Prólogo a las “Mesenianas” de Juan Vicente González / Luis Correa

La boga que alcanzaron las Mesenianas de Casimiro Delavigne poeta cuyo Pegaso fue un caballo sin alas, según la expresión de Teófilo Gautier, tuvo una floración tardía en Venezuela con las Mesenianas de Juan Vicente González. Al escribir en 1862, la Historia Universal, este último dirá: Mesenia, la de los tristes cantos que inspiraron los míos. No fue, sin embargo, esa región de la Grecia antigua, ni el canto con que ahogaban sus hijos el estridor de sus cadenas, la simiente inspiradora de Juan Vicente González; fue Delavigne, citado por él desde 1835, quien le dio nombre a esos poemas de nuestro gran polemista.
Nos ocupábamos en recoger estas páginas olvidadas, cuando supimos que nuestro fraternal amigo, el notable historiador y bibliógrafo Manuel Segundo Sánchez, se daba a la misma tarea. Juntamos nuestros esfuerzos en la búsqueda paciente, guiados por idéntico fervor admirativo, y creemos hoy ofrecer al público una colección completa de las Mesenianas publicadas en periódicos y revistas por Juan Vicente González, desde el 4 de julio de 1846 en que apareció en el Diario de la Tarde la primera, a Bolívar, hasta diciembre de 1865 en que escribió la última, dedicada a llorar y glorificar la vida y la obra de Fermín Toro, a quien llama con acento patético el último venezolano.
Escritas al correr de la pluma, ellas muestran de cuerpo entero al magnífico y desigual escritor, en quien se refleja, como en ninguno de sus antecesores y contemporáneos, el alma de Venezuela. Fue y continúa siendo el escritor venezolano por excelencia.
Juan Vicente González nació en Caracas, el año de 1810. Educado, en su infancia sin madre, por el presbítero José Alberto Espinosa, fue pupilo del convento de Neristas de San Felipe. Pasó luego a la Universidad, y con la protección del Padre Ávila, se graduó de Bachiller el 28 de junio de 1828, y de Licenciado en Filosofía el 15 de junio de 1830. Estudió Cánones y quiso seguir la carrera eclesiástica, de la que se apartó, movido quizás por una crisis sentimental. Conservó sin embargo su ortodoxia católica al través de todas las vicisitudes de su vida.
El estudio de las humanidades lo preocupó desde las aulas. Había salido de la Universidad poseyendo a fondo el latín, enamorado de sus clásicos, particularmente de Cicerón, a quien tomó como guía de sus pasos en la áspera senda que iba a recorrer. Tradujo en fragmentos a Horacio y Virgilio para sus clases de retórica; leía con avidez el teatro de Terencio y a los satíricos de la decadencia, señaladamente a Juvenal. Por educación y temperamento se prendó de los Padres de la Iglesia, especialmente de San Ambrosio y de la profundidad y elocuencia de San Agustín, quien junta la cultura antigua con las ideas del mundo nacido a la sombra de la Cruz.
Surgido entre el estruendo de los combates de la Independencia, romántico por su sensibilidad individualista, testigo de dos épocas en pugna, presta a nuestros héroes las virtudes o los vicios que se alaban o condenan en las Vidas Paralelas, de Plutarco, y anhela una República regida por la bondad y la justicia, en que la libertad madure como fruto en sazón del orden y la armonía. Su culto por Bolívar nace de esa pasión enfermiza del romanticismo francés, estudiada magistralmente por Stendhal en El Rojo y el Negro; de una desproporción entre la realidad y el sueño, entre la acción y el pensamiento.
El año de 1835 comienza su participación en la vida pública, con sus Epístolas Catilinarias sobre el 8 de julio. Condena la Revolución de las Reformas, zahiere a los que tomaron parte en ella, y se constituye en abanderado del círculo que pide castigos ejemplares, de buena fe, sin duda, pero errado en la eficacia del procedimiento. En esos escritos, amparados por una referencia de Salustio sobre los trastornos producidos en Roma por la rebelión de Catilina, se define lo que será como periodista de combate. Y con esta pasión se desborda por el mismo cauce cordial la del maestro de escuela, que siente que la primera necesidad del pueblo venezolano es una necesidad de cultura, de educación. Regenta la academia de gramática creada por la Sociedad Económica de Amigos del País con la protección del Presidente Vargas; da clases en el colegio para señoritas de las hermanas Dolores y Manuela Guido, y en algunas casas particulares. El amor que le faltó en su niñez; sus entusiasmos; su ilustración; la vivacidad de su carácter, los pone al servicio de la enseñanza, y logra establecer lazos irrompibles, afectos duraderos entre él y sus discípulos.
