Patriotismo de Nirgua y abuso de los reyes. 1811 (*) / Juan Germán Roscio

Juan Germán Roscio Nieves (San Francisco de Tiznados, Estado Guárico, 27 de mayo de 1763-Cúcuta, Colombia, 10 de marzo de 1821) fue un abogado, periodista, escritor y político venezolano, fue redactor de La Gazeta de Caracas y director del Correo del Orinoco, primer canciller, jefe del ejecutivo durante la Primera República de Venezuela, inspirador y redactor del Acta de Proclamación de la Independencia (19 de abril de 1810), del Acta de la Independencia (5 de julio de 1811), del Reglamento Electoral para la elección del Primer Congreso; de la Primera Constitución, Presidente del Congreso de Angostura de 1819 y vicepresidente de la Gran Colombia.

Patriotismo de Nirgua y abuso de los reyes

ADVERTENCIA

Una parte del vecindario de Nirgua engañada con las dobles calumnias que inventaron y propagaron contra Caracas en punto de religión varios eclesiásticos regulares y seculares de Valencia, con el designio de subvertir el sagrado sistema de Venezuela, y preparar esta Provincia a los tiros napoleónicos, bajo el ominoso nombre de Fernando VII, había adolecido de este mal cerca de tres días: pero, desengañada por la ilustración y patriotismo de su vecina la ciudad de San Felipe, volvió al camino de la verdad, jura su independencia con demostraciones muy distinguidas, y, comunicándolo al Gobierno por medio de su Ayuntamiento, obtuvo la siguiente contestación:

Ya se había librado a US. la orden de 11 del corriente para que informase al supremo poder ejecutivo sobre la conducta que hubiese observado en consecuencia del cisma abortado en Valencia por la intriga, los embustes y perfidia de los enemigos de la libertad de Venezuela y de toda la América cuando, por mano de su diputado en congreso, recibió S. A. el testimonio de la acta del día 2 que comprende el pormenor de las ocurrencias. Por ella se califica la prudencia con que usted evadió el peligro, y la sublimidad de sentimientos que manifestó, arrojando en una hoguera en esa plaza pública el retrato y armas de Fernando, el hijo de María Luisa, y el pendón que, como monumentos de ignominia y servidumbre, permanecían en la sala de ese cuerpo capitular, depositados por transmisión de nuestros progenitores fascinados con la idolatría que se tributa a los reyes, apoyada y propagada de generación en generación, por el monopolio que éstos tenían con varios eclesiásticos que, abusando de su ministerio y de las santas Escrituras, empeñaban su palabra en mantener la ilusión en los pueblos para que no se instruyesen del vicioso origen de los reyes, langostas del género humano que tanto ha gemido bajo su sanguinario cetro de hierro, empuñado por lo común sin otro título que el de la fuerza y usurpación.

19 de abril de 1810

19 de abril de 1810. Oleo del pintor venezolano Juan Lovera

Piensan muchos ignorantes que el vivir sin rey es un pecado y este pensamiento, fomentado por los tiranos y sus aduladores, se ha hecho tan común, que para definir el vulgo a un hombre malvado suele decir que vive sin rey y sin ley. Sin ley, es verdad, nadie puede vivir, porque está impresa en el corazón de todos los hombres por el Autor de la Naturaleza, y sería un monstruo cualquiera que viviese sin ella; pero sin rey cualquiera puede y debe vivir, porque es un gobierno pésimo, nacido casi siempre de la violencia y del fraude, fomentado por el fanatismo y la superstición y transmitido por esta vía desde el gentilismo hasta nuestros días.

Sin rey vivieron nuestros primeros padres; sin rey vivieron sus descendientes antes del Diluvio; sin rey vivieron los de la familia de Noé y toda su posteridad más de doscientos años después del Diluvio, y vivieron con menos males que los que sobrevivieron a la aparición de los reyes; sin rey vivieron las repúblicas de la antigua Grecia y entonces florecieron en ellas las virtudes, las artes y las ciencias; sin rey vivieron los romanos más de 500 años, desde la muerte de los Tarquinos hasta la usurpación de César, Lépido, Marco Antonio y Octavio, o hasta la batalla de Accio: más de cinco siglos vivieron republicanamente y entonces fueron tantas las virtudes del pueblo romano, que a ellas atribuía San Agustín la gloria y grandeza de su república, la extensión y los triunfos de sus armas. Sin rey vivieron otras muchas repúblicas modernas, y sin rey vive la primera que recobró su independencia y libertad en este Nuevo Mundo; sin rey vivió Abraham y su sobrino Loth; sin rey vivió su numerosa descendencia más de 800 años, hasta que su ingratitud mereció ser castigada con el gobierno de los reyes en tiempo de Samuel. Ninguno más que este profeta sabía la viciosa conducta de los reyes: él la refiere en un discurso excelente y acomodado a las cortes de nuestros tiempos, cuyos desórdenes son los mismos que entonces manifestaba el divino Samuel, transmitidos por desgracia hasta nosotros y derivados todos de la idolatría.

