¿Qué son las Siete Ciudades de Cíbola?

Cíbola o Cibola es una ciudad mítica llena de riquezas, que durante la época colonial se suponía en algún lugar del norte de la Nueva España, en lo que hoy es el norte de México y el suroeste de Estados Unidos.
La palabra Cíbola procede de cíbolo, nombre español hoy desusado que se daba al bisonte, ya que el territorio del mítico reino en donde se suponía la existencia de las siete ciudades se extendía hasta las praderas en donde (hasta mediados del siglo XIX) existían millones de estos animales.
Cíbola fue una de las fantásticas ciudades que sólo existieron en un viejo mito que se originó alrededor del año 1150 cuando los moros conquistaron Mérida, España, y según la leyenda siete obispos huyeron de la ciudad no sólo para salvar sus vidas, sino también para impedir que los infieles moros se apropiaran de valiosas reliquias religiosas. Años después corrió el rumor de que se habían instalado los siete obispos en un lugar lejano, más allá del mundo conocido en esa época, y habían fundado las ciudades de Cíbola y Quivira.
La leyenda decía que esas ciudades llegaron a tener grandes riquezas, principalmente en oro y piedras preciosas. Esa leyenda fue la causa de que exploradores españoles y sus gobernantes trataran en vano de encontrar durante siglos las míticas ciudades.
La leyenda creció a tal grado que con el tiempo ya no se hablaba únicamente de Cíbola y Quivira, sino de siete magníficas ciudades construidas en oro, cada una de ellas había sido fundada por cada uno de los siete obispos que partieron de Mérida al ser conquistada por los moros.

Su busqueda en América
En 1528, cuatro hombres volvían a Nueva España como únicos supervivientes de una expedición de 200 españoles. Regresaban del norte y afirmaban haber avistado una de las Siete Ciudades de Cíbola y Quivira, localidades que como se ha dicho, según la leyenda, edificaron en oro y diamantes siete obispos que escaparon de Mérida en 1150. Años más tarde, otro fraile reiteró la misma historia, por lo que, en 1540, la corona española envió una expedición de más de 1.000 hombres, con Francisco Vázquez de Coronado al mando. Tras dos meses y medio de viaje, avistaron un poblado miserable cuyas paredes de adobe amarillo reflejaban el sol. Vázquez supo entonces que una ilusión óptica había jugado con ellos durante medio siglo y, para resarcirse, bautizaron como Gran Quivira unas ruinas que encontraron a su paso. Los aventureros sufrieron un gran desengaño, pero aquella singular expedición dejó un importante legado de nuevos descubrimientos, como el Gran Cañón o el golfo de California.

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