El 25 de junio de 1836 contrae matrimonio en la iglesia de San Pablo con la señorita Josefa Jorja Rodil, hija de Felipe Rodil y Josefa Allende. Entraba en la intimidad de una familia realista, emparentada con el General Tomás de Heres
. El mismo, parece que se sabía para entonces hijo de un viejo realista. Esta alianza no dejará de ejercer marcada influencia cuando estudie la Guerra a Muerte.
De su matrimonio tuvo cuatro hijos: Juan Vicente, que murió; Jorge, escritor, orador, autor de un texto muy conocido de gramática castellana, arrebatado joven a sus actividades literarias y educacionales; Luis Eduardo, muerto poco después de su padre; Isabel, que le sobrevivió largos años, publicó en 1887 un tomo de sus escritos, y fundó y dirigió en esta ciudad el Colegio de María.
La época que abarcan en Venezuela los años de 1836 a 1842, es una época de alumbramiento. En los colegios de Roscio e Independencia se forma una generación inteligente, alerta, optimista, dirigida por maestros como Montenegro y Colón, Aguerrevere, Manuel Antonio Carreño, Fermín Toro, Joaquín Hernández, Juan José Mendoza. La obra de Vargas y Cagigal en las reformas del plan de estudios, la creación de la Dirección Nacional de Instrucción Pública, la seriedad con que alumnos y profesores se creen obligados para con la Patria, fructifican espléndidamente. Juan Vicente González profesa etimología y sintaxis castellanas, retórica, elementos de historia antigua, geografía de Venezuela. Pero su natural independiente y las disputas que comienzan a agriar la sociedad son obstáculos para regular sus relaciones con los Directores de los planteles en que sirve. Riñe con unos sin conservar rencores; de otros se aparta violentamente. Su aspecto desaliñado, su corpulencia, sus gestos de convencional francés, le concitan burlas, frases irónicas, antipatías, a las cuales responde con flechas envenenadas que dan siempre en el corazón del enemigo. Es en esos años cuando completa su formación intelectual. Entonces su poder de asimilación, su memoria asombrosa, su sed insaciable de lecturas, por la que lo apodan Tragalibros, su contacto diario con los escritores franceses del momento, modelan de modo definitivo su figura literaria. Lo seduce Chateaubriand con su frase opulenta, con sus períodos musicales; de Lamartine toma el colorido y la sensualidad; de Alejandro Dumas la invención novelesca; el arte del retrato psicológico en Sainte-Beuve; de Michelet la amplitud de la narración y el calor de humanidad que aplica al comentario de los grandes acontecimientos de la Revolución. Es un romántico de educación clásica, un poeta de la historia.
El 17 de diciembre de 1842, vive uno de sus momentos más felices, con la entrada a Caracas, con triunfal aparato, de las cenizas del Libertador. Se envanecía de ser el principal artífice del renacimiento del culto del Héroe, como símbolo de la nacionalidad venezolana. Publica entonces Mis exequias a Bolívar, donde recoge los escritos en prosa y verso que durante once años consagra, con pasión morbosa y gesto de encumbrado civismo, a recordar las proezas de Bolívar.
Hay en su vida un acontecimiento de hondas consecuencias: su ruptura con Antonio Leocadio Guzmán. Desde el año de 1838 se esboza una callada oposición contra la influencia personal del General Páez en todos los sectores de la política, y aun en la misma vida social. El Correo de Caracas, periódico que dirige el ilustre matemático Cagigal, y en el que colaboran Baralt, Toro, José Hermenegildo García, Ramón Díaz, Juan Vicente González, José Austria, Luis D. Correa y otros, aspira a recoger en sus columnas los ecos de esa tímida tendencia. Se critica al Congreso y a la Diputación Provincial; se quiere infundir nuevo aliento a la Universidad; se sostiene con calor la Ley de Patronato Eclesiástico; se habla de caminos y de otras urgentes necesidades. Los breves días legales, tolerantes y amplios del gobierno del Doctor Vargas, son un señuelo para la juventud. En este camino se concierta al fin un grupo de destacados elementos, para fundar un periódico que recoja las palpitaciones de la opinión y sirva de órgano al partido que se pretende organizar, y que de contado, por los antecedentes que se invocan, será liberal, con aspectos semejantes al que Gladstone dirigirá y llevará al poder en Inglaterra. Se escogió por título El Venezolano, y se concedió su Dirección y Redacción, no sin luchas y reticencias, a Antonio Leocadio Guzmán, apartado de la confianza y la intimidad del General Páez, por intrigas y manejos de su favorito Doctor Ángel Quintero.