Dios no crió reyes ni emperadores, sino hombres hechos a imagen y semejanza suya. Pecó el hombre, y su pecado trajo sobre sí y sobre su posteridad la muerte y todo género de penas. La tierra por todas partes producía abrojos y espinas para vengar la prevaricación de Adán; pero la divina Justicia rehusaba castigar su desorden primitivo con el gobierno monárquico: fue menester que otra ingratitud del pueblo escogido exigiese el azote de los reyes bajo la sombra de la idolatría.

Aunque pecó el hombre quedó siempre ilesa su voluntad y libre albedrío para establecer el gobierno que fuese más conveniente a su felicidad, y de esta fuente nace el derecho que tienen los pueblos para quitar, alterar o reformar el gobierno establecido cuando así lo exige la salud pública, y el convencimiento de ser establecido para servir, no para dominar a los hombres; para hacerlos felices, no para abatirlos; para conservar su vida, su libertad y sus propiedades, no para oprimirles ni sustraerles sus fueros sagrados e imprescriptibles.

El gobierno republicano fue el primero porque es más conforme a la naturaleza del hombre. Antes del Diluvio y mucho tiempo después, se conservó el gobierno popular, se conservaron las repúblicas, y no conocían ni monarquías ni aristocracias. Aún no había llegado a tanto grado la codicia y ambición, que un solo hombre aspirase a enseñorearse de sus semejantes, a esclavizarlos y venderlos como ganado o mercancía. Aún no eran conocidas entre los hombres aquellas alteraciones que posteriormente sirvieron de pretexto a la clasificación de los individuos de la especie humana. La uniformidad de color y otros accidentes sostenían el sistema republicano entre los descendientes de Adán y de Noé.

Se multiplica la generación de este patriarca, desconfía de la palabra con que Dios le había prometido no enviar más diluvio universal sobre la tierra y emprende la fábrica de la torre de Babel. Se disipa esta empresa, no con la introducción de reyes, sino con la confusión de lenguas. Sesenta y dos idiomas forman otras tantas divisiones que, desistiendo de la fábrica de la torre, se esparcen sobre la redondez del globo, se multiplican y crecen; pero no alteran el sistema de gobierno popular sino cuando, abandonando la ley natural y cayendo de vicio en vicio, sustituyeron al divino culto la idolatría. Entonces es que aparece en medio de ella la primera alteración. Un joven valiente y astuto, acostumbrado a la caza de fieras, es el primero que adquiere entre los asirios o babilonios un gran séquito de admiradores, domina por la fuerza a sus semejantes, sustituye el nombre del rey al de usurpador o ladrón, que eran sinónimos, y de la caza de fieras se convirtió en cazador de los hombres. Venator hominum, le llama la Escritura.

Su mal ejemplo en el siglo III, después del Diluvio, excitó la imitación de otros ambiciosos y avaros. Al paso que se aumentaba la idolatría, se aumentaba también el número de los imitadores de Nembrod. Este era el nombre del primero que se tituló monarca y señor de los que tuvieron la desgracia de vivir bajo su mando. En la idolatría que los produjo hallaron medios de multiplicarse y conservarse sin necesidad de la fuerza continuada de las armas. Valía más que ellas la falsa opinión que inspiraba el error y la ignorancia. De aquí resultó considerarse ya como punto de religión el engrandecimiento y desmesurada ambición de estos opresores. Con este escudo lograron el amparo de su opresión, y que los oprimidos se abstuviesen de recuperar con frecuencia sus derechos usurpados. Lograron mucho más. Degradado el hombre por su falsa creencia, adquirió tanto exceso la degradación, que no contentos con la muchedumbre de dioses celestiales, también adoraban como tales innumerables sublunares. Las más despreciables sabandijas, las más humildes yerbas eran otras tantas deidades que multiplicaban asombrosamente el politeísmo. El hombre más borracho y la mujer más prostituta también se deifican, y son colocados en el catálogo de los dioses. Baco y Venus reciben adoraciones entre los gentiles, y ya los reyes no tenían sino un brevísimo paso que dar para llegar también a ser reputados y adorados como deidades.

