Historia de un guante / Nicanor Bolet Peraza

Había llegado ya la hora del fastidio del sueño.Las bujías habían sido cambiada tres veces, el buffet estaba agotado; los músicos exhaustos, los trajes femeninos en desorden, los peinados desmayados, los lindos rizos que la bandolina sostuvo hasta donde le fue químicamente posible, caían sobre los ojos medios dormidos haciendo en ellos el estorboso efecto de las moscas; la concurrencia comenzaba á desfilar por delante de los dueños de la casa, ensayando cada cual una sonrisa de despedida, una muca de trasnochado.

    Una dama de las salían y que seguramente comenzaba á dormirse por partes, dejó caer uno de sus guantes. La mano estaba ya en su primer sueño. Yo recogí aquella prenda. Como sucede con todo hallazgo, al cual se examina para ver si por insignificante ha de volverse á su dueño ó si por valioso á de guardase, no examiné yo el guante, pues todo los guantes son iguales, sino que miré la cara de la dama que lo había perdido. Era bella, y lo guardé. Si hubiera sido fea, me precio de galante. Era hermosa y caí…

    Los niños se llevan á la boca los objetos que se les dan ó que atrapan. Los jóvenes ejecutan este mismo instintivo movimiento con la diferencia de una pulgada. En siendo artículo de mujer, lo primero que hacen es llevarlo á la nariz. Yo era joven entonces y el sentido del olfato me gritó con imperio: – “¡dame á oler ese guante!”

    -Pues huele, – respodí para mis adentros, y me tapé las dos ventanillas del órgano con la suave piel del cabrito.

    Aquello olía á gloria – ¿A qué huele la gloria? A mujer bonita debe ser.

    Yo he visitado todas las perfumerías buscando aquel aroma. No lo hay en ninguna. La flor que lo produce no es de este planeta; la retorta en que se destila debe estar en algún hornillo atizado por ángeles disfrazados de benedictinos.

    Metíme aquel guante en el bolsillo del corazón. Desde allí me llegaban sus deliciosos efluvios y la entraña comenzó á palpitar con inquietud con impertinencia gritándome: – “si no me la quitas de encima te rompo el pecho y me salgo.” El pobre corazón se imaginaba que yo me dí á imaginar, á saber: que lo que llevaba allí prisionerio, no era un guante de mujer, sino la mujer misma.

    Al llegar á casa, afuera el frac y afuera el cautivo. ¡Pobrecito! Estaba hecho una miseria; arrugado, plegado, contraído, como si se hubiese refugiado en el rincón del bolsillo, contando con que allí no le encontrarían mis condiciosos dedos.

    Le volví á oler y torné á sentir el mismo mareíto celestial de la primera vez. No me acuerdo si lo besé. ¿Qué creen los muchachos de veinte años? lo besaría?

    Después de besarlo, lo estiré suavemente, como se estiran los miembresitos de un niño encontrado en un altosano á media noche. ¡Qué piel tan suave! ¡Qué formas tan lindas! Cada dedito era una cosa monísima. Y quería conocer la propia figura de la mano que había llevado aquella postiza epidermis. Lo abotoné bien, me lo acerqué á los labios y lo soplé. ¡Santo Dios! Si alquien me hubiese estado atisbando por el hueco de la cerradura, ¡qué vergüenza! Soplaba, y luégo apuñaba, apuñaba, apurruñaba, como lo hacen los niños, como hacen los micos. Era una cosa ridícula, sí señor, muy ridícula, tan ridícula cuanto ustedes quieran, pero estaba á un negro de uña del sublime.

    Todavía estaría allí, á medio vestir, ó mejor dicho, á medio desnudar, y tira y habla y sopla y aprieta del infeliz guante a no ser que de mi majadería me sacara un sutilísimo suspiro, una especie de quejido que de la misteriosa prenda escuché que salía.

    ¿Quien dijo miedo? No señor. Audacia fue lo que me entró en aquel instante. Para mí no existía delante de mis ojos el tal guante; sino su dueña encantadora, ó á lo menos un pedazo de ella, su mano angelical.

    -Dime, prenda de otra prenda, – le dije: – ¿Sientes y hablas?

    -Hablo y siento, – me contestó con esa voz cercana y distante á la vez con que se expresa el fonógrafo.

