En 1875 se ordena construir, por decreto de Guzmán Blanco, el Mercado San Jacinto en Caracas

Antes de ser plaza y mercado, fue un convento de frailes dominicos, exactamente hasta la mañana del 26 de junio de 1809, poco después de la llegada del nuevo Capitán General don Vicente Emparan, cuando la silenciosa plazuela se ve invadida por gente del mercado, que comienza a instalar sus puestos de venta.

En efecto, el Ayuntamiento, en vista «de haberse aumentado especialmente este pueblo en sus habitantes», y de ser ya insuficiente la Plaza Mayor, había resuelto habilitar para la venta de comestibles las de Altagracia, San Pablo y San Jacinto. La excesiva concurrencia impedía el buen orden en el expendio de abastos y la mejor limpieza y aseo de la Plaza y conservación de la salud pública.

A la de San Jacinto iría el mercado de frutas, pan y dulces. La venta de estos rubros en zaguanes y en la portería de Las Monjas Concepciones estaba prohibida desde los días del gobernador Manuel de Guevara Vasconcelos, a finales del siglo 18. Por cierto, este administrador colonial fue quien mandó acuñar las primeras monedas que circularon en el país. Murió ejerciendo el cargo en 1807.

Los frailes dominicos apenas podían contener su indignación. Los señores del Ayuntamiento ni siquiera se habían dignado prevenirles, no obstante ser la plaza propiedad del convento. Los divinos oficios se verán interrumpidos por el vocerío de la plaza, donde la aglomeración de personas de ambos sexos y la confusión de bestias y carruajes ofrecerán un espectáculo desagradable y aun pecaminoso pues no habrá, como en la plaza Mayor, cuerpo de guardia que contenga sus desórdenes.

Con el tiempo, el convento se extinguió. El edificio sirvió de sede de la municipalidad, fue cárcel y la plaza siguió siendo mercado, aunque modernizado en 1896, según proyecto del ingeniero Juan Hurtado Manrique. El presupuesto de la obra alcanzaba a Bs. 187.000. El material de hierro se trajo de Bélgica.

Hubo también en esa plaza un reloj de sol y una estatua de Antonio Leocadio Guzmán. Hacia 1953, o sea hace sesenta años, el mercado dejó de funcionar. Mercado y convento, todo fue destruido siguiendo la tradición demoledora caraqueña. Sólo se salvó el reloj de sol, al lado del cual hoy se erige un feo monumento rojinegro en forma de misil que apunta al espacio.

 

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