Por un auténtico liberalismo conservador / Alberto Acereda

… El filósofo Gustavo Bueno demostró ya históricamente cómo las izquierdas políticas nacieron y se han ido configurando como negación de la derecha. No pretendemos establecer aquí una maniquea polarización entre “izquierdas” y “derechas”, pero sí apuntar que mientras en España el Partido Socialista y sus aliados enarbolan con orgullo la etiqueta de gentes “progresistas” y de “izquierdas”, el Partido Popular nunca usa su identificación con la “derecha” y su natural “liberalismo conservador”…

Con la perspectiva que concede la visión de España desde la distancia no resulta difícil observar el estado actual del pulso político nacional. Se caracteriza éste desde hace ya demasiado tiempo por el permanente intento de demonizar a la derecha política española y al ideario liberal-conservador.

El llamado “progresismo” de las izquierdas en España, secundado por los secesionismos, insiste en presentar a la derecha como hija del franquismo y hermana del golpismo. En la falsificación de la ideología y de nuestra historia se sustituye el debate serio de las ideas por el burdo acto de vilipendiar al único grupo político –el Partido Popular- que sigue hoy defendiendo de verdad la España constitucional.
El filósofo Gustavo Bueno demostró ya históricamente cómo las izquierdas políticas nacieron y se han ido configurando como negación de la derecha. No pretendemos establecer aquí una maniquea polarización entre “izquierdas” y “derechas”, pero sí apuntar que mientras en España el Partido Socialista y sus aliados enarbolan con orgullo la etiqueta de gentes “progresistas” y de “izquierdas”, el Partido Popular nunca usa su identificación con la “derecha” y su natural “liberalismo conservador”. En medio del caos ideológico en el que se sume España cabe reconocer que gran parte de la culpa la tiene la misma derecha española, aletargada y timorata para hablar claro y reanimar el sano y necesario debate de las ideas. Urge, por tanto, extraer el auténtico fondo del liberalismo conservador y que el Partido Popular aplique los valores de ese ideario político.
El ejemplo y el modelo del más puro liberalismo conservador norteamericano debería ser el gran referente para la derecha española. Falta realizar una verdadera acción política apoyada en aquella sana revolución ideológica que emprendió una figura clave para la libertad como Ronald Reagan. Su ejemplo y sus propuestas siguen siendo todavía hoy la base del éxito actual de la derecha en EEUU, la nación que sigue siendo la más democrática del planeta y la que continúa guiando los destinos del mundo, como ha probado Michael Mandelbaum en reciente y clarificador ensayo.
Los cimientos del ideario liberal-conservador se basan en la defensa de la libertad individual en todas sus formas, la limitación del poder del Gobierno, la firme creencia en el capitalismo y el libre mercado, el respeto a la independencia de los poderes del Estado, la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos y el cuidado y defensa de la seguridad nacional e internacional. Bien mirados, esos son los principios sobre los que se fue levantando hasta hoy la Constitución Norteamericana, la misma que plantó el modelo de todas las democracias posteriores en el mundo. Para el liberalismo conservador la libertad individual emana del permanente respeto a la Constitución surgida de la ciudadanía soberana, salvaguarda de todas las libertades y fuente de los límites del Gobierno. La libertad individual sólo existe en el respeto común y nunca como fuente de perjuicios para los demás. Así, el único fin por el cual es justificable que la humanidad, individual o colectivamente, se entremeta en la libertad de acción de uno cualquiera de sus miembros, es la propia protección. Desde esta premisa, la derecha pone coto a los liberticidas, a los terroristas que quebrantan la Ley a golpe de pistola o de bomba y a cuantos intentan subvertir la legalidad constitucional.
El liberalismo conservador considera que todo individuo avanza más en libertad, sin las ataduras y controles del Gran Gobierno, sin la burocracia y la excesiva carga fiscal. Se juzga así que es el mismo individuo quien mejor sabe organizar su dinero y su propia vida. De ahí que resulte necesario el fin del intervencionismo económico gubernamental. Con razón, Winston Churchill ironizaba afirmando que si el vicio inherente del capitalismo era el desigual reparto de bienes, la virtud inherente del socialismo era –y sigue siendo- el equitativo reparto de la miseria. Es así como la derecha liberal-conservadora defiende la verdadera democracia como el sistema político menos malo de los conocidos hasta hoy: el único que, sobre el Estado de Derecho, intenta garantizar la justicia, el avance material, cultural y espiritual de todos los ciudadanos en el marco de la paz mundial y la defensa de los derechos humanos.
No hay economía libre sin un sistema político democrático que garantice la independencia y la eficacia de los poderes del Estado. No hay democracia sin la directa participación ciudadana en los asuntos de la nación. De ahí la importancia, en el caso de España, de defender las instituciones y explicar a la ciudadanía el actual asalto a la democracia española y a la unidad de España como nación más antigua de Europa. Por eso la derecha española debe hacerse fuerte sobre el ejemplo del ideario liberal-conservador norteamericano, el mismo que está haciendo frente junto a sus aliados al terrorismo internacional y al intento de exterminar nuestras libertades y nuestra civilización occidental.
En el sano debate de las ideas, la derecha española tiene mucho que ganar pero también mucho que perder si no actúa pronto. Debe definir con claridad sus posiciones, explicarlas sin complejos en el marco de la siempre necesaria moderación política, pero sin concesiones a la tergiversación de la Constitución. El pueblo español es mucho más sabio de lo que creen sus políticos. Por eso es fundamental plantear sin complejos las propuestas del auténtico liberalismo conservador en toda España.
*- Alberto Acereda es catedrático universitario en Estados Unidos.
Fuente: albertoacereda.org

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