La licencia del demonio en aquellos tiempos, y los sacerdotes de los ídolos fueron los medios de que se valieron los reyes para lograr sus designios. Por medio de ellos engañan a los pueblos y les hacen creer que su autoridad venía inmediatamente de los cielos: que ningún monarca tenía superior sobre la tierra, que su voluntad era la de los dioses, que aunque fuesen tiranos y malévolos, debían ser reconocidos, obedecidos y adorados como divinos: que sólo Júpiter, el gran padre de los dioses, podía exigirles cuenta y razón de su procedimiento, juzgarlos y corregirlos: que sus leyes todas, como inspiradas por el santo Numen, debían ser obedecidas y ejecutadas, por más injustas y perniciosas que fuesen.

Tantos absurdos infundidos entre aquella gente idólatra por medio de sus sacerdotes, eran considerados como artículos de fe y sostenían el despojo escandaloso que los pueblos habían sufrido en su soberanía. He aquí el origen del orgullo y de la más dura tiranía de los reyes. Abatidos los hombres con la creencia de tantos embustes, perdieron su dignidad y así como, envilecidos hasta lo sumo, adoraban a las enfermedades que afligían al género humano, así también idolatraban a sus tiranos y usurpadores. Sus personas eran otros tantos ídolos ante quienes doblaban la rodilla sus ciegos adoradores. Otras veces recibían en sus estatuas las adoraciones que les tributaban el fanatismo y la superstición de tantos súbditos oprimidos. Es muy notable el ejemplo de Nabucodonosor, pero no fue invención suya el hacerse adorar en estatua; era ya costumbre inveterada de sus predecesores y casi no había uno entre sus semejantes que dejase de usurpar y profanar tan escandalosamente los derechos de la divinidad. ¿Qué mucho, pues, que usurpasen la soberanía de los pueblos? Usurpación de los derechos del cielo, usurpación de los derechos del pueblo, era todo el compendio de la ley que practicaban los tiranos que imitaban y sucedían a Nembrod en el siglo V después del Diluvio. Para más hacer valer el dictado de rey, fue fácil imponerlo a sus falsas deidades, así como habían logrado atribuirle los mismos vicios del hombre depravado, el rapto, el adulterio y las usurpaciones (1). Oscurecida la tierra con las tinieblas de la idolatría, no producía sino los amargos frutos de la ignorancia y del desorden de las costumbres. Este era su lastimoso estado cuando, compadecidos los cielos de los males que gravitaban sobre ella, la preservan de su total corrupción: resuena entonces la voz de Dios verdadero y se establece en una pequeña parte del globo aquella excepción feliz, de donde había de nacer el encargado de quebrantar las cadenas de la tiranía. Abraham es llamado para que en su persona y familia se conserve la religión verdadera, y un gobierno contrapuesto al de los reyes. Odioso el nombre de estos déspotas entre los hombres libres, lo era mucho más para el Santo Patriarca; pero Dios quería que su aversión fuese mayor y, con esta mira, permite que su sobrino Loth caiga en manos de cuatro reyes que andaban coligados en sus acostumbradas correrías, talando y saqueando el valle de la Pentápolis. Irritado Abraham con esta noticia, se arma con 318 de sus domésticos, sale a la campaña en busca de estos cuatros vándalos, los bate, los derrota, rescata a su sobrino y vuelve a su casa cargado de ricos despojos.