Antonio Leocadio Guzmán era lo que se ha llamado un revolucionario de la calle. Educado en Madrid, discípulo de Don Alberto Lista, se formó con aquella juventud exaltada, anhelante de horizontes nuevos, que caracterizará en las letras Espronceda, su condiscípulo. Lista era un profesor moderno, un pedagogo a quien no amedrentaban las innovaciones. La política tenía necesariamente que mezclarse con la enseñanza en aquellos días de España, nada estables, caracterizados por diarias reacciones y contrarreacciones, en que los pronunciamientos se pusieron de moda. La revolución de Riego influye sobre aquellas cabezas calenturientas, que llevaban a las aulas las hablillas del café, los gritos de la asonada y del motín. Las sociedades secretas de carbonarios, comuneros y masones estaban a la orden del día, y a ellas se afiliaban esos flamantes constitucionalistas, que ensayaban en sus bancos sus facultades oratorias. Salido de ese ambiente, al regresar a Venezuela Antonio Leocadio Guzmán estaba llamado a desempeñar un papel de primera como político y tribuno popular. Tiene talento, ambición, actividad. Desea borrar las huellas ingratas dejadas por su padre como servidor de la Monarquía. Escribe en El Argos y se manifiesta republicano, constitucionalista, amante del civismo en medio de militares violentos, que no aspiran sino a gozar de los frutos de las adquisiciones de su lanza. Intriga por aquí, intriga por allá; se hace de la intimidad de algunos próceres respetables, y logra al fin que le den, en circunstancias difíciles, una comisión cerca del Libertador en el Perú. De allí regresa como el portavoz de la Constitución Boliviana; escribe, habla, se hace oír de la multitud. Frío, calculador, sabiendo de antemano hacia donde se dirige, vence las antipatías y se gana la amistad de María Antonia Bolívar, para entrar en la familia del Grande Hombre por su matrimonio con Carlota Blanco, una niña huérfana y desvalida, de una hermosura triste y poco espiritual.
Ve cómo se precipitan los acontecimientos hacia la disgregación inevitable de la Gran Colombia: mira crecer la popularidad del General Páez, y presiente el fin cercano de Bolívar. Toma sus precauciones, y es nombrado Ministro de Relaciones Interiores en 1830, a tiempo que el Constituyente de Valencia proscribe con escándalo al Libertador. Cierra los ojos y pone su firma al pie del Decreto injusto, el político que no vive sino de realidades. Acaso pensó con Maquiavelo que la razón de Estado priva por sobre todo, y que “sin satisfacer los deseos de la mayoría no se consolidó jamás ninguna República”. La Memoria que presenta al Congreso es uno de los documentos más importantes de la nación. Todavía tienen actualidad algunas de sus normas políticas y administrativas. Su nombre adquiere relieve singular, y engendra, naturalmente, admiraciones, odios, rivalidades. Constituida definitivamente la República, es separado del alto puesto, y apela para vivir a recursos que sus enemigos dirán después no estaban limpios de peculado. La Revolución de las Reformas lo encuentra de nuevo, en 1835, al frente del Ministerio del Interior. Ante el golpe militar del 8 de julio, él es quien sugiere al Doctor Vargas reunir inmediatamente el Consejo de Gobierno, no dejar ni por un momento que se rompa el hilo constitucional. Debelado aquel movimiento, restituido el Presidente a sus labores, Guzmán es de los que piensan que los castigos implacables no conducen, en política, a afianzar ninguna situación. Otra cosa se pensaba en las esferas gubernativas; vino la escisión; nuestra sociedad se dividió en bandos inconciliables. De aquella inclinación a la amnistía, al perdón, bajo la sombra tutelar de Bolívar, nació la aspiración a otro orden de cosas, que al fin tomaría cuerpo en 1840, con la aparición de El Venezolano. Desde luego, era éste el punto inicial; el malestar económico, la aplicación de leyes draconianas, la restricción de los elementos gubernativos, la timidez para llevar a cabo ideas proclamadas por la Revolución emancipadora, como la absoluta libertad de los esclavos, harían lo demás.
