sigo. En virtud de esta mi íntima persuasión y sistema, no puedo menos que suplicar a U. S. que al presentar a ese Gobierno el testimonio de mi más vivo reconocimiento por el honor que me ha dispensado, y el asilo que me ofrece, se sirva hacerle presente que nada me lo hace más grato que el verso igualmente abierto a todos los buenos españoles.

Nuestro Señor guarde a U. S. la vida por muchos años.

J. Blanco White.

Londres, 11 de julio de 1811.

El 11 de julio dictaba esta carta benévola el señor Blanco, seis días después de la proclamación de la Independencia, el mismo en que el motín ridículo de algunos isleños iba a precipitar la Revolución en un abismo de sangre. Con motivo de una carta publicada en el Morning Chronicle, papel adicto a la causa de los americanos, (2) el ilustre periodista grita indignado: «¡Suerte infeliz de los pueblos!, un pueblo de ambiciosos se apodera del mundo; se arrojan ciegos a los actos más desesperados, y porque ellos están determinados a perecer, o porque sacando fuerzas de la desesperación afectan estarlo, obligan a todos los habitantes a que perezcan con ellos, y muchas veces los hacen perecer a sus manos.

»¡ Pueblos de América! La libertad no se establece con barbarie. Los que necesitan valerse de proscripciones y horrores tienen todas las señales de la más horrenda tiranía. Gobierno que se vale del terror no puede ser justificado en sus miras. Si los que se llamanrepresentantes de la voluntad general fueran sus verdaderos ecos, no necesitarían de publicar al pueblo cuál es la suya propia por los labios lívidos de sus conciudadanos».

La Declaración de los derechos del hombre de 1, de julio de 1811 y el Reglamento de la libertad de imprenta en Venezuela son reprobados igualmente en amargo estilo: «A la declaración de derechos del hombre –dice— acompaña un reglamento sobre la libertad de imprenta que de todo permite hablar, menos del sistema de gobierno que ha adoptado Venezuela, esto es, de lo que más importa a Venezuela que se hablé». He aquí el artículo 19 del reglamento de imprenta: «Los autores, editores o impresores que              escritos contrarios al sistema de Venezuela, indicado en el artículo 8º, serán castigados con el último suplicio». (3)

 Estaban  en Londres los ciudadanos Luis López Méndez y Andrés Bello, y se les atribuyó un papel que circuló en aquella capital con el titulo de «Carta de un americano al Español sobre su número XIX». Se acusaba a Blanco White de ingrato; se decía: «¿Cómo he de creer yo que la Sociedad Patriótica de Caracas esté condenando reos como si fuera un tribunal, ni que el Congreso ahorque por la mañana sin audiencia ni proceso a los que cogió por la noche?». La polémica se empeña; Blanco responde duramente. Pero vuelto después a sus generosos sentimientos para con la América, él nos acompaña en las aflicciones del año de 12, condena la, conducta de las Cortes y termina diciendo: «He hecho cuanto ha estado a mi corto alcance para persuadir a los americanos a la conciliación; mas ya no está en su mano ni en la mía. El Gobierno español lo ha rehusado a la amistad, a la humanidad, a la justicia y aun a su propio interés. ¿Qué les resta que hacer a los americanos? ¿Se han de entregar a discreción de semejantes señores, liados en la defensa de una tercera parte de representantes en el Congreso, a esperar justicia de él contra la que sumariamente le administren sus virreyes y audiencias? Antes me cortara la mano con que escribo que recomendar tan funesto abatimiento. Una sola cosa sacrificaré en este punto al respecto de mi patria… Nunca tomaré la pluma para atizar el furor de los americanos españoles en esta funesta guerra. Decídanla la espada y el Dios de la justicia, sin castigar a mi patria de los horrores de su Gobierno». La historia renueva al sabio español el título de «Venezolano».

En Venezuela habría sido difícil determinar el carácter propio de las publicaciones periódicas y explicar de una manera precisa en qué diferenciaban las doctrinas. La libertad balbuceaba; y las doctrinas eran, por lo común, indecisas y de miras comunes y confusas. Había tendencias más bien que sistemas; y éstas mismas cambiaban rápidamente de aspecto, según el curso de la Revolución, que en su desarrollo arrojaba nueva luz sobre los hombres y las cosas.