Más aborrecido que antes el nombre de los reyes en la casa de este patriarca, se multiplican sus descendientes, detestando la dominación de aquellos tiranos y son dominados bajo otro sistema de amor y beneficiencia, el más conforme a las leyes de la naturaleza. En Egipto, después de la muerte de sus favorecedores, se fomenta el odio de los reyes bajo la tiranía de otro Faraón que gobernaba a los israelistas con vara de hierro; pero ellos, acaudillados del mejor Patriota de aquellos tiempos, quedaron independientes y libres de su imperio a pesar del juramento de obediencia que los ligaba. Enojando a Dios de tiempo en tiempo, son reducidos por castigo a la opresión y cautiverio de otros monarcas extranjeros; pero arrepentidos de su ingratitud vuelven a su primitivo estado de independencia y libertad, y escarmentados por el despotismo de sus opresores permanecían siempre firmes en el propósito de no tener jamás monarquía en su pueblo. El pésimo ejemplo de los gentiles dominados todos por reyes a la sombra de la idolatría inficionaba muchas veces a los hebreos y los inducía a este pecado. De esta imitadora manía resultó también el apetito de llevar con los idólatras el yugo de la real servidumbre. Conciben la idea de ser gobernados monárquicamente como los paganos y hacen a Dios esta loca petición. Por medio de Samuel les manifiesta Dios su necedad y los males que sufrirían si fuesen dominados por el rey. No admitía ninguna réplica el célebre discurso con que les hablaba el profeta. Nada tenían que oponer contra él los israelitas que fuese capaz de cohonestar su insensata pretensión. Insisten, sin embargo, en ella y no alegan sino el mal ejemplo de las naciones del paganismo. Determina Dios castigar su ingratitud y necedad dándoles rey; pero de tal condición que él solo bastase a comprobar las verdades que les había predicho Samuel. Fácil era haber concedido el derecho de reinar sobre ellos a uno de los monarcas confinantes con la tierra de promisión. No era menester buscarlo a dos o tres mil leguas de distancia, pero tan repugnante era esta providencia al orden natural de las sociedades políticas, al bien y felicidad de sus individuos, que no quiso Dios redoblar con ello el azote que descargaba sobre aquel pueblo ingrato. Tampoco quiso abusar del nombre madre patria para sacar de ella el rey que solicitaban los hebreos. Habitado estaba el país donde había nacido el padre de los creyentes: pobladas se hallaban entonces las orillas del Tigris y del Eúfrates, donde empezaron a multiplicarse los hijos del primer poblador. No carecían de habitantes las llanuras de Senaar, que fueron las primeras que ocuparon los descendientes de Adán cuando ya no cabían en las márgenes de aquellos ríos: era numerosa la población del territorio donde se establecieron y crecieron después del Diluvio los individuos de la familia del segundo poblador universal. Todos estos semilleros primitivos eran otras tantas madres patrias verdaderas y no falsas como la vieja madrastra española (2). Mas, careciendo de todos tiempos este título de la facultad de dominar, Saúl, que había nacido en el mismo pueblo que debía gobernar y vivía entre los que habían de sujetarse a su gobierno, es el primer rey que corresponde al desordenado apetito de los hebreos. Termina trágicamente la carrera de sus delitos y le sucede David. Fue santo este monarca, pero su santidad no procedió de su real nombramiento: ella hubiere sido mayor si David no hubiese subido al trono de Israel: entonces le faltarían las ocasiones que lo indujeron al adulterio de Bethsabé y homicidio de Urias. Salomón sucede a su padre David, y su dinastía es reconocida y jurada en todo Israel. A pesar de estos vínculos bastó sólo el exceso de las contribuciones para que todo el pueblo proclamase con razón su independencia y libertad luego que falleció Salomón. Raboan, su primogénito, insistiendo en hollar como su padre la soberanía de las tribus, es el autor de esta novedad y por ella su reinado queda reducido a lo mínimo. El patriota Jeroboan dirije esta revolución, y sus méritos y servicios ponen en sus manos las riendas del gobierno por unánime consentimiento de la diez tribus que se hablan desprendido justamente de la casa de David (3).

Viene al mundo el Mesías prometido, no con la idea de fundar monarquías, sino una república de salud eterna, cuando casi todos gemían bajo la tiranía del demonio y de sus vicarios los reyes y emperadores. Para que fuese más notable la redención de Jesucristo permito Dios que gimiesen entonces los mortales bajo esta doble servidumbre. Jesucristo, cuyo carácter era el de Libertador y redentor, no podía aprobar la usurpación de los emperadores de Roma y demás opresores de aquella época. Protestando no haber venido a quebrantar la ley, sino a cumplirla, era imposible que atacase el derecho natural de la soberanía de los pueblos que tantas veces habían recuperado y sostenido los israelitas con expresa aprobación del mismo Dios. Pagó tributo al César; pero su contribución no denotaba otra cosa que aquella obediencia pasiva que exige de los individuos la autoridad constituida, salvo siempre el derecho de las sociedades para recobrar sus poderes usurpados.

La doctrina de Jesucristo era una declaración de los derechos del hombre y de los pueblos. Sin cesar les hablaba de su igualdad primitiva, los consolaba de los horrores de la tiranía, los exhortaba en términos muy expresos a que no tomasen la cualidad de señor (4) porque sólo tenían uno que era el mismo Jesucristo, y todos los demás hombres eran hermanos. Recomendaba la obediencia a los superiores aunque fuesen díscolos, pero su recomendación jamás se dirigía a los pueblos soberanos. Hablaba a los particulares no a las sociedades políticas de quienes es el deber de formar sus gobiernos. Obediencia pasiva e individual que no podía imponerse a la majestad y soberanía de los pueblos superiores a los monarcas: sumisión racional y no ciega era lo que exigía de los individuos este divino Libertador por boca del Apóstol (5) en su carta a los romanos. Nada agradaba a los emperadores de Roma ni a sus satélites esta doctrina. Ellos temían que se hundiese el coloso de su potencia y despotismo si los pueblos llegaban a instruirse perfectamente de ella. De este temor resultó la persecución que movieron contra el cristianismo. Más de tres siglos se practicó en el imperio romano. Los perseguidores procuraron ahogar el cristianismo en la sangre de los mártires, pero en vano trabajaron, su persecución aumentaba el número de los cristianos y cuanto más crecía el de los mártires tanto más se propagaba la religión católica.