Como periodista, Guzmán habla el lenguaje del pueblo, pero con encendida vehemencia, hija de sus pasiones y de sus ocultos resentimientos. En su mayor parte los fundadores de la empresa lo abandonan, asustados por el sesgo que toma su propaganda. No era Guzmán hombre para cejar fácilmente. Busca otros colaboradores, se atrae el elemento universitario, se pone a caza de los descontentos para llevarlos a la plaza pública.
De acuerdo con su plan, sostiene la intangibilidad de la Constitución de 1830, y se apoya en ella para predicar la alternabilidad de los cargos públicos, la libertad de sufragio, el implantamiento de instituciones financieras que encaucen por otros rumbos a la agricultura, base de la economía nacional. Cuando se siente seguro y observa los destrozos hechos por su labor de zapa, se dirige al blanco que acecha desde la penumbra y comienza, con sus cartas al General Páez, a minar el prestigio del caudillo llanero, inconmovible desde Payara. Sus ataques son certeros; la impresión que producen en los círculos gubernativos es desconcertadora.
Juan Vicente González, rebelde por naturaleza, está llamado a figurar en la oposición, y colabora con Guzmán. El tiempo pasa; el horizonte se encapota, y la multitud, bien trabajada, aspira a un desquite cualquiera. Un incidente banal le da ocasión de probar su fuerza, y se produce el 9 de febrero de 1844, que sirve para definir las dos corrientes y para desligar el partido gubernativo, partido oposicionista, con los nombres de conservador y liberal.
Juan Vicente González escribe en El Venezolano a propósito de aquel suceso, sobre el Jurado y la libertad de imprenta; ataca a la oligarquía; condiciona el progreso del país al Programa de su agrupación; es francamente un liberal doctrinario; nunca un demagogo. Guzmán era demasiado avisado para no aprovechar en favor propio aquella situación; ni podía producirse por entonces otro fenómeno en nuestra sociedad, comparada con exactitud a las Repúblicas italianas del Cuatrocientos. El caudillo, la personificación en un hombre de una ideología, era consecuencia inevitable del estado embrionario de nuestra educación política y social. Guzmán, amado de las masas, llevado en triunfo, llamado el segundo Bolívar pensó no ya en otros candidatos presidenciales, de antecedentes y condiciones superiores, como Mariño, Urbaneja, Salom, Aranda, el Padre Blanco, sino en sí mismo. Al abrirse la lucha eleccionaria, propone su candidatura con un manifiesto al país que traduce las inquietudes del momento. Juan Vicente González aparece en el campo contrario.
¿Por qué se separó de las filas del liberalismo? ¿Por qué rompieron? ¿Por qué esa rabia del indignado libelista, y esa frase suya, nuestra guerra es una guerra a muerte? Constantemente en sus polémicas, en Cicerón a Catilina y en el Diario de la Tarde, Juan Vicente González hace alusión a su rompimiento con Guzmán, sin explicarlo satisfactoriamente. Guzmán en cambio no dijo nunca nada sobre el particular, lo que hace ver que era el más fuerte. No nos satisface lo que escribe González Guinand, de que fue por un asunto literario, que Juan Vicente González tomó por un desprecio; tampoco lo que afirma Pedro José Rojas, de que lo hizo por consejos de su confesor. La psicología podría invocarse en el caso con probabilidades de acierto. No estaban hechas para entenderse aquellas naturalezas dominantes. Vanidosos los dos; fácilmente irritables; gozador de la vida el uno; orgulloso el otro de su pobreza; unidos por cierto temor a las resoluciones sangrientas, al brillo de la espada; dotados de valor civil y de innata aversión al militarismo, tenían que chocar en los procedimientos, tropezarse si por casualidad tomaban por la misma senda. Y así aconteció.