El Semanario fue uno de los primeros periódicos que defendieron la Revolución. Redactábalo el abogado Miguel José Sanz, espíritu vivo, penetrante, firme, lleno de la necesidad de investigar y creer, de afirmar y combatir. Profundamente convencido, él no supo nunca dudar ni vacilar. Aunque reservado y en apariencia tímido le agitaba un entusiasmo febril; y en él y en el belicoso ardor de sus convicciones tomó aquel estilo decidido y libre, abundante, desigual, enérgico, que caracterizaba sus escritos. Hombre de religión y fe, aunque de espíritu osado y valeroso carácter, su palabra circunspecto y hábil difirió muchas veces las tempestades que amenazaban a la Iglesia. El fue humano en tiempos de violencia, honrado en una época de intrigas y venalidad, activo y fecundo en recursos en medio de inminentes peligros. Su espíritu previsivo adivinó a Monteverde y los funestos resultados de la capitulación de Miranda: «Las protestas o promesas de clemencia y olvido de lo pasado —decía en el número 21 de El Semanario— servirán de emboscada a los suplicios, proscripciones: y destierros, y seréis víctimas de la furiosa venganza de una tiranía irritada». Su pluma elegante y profunda había consagrado una historia a Venezuela… que pereció en Maturín con la República en el fatal año del 14.

Alrededor de El Publicista Venezolano se agruparon desde el principio los hombres más inteligentes y patriotas: los Uztáriz; Ramón García de Sena; Guillermo Pelgrón, que debía Vivir tan poco; Pedro Gual, célebre después; Francisco Paúl; Tejera y otros muchos. Los presidía el doctor Francisco Espejo, nutrido con Monstesquieu y Mably, orador abundante y fastuoso, de la escuela asiática de los Paúles. Generosos, sinceros, entusiastas, llenos de animación y ardor en medio de su generosidad, todos, excepto los Uztáriz, se hicieron sospechosos de ostentación; su sinceridad se asoció al ansia de los aplausos; su entusiasmo no excluyó el amor al brillo y al poder; su vuelo, si no se ahogó en la propia sangre, se exaltó en los peligros. La mayor parte de los hombres de esta época, militares y políticos, nacieron con la pasión del amor en el pecho; y casi todos, Espejo principalmente, se embriagaron con el perfume exhalado. de unos cabellos negros; en busca de una gloria viril, apuraban de paso la copa del placer, sin adormecerse con el filtro emponzoñado. Los suspiros de la hermosura eran el soplo que inflamaba su corazón, fortificándose, en vez de debilitarse, en la voluptuosa llama.

Aunque don Vicente Salias fuese el redactor principal de la Gaceta de Caracas, don Antonio Muñoz Tébar trabajaba en ella esforzadamente. Salias era un griego, amigo de la belleza, lleno de chiste y sal ática. Tébar fue el órgano magnífico y terrible de la opinión, escritor de nobles y solemnes momentos, con la majestad del trueno en sus sonoras cláusulas, y a veces, con el estampido del rayo. La dignidad y armonía de su palabra eran las de un alma que habitó siempre puras y elevadas regiones.

Cuando desciende de pronto sobre sus enemigos y mancha sus alas en el lodo de los partidos, parece un ángel que llora su caída y convida a lamentarla.

«Guerra a muerte -decía el jueves 16 de septiembre de 1813 (número 49 de la Gaceta de Caracas)—; el dulce americano, ¿será que adopte tan funesta medida? ¡Y guerra a muerte es el grito universal de América! Naciones cultas, contemplad nuestra situación y decidnos si nos es licito defendemos y destruir a la fiera que nos devora. Españoles moderados del otro hemisferio, vuestros compatriotas en América no son hombres. Apenas creeréis en la descripción auténtica que insertamos». Y el escritor insertaba un artículo en que se referían algunos crímenes de Zuazola cometidos en el pueblo de Aragua, de la provincia de Barcelona.

Nosotros lo insertamos también para hacer sentir el calor de aquella época, y que se sepa con qué lecturas se nutrían el furor y la venganza.