Frustrados los tirios por esta vía sanguinaria desistieron de ella y entraron en otra más favorable a su tiranía. Intentaron entonces corromper al cristianismo, introduciendo las riquezas en la iglesia y otras cosas del siglo. Donaciones, empleos, dignidades temporales fueron los nuevos recursos que emprendieron los enemigos del nombre cristiano para obtener por esta senda lo que no habían podido lograr por medio de la persecución. Profesaban el cristianismo con esta mira política; concedían franquezas y privilegios a las iglesias y eclesiásticos, halagaban con señoríos seculares a los primeros prelados y pusieron en movimiento otros resortes halagüeños para ganar la voluntad y correspondencias de sus beneficiados. En cambio de todas estas liberalidades nada más esperaban que sostener y fomentar su despotismo por medio de los eclesiásticos, y aun de la misma religión de Jesucristo que abiertamente les condenaba. A la sombra de estas falacias ganaron tanto terreno en favor de su opresión y tiranía que, según dice San Bernardo, en poco estuvo que las hijas sofocasen a la madre. Los pontífices y los déspotas formaron una liga criminal para remachar los grillos a las naciones. Desde entonces aquellos delirios políticos abortados por la idolatría, el fanatismo y la superstición de los gentiles, y tan lisonjeros para los monarcas, empezaron a reproducirse desgraciadamente en la Iglesia. Interesados en su reproducción, los prelados que obtenían dignidades seculares de la capciosa generosidad de los príncipes del siglo, los escribían y predicaban para canonizar el despojo que sufrían los pueblos en sus derechos sagrados. Los mismos pontífices, convertidos en reyezuelos temporales contra la expresa voluntad de Jesucristo que había protestado No ser su reino de este mundo, y contra los cánones primitivos de la Iglesia, que prohibían a los clérigos y monjes mezclarse en las cosas del siglo, apoyaban aquella falsa y perniciosa doctrina que fijaba exclusivamente en el cielo el origen de los reyes y de su autoridad, con agravio y usurpación de la soberanía de los pueblos.

Desde entonces desfiguraba con este rigorismo diabólico aquella ley de gracia tan sublime y ventajosa a la de Moisés, era prohibido al pueblo cristiano el usar de aquellos derechos inalienables que tantas veces había recuperado el pueblo hebreo (6). Desde entonces las Santas Escrituras, padeciendo en muchos lugares violentas interpretaciones por la malicia de los aduladores del imperio, también concurren al cortejo de la tiranía (7). Se entregan al silencio los textos más decisivos de la soberanía del pueblo; y nunca, o casi nunca, se oye el célebre discurso del profeta Samuel contra los reyes.

Desde entonces el despotismo, que es un grande error, llamó en su ayuda a la ignorancia para esconder bajo el celemín las verdades fundamentales de los derechos del pueblo; y ambos de convenio intentaron asociar a sus delitos una religión que los condena, y nos ha transmitido los monumentos antiguos del ingenio: una religión que es ofendida, cuando los príncipes y sus aduladores le atribuyen que ella ordena una sumisión ciega, mientras que por el contrario ella llama la discusión y la luz cuando ordena que sea racional nuestro obsequio y nuestra obediencia; una religión que, subordinando el interés personal al social, manda al hombre que se penetre de su dignidad, que cultive su razón; que perfeccione sus facultades para concurrir a la felicidad de nuestros semejantes, en la cual quiere que cifremos la nuestra, y de esta manera ensanchar a nuestra vista la carrera de todo lo bello y lo grande.

Desde entonces aquella máxima de moral que prescribe la obediencia pasiva, y que sólo pertenece a tos individuos fue aplicada por la mala fe de los aduladores a las sociedades políticas, y quisieron concluir de ella los tiranos que un pueblo jamás tenía derecho para sacudir las cadenas fraguadas por el despotismo. Desde entonces la elación de los reyes fue insufrible; y aunque no se hacían adorar en estatua como Nabucodonosor, ni deificarse como los emperadores de Roma en su apoteosis, exigían sin embargo muchos honores correspondientes sólo a la Divinidad, y todas las funciones y atributos propios de la soberanía de los pueblos.