    -¿Quieres contarme tu historia?
Si me ofreces devolver á mi dueña.
Tales fueron sus palabras. Las recuerdo por la circunstancia de que no dijo dueño, sino dueña.
Esta falta de propiedad en el lenguaje me afligió.
El guante debío ser de alguna dama cursi.
-Te lo prometo.
-Júralo.
-lo juro.
-¿Por qué lo juras.
-Estaban entonces muy de moda los dramas de Echegaray, y contesté con firmeza:
-Lojuro sobre el puño en la espada!
-Has de saber, pues, – dijo el guante, – que mi madre fue una cabrita infeliz.
No te aflijas por lo humilde de la cuna. Vivimos en épocas democráticas en que el mérito es quien da la estirpe.
-Un curtidor, después de mil atomías me zabulló en tanino, una cosa muy amarga; me dio á comer alumbre, una cosa que frunce y da carraspera: me ahogó en tinta gris perla, prensó y aplanchó, y me entregó á un cortador que me despedazó, y de allí me tomó una costurera que me acribilló á puntadas.

    En la tienda estaba yo con otros compañeros, cuando llegó una dama de manos divinas. Al verla “me salió el cabrito.” Me enamoré de ella. Yo no sé cómo fue aquello, pero yo me dí mis artes para que la dama me tomara. Y me prefirió á todos los otros que en la misma caja estaban. Al punto se me calzó. Yo me sentia en mis glorias. Aquella misma noche debíamos asistir al baile; es decir, anoche, porque ya va siendo de día. Varias parejas danzaron con mi dueña. Yo conocía en qué grado estimaba ella á cada uno. Al darle la mano cierto primo majadero, cierto jactacioso trincapiñones muy vano, sentí que sus nervios le repelián; luégo vino un solterón maduro, y al tomarla para el vals, sentí que la mano se le volvía un pedazo de hielo. Yo tuve frío. El siguiente fue un militar de negros mostachos. A cada roce de la charretera sobre la mano de mi señora, y á cada atropelloncito de la otra del galán, las venitas deliciosas se inflaban, un cierto calor de niño sano las animaba, y el pulso iba aumentando su natural celeridad. Al llegar á unos ochenta latidos por minutos no subió más, y comenzó á bajar. Yo me dije para mi sayo: este militarejo es un amante pretérito. Luégo tocó su turno á un mozo guapísimo, de no sé qué Embajada que en aquellos momentos estaba en subida. Al tocarse ambas manos, experimenté un choque eléctrico terrible, dos corrientes magneticas poderosas me atravezaron, un gran calor se desarrolló, un temblor extraordinario se apoderó de la diestra de ella y de la siniestra de él, y yo no pude menos que preguntar al guante del caballero, ¿qué pasa por esos mundos camarada?; á lo que él, un guante muy amable y fino, me respondió:tormenta tenemos. Comenzaron á bailar y rompieron á coversar los dos pichones. La eléctricidad seguia aumentando. Yo sentí que las costuras del guante del joven estallaban; las mias estaban en un tris de hacer un disparate. Aquello ardía, aquello era inaguantable. Yo no podía oír lo que decían los amantes, pero choques iban y choques venían, y por cada dedo de la niña y por cada dedo del pareja pasaba un despacho telegráfico derecho al corazón. Uno de estos telegramas atravesó como un rayo mi pobre piel. No sé como no me achicharró aquella descarga. El despacho decía: ¿me amas? Y allí mismo una centella encendida pasó á través de mis poros; era un sí apacionado y ardiente.

    -Me estorba tu guante, – exclamó el joven, – Quitémonos estos enojosos intermedios y dejemos que libre se ame nuestra sangre, se besen nuestros nervios, que nuestra carne se confunda, como se confunden nuestras almas.

    Y ¡Zas! de un tirón me arrojó al suelo la exaltada hermosura. De allí me recogísteis vos, atolondrado joven, me olísteis y me besasteis; y yo entre tanto me reía de vuestros transportes. El perfume que en mí encontrasteis y que os embriaga no es el aroma de una mujer linda como creísteis, es la deliciosa fragancia del botón divino del amor!

……………………………………..

¿Qué hice con aquél guante locuaz y cruel?

    Todavía lo conservo para el prosaico oficio de limpiar mis gafas de cincuentón. Cuando la vista se me empaña y no veo las cosas bien claras, paso su fina piel por los cristales y me parece que veo más y mejor.

/ficcionbreve.org

 

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