Suceso de Aragua a que se refiere dicha Gaceta

Con motivo de auxiliar cualquier ejército de los españoles que obrase contra Maturín, se destacó por el gobernador de Cumaná un cuerpo de 300 hombres al mando de Zuazola, que debla situarse como cuerpo de observación en el pueblo de Aragua de la provincia de Cumaná, distante 16 leguas de Maturín.

Apenas llegaron las tropas al referido pueblo de Aragua, cuando se tocó alarma para convocar a todos los vecinos que andaban dispersos en sus labranzas. Como estos temiesen algún engaño en la llamada, aterrorizados de las tiranías de Zebery y sus satélites, no concurrieron a la señal. Repitió Zuazola la convocatoria por medio de proclamas que mandó fijar no sólo en el pueblo, sino también en cada una de las casas y de los conucos de los vecinos, asegurándolos de su amistad y protección, y que venía de paz a estrecharlos en sus brazos y a llevarles la felicidad.

A vista de esta promesa se animaron los vecinos a concurrir a la llamada y se fueron presentando cada cual en el tiempo que les permitía la distancia. A proporción que llegaban eran entregados a la muerte, ejecutando primero inauditas atrocidades que sólo pudo sugerir la barbarie más brutal y desenfrenada.

Se mandaba sentar en un banquillo a los que llegaban, y después de un rato de chuleo, befas y escarnio, les cortaban las orejas desde la parte superior hasta el remate o pie de la barba; y tomándolas y poniéndolas en manos del mismo paciente para que las contemplase, era llevado después por sus pies a la orilla de una laguna inmediata, en donde se les cortaba la cabeza y se arrojaba a ella.

A uno que resistió o defendió con las manos tan terrible operación le desollaron un pedazo de pellejo del pecho y estómago, y después de haberío clavado en una pared a su vista, fue conducido a la laguna, donde sufrió la suerte de los anteriores.

A otros los unieron por las espaldas de dos en dos, dándoles puntadas por los hombros y jarretes, y cosiéndolos con un rejo o látigo de cuero los llevaron a la orilla del lago, en donde después de desorejados y descabezados tenían su sepulcro.

A otros los mutilaban puestos en el cepo de cabeza o de pies. Un jovencito de nueve años, hijo de uno de los que esperaban el sacrificio en el cepo, se presentó al impío Zuazola, ofreciendo generosamente su vida por la de su anciano padre, que era la columna de una mujer habitualmente enferma y de ocho hermanitos más pequeños que el suplicante. Esta acción brillante irritó la fiereza de Zuazola, y conduciendo al joven a la presencia de su padre, le cortó la cabeza a su vista y aceleré la muerte del digno anciano. A otro joven con quien trató de divertirse el bárbaro se le propuso perdonarle la vida con tal que al sufrir el corte de las orejas no hiciese ademán de sensación con los ojos, manos, gesto, etc. Después de mil súplicas que no se oyeron, se prestó la víctima a la condición, y, en efecto, sufrió con constancia la mutilación, dejando burlada la fiereza del tirano, que aunque admirado, le mandó tomar las orejas y que permaneciese con ellas en sus manos hasta que cesase una conversación que iba a emprenderle; ésta fue con serenidad sostenida y contestada por el paciente algún rato, hasta que se le mandó cortar la cabeza, porque no merecía perdón quien había tenido tal sufrimiento, pues esta firmeza sería capaz de serles perjudicial en algún tiempo.

A una mujer preñada que vino a rogar por la vida de su esposo se le cortó la cabeza, y como la criatura diese saltos con la caída de la madre se le abrevió la muerte a bayonetazos.

Este ejemplar ahuyentó a las mujeres y tuvieron el dolor de llorar las muertes de las víctimas, alejándose a los montes, en donde perecieron algunas de hambre y de desabrigo, lo que fue favorable a los asesinos, porque acercándose a las casas y campos doscientos de ellos, los saquearon y robaron de modo que quedó destruido y desolado el apreciable suelo de Aragua.

Este hecho se celebró en Cumaná y Caracas con salvas y repiques, y se cantó Tedeum, ete.