Desde entonces empezaron a salir condenados por la liga de los reyes con los ministros del culto varios libros y proposiciones políticas que nada tenían de criminales, antes bien, eran todos muy conformes al derecho natural y divino. Proposiciones condenadas por la Iglesia fue el lenguaje inventado por esta coalición para disimular su tiranía, intimar a los lectores y contener a los escritores, condenación ajustada a las miras ambiciosas de los déspotas y ofensiva al interés verdadero de la religión. Aquel tribunal(8) erigido para conservar pura la doctrina del cristianismo, fue degradado, envilecido y entregado a la lisonja de los tiranos, condenando a los escritos que enseñaban al hombre y a los pueblos sus derechos y reprobaban la opresión y tiranía de los reyes. En las asambleas de la Iglesia, instituidas para tratar del dogma y de la disciplina eclesiástica, adquirieron tanto influjo con su intervención, que, desviándose los padres muchas veces del objeto de su instituto, fulminaban decretos y censuras en favor de la monarquía despótica (9). Toledo fue testigo de este desorden; y los padres del concilio constancience, por adular a los reyes de Francia, condenaron en las sesiones 13 y 15 las proposiciones del virtuoso y sabio Wiclef, que demostraban los elementos del derecho natural y de gentes, comprobados todos con varios lugares de la Escritura; pero señaladamente con el libro tercero, capítulo 12, de los reyes.

Para los de España fue tan placentera esta condenación que, aceptándola en todas sus partes, la mandaron observar en las universidades y colegios, como punto cardinal de sus estatutos, ordenando que ninguno pudiese obtener cátedra ni grado literario sin que antes jurase no defender, ni aun como probable, la opinión del regicidio y tiranicidio que antes de Wiclef había enseñado el célebre Francisco Juan Petit, y sostuvieron posteriormente los jesuitas. He aquí la verdadera causa porque fueron arrojados de los reinos y provincias de España; todo lo demás fue un pretexto de que se valieron los tiranos para simular el despotismo y contener la censura y venganza que merecía el decreto bárbaro de su expulsión. También lograron extinguir la compañía, y nada tiene de extraño este remate para quien sepa que llegó a tanto grado el desorden de los que cortejaban la tiranía que hubo en el siglo XV un Papa que se atreviese a donar a los reyes de Castilla un mundo que no era suyo, ni de la silla apostólica; inmensas tierras poseídas de muchos millares y millones de propietarios con justo título.

Así violaba Alejandro VI el divino precepto de su misión: en lugar de apacentar las ovejas como lo había encargado Jesucristo, las trasquila y enajena, despojándolas de todos sus derechos y entregándolas a la servidumbre y rapacidad de unos reyes que si, por arrojar de sus dominios a los moros y judíos , habían merecido el epíteto de católicos, eran dignos del último anatema por la escandalosa usurpación y simonía con que cebaron su codicia y ambición sobre este continente americano (10).

A vista de tantos desórdenes, mayores que los cometidos bajo de esta línea en los tiempos anteriores al cristianismo, nada hay que admirar cuando aparecen los presentes contaminados de las falsas ideas con que fue obsequiada en el paganismo la viciosa autoridad de los reyes. Una tradición funesta para la libertad de los pueblos ha sido el canal por donde se ha transmitido hasta nuestros días. Otros abusos de los gentiles, derivados por la misma vía, no han sido tan contrarios a la felicidad de los hombres. Los juegos de carnaval no son sino las bacanales con que la ciega gentilidad obsequiaba a su fantástico dios Baco; pero ellos no han carcomido como aquéllos los privilegios de la libertad, ni han derramado la sangre con que ese otro fanatismo religioso ha manchado la superficie de la tierra.

Imbuidos de tantas fábulas por sistema de un gobierno desolador, los españoles, americanos y europeos, no es de admirar que haya echado tantas raíces este género de ignorancia: que todavía estén creyendo muchos de ellos que los reyes son deidades, y que agobiados del peso de esta preocupación y fanatismo, teman aún separarse de su dominación, por más esclarecidas que sean las razones que justifican la independencia y separación. Habituados a la esclavitud por tantos siglos, tienen tan relajados los muelles del corazón y del entendimiento, que todavía imaginan que es un delito el quitarse la cadena y proclamar la libertad como lo han practicado todas las naciones del universo.

