La economía del neopopulismo / Luis Pedro España

En qué se parecen los gobiernos de Juan Domingo Perón, Velazco Alvarado, Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas o el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Más recientemente, ¿cómo calificamos al régimen político de los esposos Kirchner en Argentina, el de Rafael Correa en Ecuador o el actual de Venezuela? Fácilmente, y puede que no erradamente, todos ellos pueden definirse como regímenes populistas.

Con sus variantes, y puede que con el prefijo de neo-populismo, para estos últimos, este tipo de gobiernos que pretenden ser un cambio fundamental en la conducción de la política económica, que oponen pueblo a oligarquía y que finalmente se exhiben como la alternativa para que un amplio y mayoritario grupo de sectores excluidos de las decisiones del Estado pasen a ser sus protagonistas, normalmente son considerados como los responsables de los grandes desastres económicos de los países latinoamericanos.

Años atrás en lo que se conoció como la década pérdida u hoy en lo que muchos consideran una nueva pérdida para los países con menos éxitos de la región, la de la gran oportunidad de alcanzar el desarrollo.

El populismo suele asociarse con demagogia. Aunque un gobierno populista pueda apelar a la demagogia para embaucar a sus electores o sus partidarios (según el tipo de régimen, ya que el populismo puede tener lugar en democracia como en dictadura), eso no es lo que lo define. Lo característico del populismo es que se trata de una oferta política que supone aglutinar a los grupos sociales emergentes del proceso modernizador de nuestros países.

Se trata de un tipo de gobierno que agencia la transición rural- urbana. En su versión clásica, es decir, en los gobiernos que recibieron ese calificativo a partir de los años cincuenta o sesenta, el populismo es un gobierno cuya base social es una amplia agrupación policlasista, que abarca desde el campesinado y los pequeños comerciantes del régimen anterior, hasta los obreros, estudiantes, empresarios manufactureros nacionales y militares de formación profesional, que se oponían a los terratenientes y militares tradicionales que habían conformado la oligarquía republicana de nuestros países durante el siglo XIX y el primer tercio del XX.

En su versión actual, el neopopulismo se nutre de los fracasos en el intento de diversificar las exportaciones de las economías que no lograron dar el salto del crecimiento hacia afuera, tras la frustración previa del proyecto de sustitución de importaciones que auspiciaron los populismos originarios. Esto ocurrió en las economías que, a pesar de que en los años noventa fueron dirigidas por gobiernos liberales, por diversas razones, solo lograron resolver (por la vía de la apertura y del mercado) los desequilibrios que los gobiernos populistas anteriores habían acumulado hasta explotar en procesos de decrecimiento con hiperinflación, pero sin que los nuevos equilibrios se tradujeran en bienestar para la población en los plazos y con la magnitud esperada.

Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina han sido los países donde la vuelta al populismo (o neopopulismo) fue la respuesta a una apertura económica que, en cada caso por razones distintas, no logró satisfacer las expectativas de una población que optó primero por un discurso pro mercado ante los estragos que produjo en las economías domésticas el estatismo económico y sus secuelas de corrupción, arbitrariedad y privilegios inadmisibles, para luego devolverse y apoyar las antiguas promesas.

La literatura especializada en estos temas dio buena cuenta de las razones del quiebre populista.
Economistas de la estatura de Rudiger Dornbusch, Sabastian Eduards o Jeffrey Sachs (por mencionar a los importados) llegaron a  explicar en detalle las razones del quiebre populista de los ochenta.

Por su parte, las explicaciones no son ni tan claras, ni tan consensuales para los países que, como el nuestro, fallaron en su intento de ordenar a sus economías con menos intervenciones del Estado y mucha más participación de la actividad productiva privada. Aun cuando cada uno de estos fracasos tiene su propia explicación, para el caso de Venezuela, nos resulta bastante claro que la ausencia de un consenso social  que viabilizara y moderara las reformas, junto a la más absoluta miopía de unos técnicos que obviaron la característica petrolera de nuestra economía, fue la causa de la vuelta del populismo a nuestro país.

La vuelta al populismo o el neopopulismo, en cualquiera de sus modalidades actuales, sigue cargando con la inviabilidad de su predecesor, y es que en una sociedad urbana y diferenciada, el discurso policlasista e indiferenciado sobre lo que es el pueblo choca con la multiplicidad de intereses que impide que sea posible satisfacer a todos, debiendo entonces atender a aquel que más daño político genera, lo cual se traduce en  políticas económicas y sociales erráticas, de corto plazo, dirigidas a posponer los conflictos sociales para un tiempo político apropiado que nunca vendrá (como el del aumento de la gasolina en nuestro caso), lo cual termina en un gran fracaso económico.

El populismo está condenado al fracaso porque él solo es viable mientras administra una sociedad en trance modernizador, y en consecuencia poco diferenciada y donde las grandes políticas cuentan con respaldo por sus beneficios homogéneos. Pero es inviable para manejar el conflicto distributivo de corto plazo o para garantizar las condiciones de productividad de una sociedad compleja. Eso solo lo puede hacer el mercado y el populismo no puede tolerar las asignaciones que este hace. A estas alturas ya buena parte de los países latinoamericanos han aprendido esta lección, solo unos muy pocos siguen empecinados en apostarle al fracaso.
Un último comentario viene a cuento. El fin de semana pasado se despejaron las dudas sobre el próximo gobierno en el Perú. Muchos agentes económicos con intereses en ese país es muy probable que se sientan temerosos por una vuelta populista en el país inca. Hace un mes (en la edición del 28 de abril de Emen) dijimos que el próximo presidente sería Ollanta Humala y que un entendimiento entre los distintos sectores de ese país impedirá semejante vuelta. No solo la propia historia peruana ratifica la inviabilidad del populismo, sino que nosotros somos la demostración y el mal ejemplo de que el neopopulismo, ni siquiera con renta petrolera, es viable para el grado de modernidad que ya tiene Latinoamérica.

http://www.elmundo.com.ve/firmas/luis-pedro-espana-n–(1)/la-economia-del-neopopulismo.aspx

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