Pero falta un periodista,  falta un retrato a esa galería: José Domingo Díaz, futuro redactor de la Gaceta de Caracas bajo el Gobierno español, quien se ensayaba entonces por medio de epístolas virulentas en el espantoso papel a que estaba destinado.

José Domingo Díaz exigía de la Historia un serio examen, y nosotros hemos instruido su proceso leyendo con la pluma en la mano sus cartas, sus periódicos, sus diferentes escritos.

El apologista furioso de la tiranía fue recogido una noche a las puertas de una familia pobre de Caracas, que recibía para educarle misteriosos recursos. (4) Era alto y flaco, de rostro largo y enjuto, huesudo, de ojos verdosos, inquieto, de una actividad turbulenta y febril. Poseía también cualidades incontestables, la sobriedad, un amor al trabajo infatigable, excesivo. Después de haber hecho sus primeros estudios, siguió la carrera de la Medicina, donde aprovechó, sin duda, ya que se le ve alternando al principio del siglo con los doctores Salias y Limardo, Alamo, Tamariz y otros muchos, y obteniendo al fin el empleo de médico del hospital, que le disputaban.

Ávido de conocimientos, quiso tentar también el estudio de las letras, para las que se necesitan disposiciones naturales aún más que la aplicación y constancia. Hasta osó escribir y ensayarse en el drama, luchando en elMonólogo de Luis XVI con González, ingenioso autor delAníbal, y esforzándose por humillar a todos los de su época con su Inés, de ridícula memoria. Eran aquellos días de primavera literaria en que aparecieron Bello, García de Sena, Vicente Salias, Muñoz Tébar y tantos que debían ilustrar la primera época de nuestra Revolución. ¡Cómo debían de sonreír estas inteligencias elegantes y finas a vista de los estériles esfuerzos del pobre Díaz, que confundía la cítara de Apolo con el cinco plebeyo y la pluma con el bisturí! En el escritor vulgar, de alborotadas maneras, los contemporáneos adivinaron al loco, loco singular, que había de dar en el tema de la tiranía y de la sangre. Un espíritu absurdo acompaña siempre a un mal corazón.

La envidia que miraba,

desde el oscuro averno tal disputa

y que veía   también que allí faltaba

el que obsequios más finos la tributa;

cual relámpago vuela, y al momento

de Díaz apercibe el aposento.

No la casa famosa

que habitan ciertas gentes

en la ilustre ciudad de Zaragoza

da señales más ciertas y patentes

de los duelos que en ella están morando

como la alcoba sucia, y mal compuesta,

en que  Díaz se estaba paseando:

una mano en la boca tenía puesta,

y aunque tijeras a la vista había,

con los dientes las uñas se roía.

Avanzóle la Envidia, y, con violencia,

poniéndole una mano sobre el pecho,

le dijo de esta suerte: «¿Qué indolencia

es esta que en ti advierto; qué os he hecho

que así me abandonáis? ¿Hay por ventura

a quien le debas más que a mí cuidado?

¿No debes confesar que sois mi hechura?

¿Todo cuanto posee no os lo he dado?

¿Te has olvidado acaso que yo era

quien tanto te asistió contra Cabrera

cuando era tu maestro?

¿No te hubiera él, sin duda, confundido,

si de mis artificios tú tan diestro

no te hubieras valido?

Anda, parte al instante,

pues es justo también el oponerte

a la plaza que ya dejó vacante».

La Envidia de esta suerte

hablaba, y Díaz, con atento oído,

su voces escuchaba,

que en el alma sin duda las grababa,

pues tomando el sombrero enfurecido

y dando muestras mil de efervescencia

que en su mente se había suscitado,

a la calle salió, y con redoblado

paso llegó por fin a la presencia

del general, y en tono descompuesto

habló de esta manera:

«Despreciable y vil turba, ¿qué es aquesto?

¿Habrá alguno que quiera

disputar una plaza que es debida

tan sólo a mi aptitud y mi talento?

¿No he consagrado sin cesar mi vida

a conseguir las luces necesarias

en toda especie de conocimiento?

¿No he dado a conocer en veces varias

por las obras que al público le he dado

lo mucho que por él he trabajado?

¿El monarca no me ha favorecido

con concederme de doctor la gracia,

aunque para doctor no había nacido?