Guzmán, ya lo hemos dicho, era un político; Juan Vicente González un idealista puro. Veía el primero lo concreto, lo inmediato; el otro gustaba de construir teorías en las regiones de lo abstracto, se había dado por modelo a Cicerón, formándose en consecuencia un ambiente artificial, literario. Y como su modelo, era un tímido a quien delataban constantemente sus violencias. Lo que lo salva como hombre, como escritor, como periodista, es su honradez, su desprendimiento de las cosas terrenas, su aversión a los cargos públicos. Ninguno dijo verdades más amargas, con acentos más encendidos; a ninguno arrojaron como a él, mayores denuestos e improperios. Cuando en la pugna eleccionaria de 1846 lleva sus arrebatos hasta el personalismo, estos arrebatos se vuelven en contra suya, en insultos destemplados, en acusaciones espantosas, en vulgares calumnias. Sin embargo, ninguno de sus enemigos pudo probarle que era un logrero, un vendido. Sus inconsecuencias no lo son sino aparentes; por dentro, jamás se apartó de su línea de conducta, elogiando a aquellos a quienes creyó de buena fe que respondían con un eco simpático a su pensamiento, que se incorporaban a la voz de sus convicciones, que trabajaban por sus ideales; atacándolos luego, con el mismo ardor, cuando por una acción cualquiera, por un desvío, por el llamado de intereses opuestos, no correspondían a la opinión que se había formado de ellos. Tal sucedió con el General Páez, con Guzmán, con Aranda. Atacado en las postrimerías de su vida, recoge el guante con la melancolía del gladiador que se abraza al escudo antes de caer bañado en su propia sangre: “Se me acusa de inconstante en mis afectos y variable en mis opiniones, cargo, que a ser justo, me haría ridículo ante mis compatriotas, menospreciable a mis propios ojos. Hay cambios necesarios, efectos de la naturaleza de las cosas: hay rompimientos dolorosos entre amigos íntimos: transformaciones súbitas que dejan olvidado al hombre antiguo. Cormenin nos ha dado tres retratos diferentes de Lamartine: “¿Si él cambia, dice, por qué no he de cambiar yo?” Fox y Burke, antiguos amigos, rompieron un día y para siempre, en medio del Parlamento británico. “No se necesitan veinte años cumplidos, escribe Labruyere, para ver cambiar a los hombres de opinión sobre las cosas más serias, así como sobre las que les han parecido más seguras y verdaderas”. El Tasso ha dicho con justicia: “en este mundo vario e inconstante, constancia suele ser mudar de idea”. Son explicaciones naturales que podría alegar, pero que me guardaré bien de repetir siquiera. En todas las circunstancias de mi vida, he llevado la consagración hasta el sacrificio; y conservándome en el puesto señalado por el deber, he visto a los demás apartarse de mí y tomar por el camino de su ambición o de sus intereses. ¡Cuántas noches sin sueño, llorando al amigo querido que no debía volver a tratar más! ¡Cuántas despedazando con furor renglones que había escrito mi pluma en los transportes del rompimiento! ¡Sin intereses personales, sin ambición nunca, sirviendo muchas veces ambición e intereses ajenos, creyendo que servía a mi patria! ¡Cuántas decepciones, qué amargos desengaños habrán despedazado mi pecho! Había perseguido al iris en mi niñez, signo de que correría eternamente tras la virtud y el bien. Yo no llamé a Guzmán segundo Bolívar; le acompañé algún tiempo, y le defendí eficazmente cuando el 25 de enero; nos desabrimos el 10 de marzo, y su Memoria, en que se presentó como candidato para la Presidencia, selló nuestro rompimiento; trajo éste todos los disturbios que en los pueblos libres produce siempre la discordia entre los ciudadanos: ninguna ventaja de mi parte: iguales eran nuestras armas; tenía él su pluma, yo tenía la mía”.
Las primeras Mesenianas se resienten de este estado anímico de su autor: son explosiones de odio. Invoca a Bolívar, invoca a la Patria, para mejor herir a su adversario; tiene el ímpetu carnicero del azor, Todas ellas están llenas de su saña contra Guzmán, de sus sombríos presentimientos, de la guerra que ve venir con el lúgubre cortejo de horrores de una guerra social.