¡Qué raros son los monarcas que deben este nombre y su autoridad al consentimiento espontáneo y libre de los pueblos, única raíz legítima del poder soberano de los hombres! Casi todos los demás no reconocen otro origen que la fuerza y usurpación (11). Desde que ella y el fraude empezaron a encadenar a los hombres y a los pueblos enteros, empezaron también los tiranos a profanar el santo nombre de Dios, valiéndose del juramento para reforzar las cadenas de la opresión. No fue destinado a este ultraje aquel acto de religión. No es ella quien lo convierte en vínculo de inquietud, ésta es obra del mismo fanatismo y superstición que sirvieron de apoyo a la tiranía y usurpación de los reyes. No inspiró Dios a los hombres la invocación y garantía de su divino nombre para su ruina y envilecimiento, sino para su bien y felicidad. Faltando estos requisitos, o irrogando males, cualquier juramento deja de ser obligatorio, y sería un criminal quien exigiese su observancia. Es una monstruosidad que aturde, confunde y admira en que tantos millares y millones de hombres sean llevados a profanar la santidad de este acto religioso, sometiéndose como bestias a la dominación de un solo hombre; y lo que es más escandaloso, a la de sus herederos y sucesores. Confundida la dignidad del hombre con las fincas y muebles que quedan por fallecimiento de los propietarios, también ha sido comprendido en la sucesión hereditaria de sus opresores. Sería una impiedad creer que hubiese Dios de recibir con agrado y como obsequio el abatimiento de tantos individuos hechos a imagen y semejanza suya. Mayor impiedad sería el sostener que un juramento dirigido a mantener esta ilusión y desorden fuese valedero y de la divina aceptación.

Desaparezca, pues, de entre nosotros esta maldad y delirio. Sepan todos que el derecho bárbaro de conquista que alegan los usurpadores es incompatible con el sagrado vínculo del juramento, y que su duración no puede ser otra que la de la fuerza del conquistador. Una vez que los conquistados adquieren suficientes fuerzas o coyunturas con que recuperar la carta de sus derechos usurpados, ellos pueden y deben restituirse a su primitivo estado de independencia y libertad. Nihil tam naturale est, quam unumquodque dissolvi, eo modo, quo colligatum (12). Es un principio de derecho recibido aun entre los mismos usurpadores, y contra el cual no puede prevalecer en el orden político ningún juramento ni ninguna duración de tiempo. Los que padecieron la desgracia de ser tan insensatos y preocupados, que no quieren penetrarse de estas verdades eternas, consulten siquiera la historia de todos los siglos y en cada uno de ellos hallarán practicadas estas máximas sin perjurio ni otro género de pecado mortal. Abran los libros históricos de la misma España, y la verán proclamando en varios tiempos su independencia y libertad contra varios monarcas a quienes se había sometido con juramento.

Ella había jurado obediencia y vasallaje a los reyes fenicios y cartagineses, y con el auxilio de las armas romanas recobra su independencia y libertad, sin recato de perjurio ni de otra culpa mortal. Juraron los españoles obediencia y vasallaje al imperio romano, y ellos, capitaneados de los godos, vándalos y demás naciones bárbaras del Norte, quedan independientes y libres de los emperadores de Roma. Dominadas por los moros las Españas, juraban los españoles obediencia y vasallaje a los monarcas sarracenos establecidos en los reinos de Córdoba, de Granada, de Sevilla y de Toledo; pero nada obstan sus repetidos homenajes para volver a entrar en sus derechos sin reato de pecado mortal, cuando se hallan en estado de declarar su independencia y libertad primitiva.

Portugal dependiente de la corona de España, ¿no se separó absolutamente de ella y fundó su monarquía independiente? ¿No dependía la Holanda de los reyes de Castilla con reiterados juramentos de subordinación y vasallaje como los portugueses? ¿Y no proclamó su independencia y libertad absoluta, y para siempre, en el reinado de Felipe II? ¿Por qué, pues, no la proclamará también la América, cuando tiene más razón y más justicia que ninguna otra parte del mundo para ser independiente y libre de la dominación española? ¿Habrá alguno tan insensato que haya calificado de traidores a los españoles, a los portugueses y holandeses por que se hallan hecho independientes y libres de las dominaciones referidas? ¿Y podrá tolerarse que repruebe en los americanos lo mismo que ellos han ejecutado y estimado como un deber de primera magnitud? ¿Son acaso los nacidos bajo la zona tórrida de peor condición que los nacidos más allá de los trópicos? Señalen los fanáticos y supersticiosos cuál es el lugar de las Santas Escrituras, del Nuevo y Viejo Testamento, donde haya Dios despojado al continente colombiano de aquel deber universal, inspirado a todos los hombres por su innata constitución. ¿Apelarán a los preadamitas los enemigos de la felicidad de este país? ¿Serán incursos en la herejía que supone proceden los americanos de otra raza anterior a la creación de Adán, y destinada sólo para surtir a éste, a sus hijos y descendientes de siervos y lacayos perdurables? Fuera de nosotros tal blasfemia; redúzcase a la nada quien tal pensase. Y si todavía resultasen algunos entre nosotros tan preocupados y tenaces en su capricho que no cedan a las voces encantadoras de la filosofía, sea el cañón, el acero o el cáñamo quien los convenza para oprobio de su memoria y la de sus imitadores.