¿Notoria no es a todos la eficacia

con que curo al que bien puede pagarme?

¿No puedo lisonjearme

de ser el traductor más aplaudido

de Rum ilustre y docto americano

que trató de las fiebres peculiares

al suelo pensilvano?

¿No son particulares

mis talentos en la literatura?

¿No he compuesto tragedias,

epigramas, sonetos y comedias?

¿Mi tragedia de Inés no es de hermosura

sin igual en la lengua castellana?

Y mi Luis XVI… ».

El 9 de abril de 1808 se embarcó Díaz para España, donde permaneció hasta marzo de 1810, que tornó a La Guaira. Siete días después de abril entró a Caracas, turbado, perplejo con los cambiamientos que habían sobrevenido en su ausencia. Su vanidad se irritó, viendo a los que reían de él en las aulas, a los que se mofaban de sus malos versos y le excedían en talento y en saber ocupando la tribuna de la prensa, representando a la cabeza del Gobierno o yendo a figurar en la antigua Europa. El calló por algún tiempo, sin embargo, y logró ocultar su despecho, y hasta que le ocupase el Gobierno en asuntos de importancia.

Su papel comienza en Monteverde, en cuya época se le vio azuzando a los hombres violentos, animando a la persecución, llenando la Gaceta de insulsos versos y estúpidos editoriales. La llegada de Bolívar el año de 13 le llenó de terror; sobre un asno, en la noche del 5 de agosto, huyó despavorido para La Guaira. Fue el último a embarcarse en la mañana del 6.

Ya en Curazao, levantó contra la prensa de Caracas otra más violenta, en que derramó ondas de hiel, de ultrajes e ironía. Su violencia uniforme, la misma siempre; la monotonía de furor, que hace tan fatigosa la lectura de sus escritos, fue uno de los grandes males de aquella época. Su primera publicación fue una Carta del 30 de septiembre de 1813; apareció la segunda el 15 de octubre del mismo año, y continuó atizando con su pluma el fuego de los partidos hasta el 14 de octubre de 1814, en que llegó a Caracas, tras las armas de Boves, clamando venganza y pidiendo la cabeza de sus enemigos.

El mal hombre mereció la confianza de Boves; y a él se dirigía el comandante español para darle parte de sus triunfos y demandarle recursos. (5) Al contestarle Díaz desde la Vela de Coro, el 4 de agosto, no deja de ensalzarse a sí mismo, acusando de egoístas a los emigrados que le acompañaban. Y como le cegaban la rabia y el deseo de venganza, incluye este párrafo, que basta por sí sólo para que entreveamos el infierno en el alma de aquel médico:

«Usted, indignamente insultado en casi todas las miserables Gacetas de aquellos malvados, principalmente en la del 31 de marzo, y yo del mismo modo tratado con calumnias indecentes, injurias groseras e invenciones ridículas en las del 22 y 25 de noviembre, 13 y 17 de enero, 16 y 20 de mayo y 9 de junio, quedamos completamente vengados con aquellas victorias que restituyeron al rey el territorio usurpado. Dios se cansó de sufrir los insultos que nos hacían; los castigó por medio de usted de un modo seguro y enérgico, y su justicia se extendió hasta poner en las manos del Gobierno español de Venezuela al sacrílego e insolente redactor de aquella Gaceta, don Vicente Salias, mi condiscípulo, prófugo en el bergantín correo de Gibraltar partido de La Guaira el 8 del último mes, apresado por el corsario español El Valiente Boves, armado por don Simón de Iturralde, uno de los apasionados de usted, y conducido a este puerto. Si la justicia es tan recta como debe ser, su vida terminará poco tiempo después de suGaceta».

¡Une su causa con la de Boves para excitarle a vengar sus propios agravios, vengándole! ¡Los insultos que les hicieron fueron sacrilegios que Dios vengó, hasta poner a su autor en las manos de sus enemigos! ¡El nombre decondiscípulo, nombre dulce, que equivale al de hermano, lo invoca para recomendarle a su furor y pedir su muerte! Se unió a Boves en vida. ¡Que vivan juntos en la memoria de la posteridad!