Es un Pedro el Ermitaño, predicador de una cruzada a cuyo lejos no blanquean las torres de Jerusalén, sino los brazos de un patíbulo. “Dame, Bolívar, una cítara de ébano para lamentar los tristes hados de Venezuela. Nuestras vírgenes lloran en el retiro de su hogar, porque un extraño presentimiento las agita dolorosamente, mientras mancebos peinados con femenil esmero, se aturden para no escuchar el ruido subterráneo que trae despavoridas a sus madres, y mientras nuestros hombres públicos esperan como cautivos en mercado, la dura argolla y la cadena. Tú llevabas en las lides pechos esforzados y heroicos. ¿Qué tienen que hacer los combates con almas mujeriles? ¡Bolívar! ¿qué hago?”. Y en su alucinación, como Bolívar le ordena que hiera, hiere con virulencia a Guzmán, a quien llama Alfarache, verdugo de su mujer, asesino, ladrón; hiere a Felipe Larrazábal y a sus hermanos, a quienes apellida los Marciales; hiere a José Manuel García. “Voy a combatir porque me mandas. Alrededor de la Patria, como aves de rapiña, arrojan graznidos fúnebres y aullidos lastimosos, hambrientos de pillaje y sangre esos malvados. . . Jefe vil de esa infame facción, ¡ven el primero a servir de trofeo a la patria victoriosa!”.
El 5 de julio, día del derecho de América, al ver pasar una manifestación popular grita rabiosamente: “Son los espalderos de AIfarache que insultan el gran día nacional y proclaman al hijo donde el padre daba la señal para el asesinato de los patriotas”.
Ante la amenaza, ante el peligro que todos ven cercano de una transformación violenta de las costumbres, ante las angustias que quitan el sueño a los padres, al borde de las cunas de sus hijos, el General Páez aparece como la única fuerza capaz de mantener el orden, de garantizar la paz, de sostener el equilibrio. Juan Vicente González lo canta apasionadamente, lo llama el Centinela, y lo hace pronunciar votos patrióticos sobre su lanza resplandeciente. Cuando se desencadena la tempestad, y aparece espantoso, desnudo de la cinta arriba, el indio Rangel, y comienza a perfilarse Ezequiel Zamora, por su actividad y ardides de guerrillero, como un héroe del pueblo, Juan Vicente González es el Tirteo de los suyos, azuza a la pelea; canta a Francisco Guerrero, que por un momento hace concebir esperanzas de un triunfo definitivo; lo exalta cuando lo asciende a General; llora su muerte prematura, como si un destino ingrato se complaciera en amontonar días de sombra para su partido. Su prosa es comunicativa, alada, poética sus imágenes vivas y deslumbradoras. Procede por contrastes; tiene caídas bruscas y ascensiones irisadas. Por medio de espontáneas gradaciones, sus párrafos dominan al lector, se enroscan, su pecho como las serpientes de Laocoonte, le muerden el corazón
Los periódicos anónimos que sustentan la candidatura de Guzmán, oponen al insulto la procacidad, lo llaman Tragafote, energúmeno, vasija de grasa y porquería, hediondo, sodomita. Larrazábal en El Patriota hace gala de una erudición pesada, y afecta serenidad donde ya no puede haberla. A todos se encara González con denuedo. Sólo se salva de sus iras Rafael Arvelo, el poeta de las seguidillas que provocaron el 9 de febrero. Juan Vicente González lo tuvo siempre en estimación, y guardó su amistad como en cofre de oro. Arvelo, Encargado de la Primera Magistratura de la República, presidirá sus funerales.
Pero, nada fatiga más que esa pugna estéril de los partidos, que como el tonel de las Danaides se llena y se vacía por minutos con un vino amargo y ponzoñoso. Lo que en Juan Vicente González había de ternura, su parte humana y sensible, la espina que lo había herido al nacer, cuando una deidad misericordiosa lo signó con el don de la poesía, clamaban por una tregua en medio de aquellos furores. En él el condiscípulo sustituyó los afectos del hermano, y el cariño del amigo hería las fibras de la gratitud, y le arrancaba a su alma sones dulces y sentidos, Como en sus Mesenianas a Miguel Casas y a Rosaura Rodríguez, esposa del Licenciado José Santiago Rodríguez, muerta joven y en la plenitud de su belleza.