Su alteza tiene la complacencia de hacer a V. S. estas reflexiones para mejorar el desengaño de todo ese fiel y honrado vecindario; en el concepto de que jamás dudará de la firme y constante resolución que ha visto comprobado con los hechos, de sepultarse entre sus ruinas antes que permitir siquiera la más ligera entrada al fanatismo y superstición con que los enemigos de la independencia y libertad de Venezuela y de la América entera pretenden alucinar a los incautos.

Dios guarde a V. S. muchos años. Palacio federal de Venezuela. 18 de septiembre de 1811, primero de su Independencia.

J. G. R.

SEÑORES DE LA MUNICIPALIDAD DE NIRGUA.

Notas:

 (*) El textos de Roscio reproducidos en la presente selección es tomado de la obra Pensamiento Político de la Emancipación Venezolana. Compilación, prólogo y cronología de Pedro Grases. Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, 1988. Los textos de Juan Germán Roscio reproducido en dicha obra provienen de sus Obras, editadas en 3 Vols. por la Secretaría General de la Décima Conferencia Interamericana, Caracas, 1953, compiladas y anotadas por Pedro Grases, con prólogo de Augusto Mijares.

El texto de 1811, “El Patriotismo de Nirgua y abuso de los Reyes”, fue publicado en Caracas, en un folleto. Las notas al texto son de Roscio. El escrito está datado en el “Palacio Federal de Venezuela, a 18 de septiembre de 1811”, y lleva por firma las iniciales J. G. R. (Nota de P. G.)

(1) Sembrada de absurdos la astrología de aquellos tiempos, también tuvo parte en la lisonja de estos déspotas, fingiendo al cielo tan interesado en sus personas, que destinase a los cometas para anunciar su fallecimiento.

(2) Lejos de contribuir la España a la población de estos países la disminuyó con el destrozo de once millones; y le faltó, por consiguiente, el mérito para titularse madre patria; cuyo honor pertenece a la Tartaria oriental, de donde salieron los pobladores de esta parte del mundo.

(3) Una misma y sola familia, una sola y misma monarquía, una sola y misma nación eran las doce tribus; y ellas, por la sola violación de un derecho, quedan con justicia divididas en dos potencias independientes y libres.

(4) Math., v. 8, 9 y 10.

(5) Ad Roman., 12, v. 1

(6) Gracia non destruit sed potius perficit naturarn. S. Aug. –La gracia no destruye, sino más bien perfecciona la naturaleza.

(7) De aquí la perogrullada —per me reges regnant–, como si hubiese algún agente que no obrase por Dios, o como si los demás gobiernos que no son monárquicos obrasen por su propia virtud o por el influjo sólo de los demonios.

(8) Este es aquel tribunal conocido con el nombre de santo que desapareció de entre nosotros el memorable día 11 de noviembre de 1811.

(9) Así están excomulgando a los dignos patriotas de México el tribunal de la inquisición y tres indignos prelados europeos incitados por el intruso virrey Venegas. El Español, núm. 13, pág. 23.

(10)     Vendit Alexander claves, altaria, Christum.

Vendere jure potest emerat ille prius.

Sextus Tarquinus, sextus Nero, sextus el ipse.

Semper sub sextis perdita Roma Fuit.

De vicio in vitium, de floamma cedit in ignem,

Roma sub hispano deperitura jugo.

Vendió Alejandro las llaves, vendió los altares y vendió a Cristo.

No pudo vender con derecho, porque primero lo había comprado.

Tarquino fue sexto, Nerón fue sexto y sexto fue Alejandro.

Siempre imperando los sextos, Roma estuvo perdida.

Cae de vicio y de la llama en el fuego.

Roma perecerá bajo el yugo español.

Compendiosamente trata en estos versos de la conducta pacífica de Alejandro VI, el gran diccionario histórico de Moreri, a cuya vista nadie extrañará la escandalosa y arbitraria enajenación de las Américas.

Alejandro VI es acusado por los historiadores de simoníaco; y esto indican los dos primeros versos. Tarquino, sexto rey de Roma, y Nerón, sexto emperador, fueron un complejo de todos los vicios, y lo mismo se dice de Alejandro, que fue entre los papas el sexto de este nombre. Roma iba de mal en peor, pues salió del yugo de los romanos para caer en el de los españoles, de cuya nación era Alejandro, que se nombrara antes de su pontificado Rodrigo de Borja.

(11) Tiranos llamaba Aristóteles a todos los reyes por esta razón. Tot. libr. polit.

(12) Nada es más natural que disolverse las cosas del mismo modo que se formaron.

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