A su vuelta de Curazao, don José Domingo Díaz se presentó (en 1 de septiembre de 1814) al capitán general, exigiéndole decretase y declarase que las injurias, calumnias e imposturas dirigidas contra su honor y persona por los escritos sediciosos no podían ofender su buen nombre y reputación.

En 2 de septiembre, el auditor Oropeza dijo en dictamenque «los párrafos indecentes que contra Díaz se dieron principalmente en las Gacetas de 22 y 25 de noviembre de 1813, 13 y 17 de enero, 16 y 19 de mayo y 9 de junio últimos no perjudican sus procederes, buena opinión y conducta, por ser hijos de la maledicencia y del despecho de unos hombres perdidos, sin crédito ni opinión». Cajigal expidió un decreto en aprobación del dictamen, que Morillo confirmó después.

Don José Domingo Díaz comenzó a redactar la Gaceta de Caracas el 1 de febrero de 1815. Fue una campana fúnebre que no dejó de sonar con amenazas de muerte en los oídos de los patriotas. Su pluma celebró asesinatos a sangre fría y crueldades inútiles, el degüello de las esposas y los hijos, las ejecuciones inhumanas del espíritu de partido, la violencia y el crimen. ¿Qué fruto logró del sacrificio de su alma, de la venta de su conciencia, de la prostitución de su limitada inteligencia?

Nosotros leemos en la Gaceta de Caracas de 31 de enero de 1821 los siguientes conceptos: «Yo he sido solo en esta clase de guerra; ninguno absolutamente, ninguno de los que ahora aparecen con un tono tan magistral, ha querido acompañarme en mis combates; ninguno ha querido tomar en él la más pequeña parte, ninguno presentar su nombre, comprometerse ni exponerse a las seguras consecuencias de su comprometimiento. Yo, como era regular, he sido atrozmente ultrajado por el partido contrario; he visto mi cabeza puesta en precio y he renunciado hasta la memoria de mi patria en caso de un suceso desgraciado.

He hecho con un placer inexplicable estos grandes sacrificios; y los insultos de mis enemigos no han hecho jamás en mi corazón una impresión desagradable. He recibido con gusto las injurias que ellos me han prodigado; pero estoy muy lejos de ver de igual modo las de aquellos hombres a quienes he servido en común, y de quienes esperaba otra gratitud y recompensa… Los que me animaban con sus pasiones y me inspiraban sus rencores, hoy me acusan de imprudente y me atribuyen los males que deploramos todos. Pero yo he seguido y seguiré decididamente el partido de mi nación, y buscaré su gobierno donde quiera que exista, pero siempre anhelaré por la paz de Venezuela como uno de mis mayores placeres, y viviré contento cuando vea que ha huído la discordia de mi patria, aunque para ello se exija que yo la pierda». La Gaceta había pasado a otras manos.

¡Lección terrible para los escritos políticos!

(1) Se estableció en una casa de la calle de Carabobo.

(2)  La Guaira 3 de agosto.

Di a usted la descripción de la situación en que se hallaba esta plaza, y hay muy poca diferencia en el día, de como estaba cuando escribí a usted la última vez. Todo es confusión en la América Meridional: todos los días hay prisiones de gente que se sospecha de tramas contra el Gobierno, y los forasteros temen mucho reunirse; en una palabra: estamos en una entera suspensión no sólo de comercio, sino aun de sociedad; la orden del día es Libertad e Igualdad.

Ayer salí de Caracas a las cinco de la tarde, y entonces aún no se sabía del ejército que se habían mandado contra Valencia, acaso sus contrarios lo habrán tomado y seguido contra Coro. Las conjeturas son varias, y todos los días se reciben despachos del general Miranda; pero no se dan al público; también se equipan diariamente voluntarios por el Gobierno; se mata y están puestas en perchas las cabezas de los traidores, con un letrero debajo que dice: «Este hombre ha muerto por traidor a su patria». Dos fueron ahorcados ayer, condenados por la Sociedad Patriótica; pero no se dijeron sus delitos. El tiempo de las prisiones es la medianoche: un piquete entra en la casa, hace salir de la cama al reo, y a la mañana siguiente pierde la vida.

Aquí tenemos por cosa peligrosa el que nos vean reunidos hablando en la calle, y más peligroso que todo el criticar al Gobierno. Aun cuando nos juntamos en reuniones particulares, no sabemos si nuestros criados son nuestros espías. Esta es exactamente la situación del país. Yo me atrevo a decir que las cosas van acercándose diariamente a un término; y lo que es cierto es que la América Meridional será independiente».

(3) El Primer Reglamento de Imprenta contiene disposiciones que preservan la libertad de expresión y restringen la censura. Esta es aplicable a los escritos contra la república. En caso de escritos religiosos, en cuanto al dogma, estos deben contar con la aprobación previa de los ordinarios eclesiásticos. En esta materia, había el derecho de apelación, en caso de ser negado por la jerarquía eclesiástica, ante autoridades civiles.

(4) Según el rumor público, era hijo de un médico romancista llamado por el vulgo Ño Juancho Castro; así lo dice también el pasquín que se le puso en Puerto Rico, siendo intendente de aquella isla:

Viva el luminoso astro,

de Puerto Rico el valiente;

que viva nuestro intendente,

el hijo de Juancho Castro.

(5)        Valencia, 4 de julio de 1814.

Señor don José Domingo Díaz.

Muy señor mío: He recibido los impresos que usted me mandó y doy a usted las más expresivas gracias por su acuerdo hacia mi persona.

Los rebeldes enemigos de la Humanidad han sido derrotados completamente en La Puerta al mando de los titulados generales Bolívar y Mariño. Tres mil fusiles, nueve piezas de cañón, entre ellas un obús de nueve pulgadas, con todo lo demás de guerra, cayó en mi poder, como también su almacén de municiones que tenían en la villa de Cura. Inmediatamente pasé a la Victoria, y destiné al momento municiones y tropas a tomar posesión de los pueblos de San Mateo, Cagua, Turmero, la Quinta y Maracay, que quedaron todos pacificados. Volví a reunir las fuerzas, y me dirigí al inexpugnable punto de la Cabrera, donde se hallaban bien atrincherados, con fosos, estacadas y demás invenciones del arte, y con once piezas de artillería, la infantería, defendida por las lanchas de la laguna que por instantes hacían un fuego vivísimo. En fin, después de un obstinado tiroteo, les corté la retirada, y cayeron todos los cabezuelas en mi poder, entre ellos José María Fernández (conocido por Sacramento) y todos los fusiles, cañones y pertrechos.

Luego tomé sin resistencia los pueblos de Guacara, San Joaquín y los Guayos, y me apoderé del Morro, y los tengo cercados en Valencia, reducidos tan sólo a la plaza, que ya me habría apoderado de ella y sus trincheras si no fuera por razón de la obstinación que tienen de dar fuego al almacén de pólvora, de cuyo atentado perecerán muchos de los míos. Están muy escasos de alimentos, y vivo persuadido que el hambre los hará entregar.

Soy de usted con la más alta consideración su afectísimo y servidor, Q. B. S. M., José Tomas Boves.

P. D.-Esto se halla concluido, y puede usted venirse para Puerto Cabello.

Valencia, 7 de julio de 1814.

Señor don José Domingo Díaz.

Mí estimado amigo: Es muy numeroso el ejército que tengo que menester y vestir, y cada día se va aumentando considerablemente. En consecuencia, y mediante el estado de desnudez en que se hallan, sin tener muchos de ellos cobijas en las circunstancias de aguas en que nos hallamos, me veo en la necesidad de dar a usted comisión a fin de que se sirva reunir los españoles pudientes que haya en esta isla; hacerles ver la necesidad de socorrer mi ejército (no de numerario), sino de frazadas y unas mudas de ropa, con algunas municiones que pueden ofrecérseme, luego que tome a Caracas; pues tengo luego que deje el mando que dirigirme a castigar los insurgentes de Cumaná y Barcelona.

Sírvase usted darme aviso de los resultas, y mande cuanto guste a su afectísimo y seguro servidor, Q. B. S. M., José Tomas Boves.

P. D.-Sírvase usted entregar la adjunta a su título.

Referencia: González, Juan Vicente. Biografía de José Félix Ribas. Ministerio de Educación. Caracas. 1975

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