“¿Por qué he de luchar yo, escribe entonces, con las tempestades políticas, contra el movimiento continuo de las pasiones, con la ambición, la venganza y crímenes de los hombres? A mí no me tienta el esplendor de honores ni riquezas: más que lanzar mi nave al proceloso mar, amado de aquilón, me es grato, cerca de la orilla, en tímida barca, cruzar sonriendo las tranquilas aguas de azulado lago. La política es una Diosa austera y sangrienta: su templo ahuyenta por el crúor de la sangre que lo ennegrece: esos ambiciosos que corona la fortuna, son víctimas destinadas a sus cruentas aras”. Y se refugia por un instante en la paz de sus libros, amigos fieles, discretos, seguros, haciendo desfilar en procesión majestuosa a sus poetas predilectos: Homero, Dios del canto; Dante, que lo estremece con el castigo del traidor a la patria, en el suplicio de Rugiero y Hugolino; Shakespeare con su cotejo de bellas enamoradas: Ofelia, Desdémona, Julieta; Calderón, iris de poesía; el Tasso, Goethe, Chateaubriand. Mas, como el amante de Beatriz, el amor a la Patria manda en él sobre los demás afectos; patria imposible, engendro de su ardiente fantasía, semejante a “aquella princesa encantada por un genio, de que hablan las crónicas de Oriente”. La incomprensión del medio, el destierro entre los suyos, lo apartan de los senderos floridos en que danzan en ronda fantástica sus visiones, que de pronto se transforman en Amazonas y le piden combates: “De entre las cenizas de Ilión sale un canto fúnebre en honra del valeroso Héctor, que supo morir por la patria… ¡Libertad! yo veo esa horda manchar tu nombre y amenazar tus altares. Con la trompa de Tirteo yo convoco al combate. ¡Ciudadanos! a la voz del peligro regocijémonos: ¡despreciarlos y vencerlos da la gloria y el renombre de los héroes!”
El epígrafe puesto a la Meseniana a Robert Ker Porter, el elogio de los muertos es la sátira de los vivos, nos revela otra faz de sus procedimientos. Porter, Cónsul de la Gran Bretaña desde 1827, murió en Rusia en 1842. Cinco años después lo recuerda González y exalta con llama ardiente de gratitud su bondad y merecimientos, su amor por la ciudad de Caracas, la delicadeza de su arte de pintor retratista, sus gustos literarios, no sólo por un acto de justicia, sino para mortificar al Coronel Wilson, el antiguo Edecán del Libertador y sucesor de Porter en la representación diplomática de Inglaterra, quien al parecer no se llevaba bien con el Gobierno, y no fue nunca de los cortesanos de La Viñeta.
Muere Olmedo y su voz se alza de entre las piras de la guerra en honor del poeta de Junín. Y de paso recuerda a Bello, de quien fue devoto ferviente, como Silvio Itálico de Virgilio. La generosidad del intento salva ese escrito, en cuya ejecución hay más sombras que luces, más caídas que aciertos.
Al finalizar el Diario de la Tarde funda La Prensa. El ascenso del General José Tadeo Monagas a la Presidencia los turba, los inquieta. Se equivocaron: hubieran deseado un hombre menos duro, un carácter más flexible. Desde que se instala en Caracas, se ve que no está hecho para el papel pasivo que le suponían, que hay muy poco de Soublette en su espíritu autoritario. Juan Vicente González va a representar la oposición legalista en La Prensa, para pasar luego a los hechos, a la incomprensión banderiza, a la conspiración sorda, a las tendencias exclusivistas, a preparar una revolución, y de modo inconsciente el 24 de enero.
Este suceso lamentable marca un hito luctuoso en Venezuela. Juan Vicente González salva su vida ese día por milagro, y va a refugiarse en sí mismo y a comer el pan de los pobres con inocentes niños, puestos bajo su guarda en el colegio de El Salvador del Mundo.
Diez años pasará preparándose en silencio, para volver a la arena, esta vez mejor armado que ninguno de sus émulos, escritor magnífico, incisivo, elocuente, que encenderá con llama ardorosa y trémula, las páginas de El Heraldo. En esos diez años su estilo se serena, se depura, se hace plástico como en la Meseniana que dedica a Benigna Uztáriz, acerca de la cual solía decir que era lo mejor que había escrito. Fue tan sólido como constante, el afecto que Juan Vicente González tuvo por la familia Uztáriz, y particularmente por Mariano Uztáriz, hijo del primer constitucionalista venezolano, de aquel Francisco Javier Uztáriz, Mecenas de nuestras letras nacientes, cantado por Bello en versos de noble serenidad. No hubo ocasión, feliz o desgraciada, en que Juan Vicente González no aportara a la casa de los Uztáriz un madrigal o un ramo de ciprés. En suelto romance celebra el cumpleaños de Ana Uztáriz en 1841: Zelinda la más hermosa. Cuando recuerda a la antigua sociedad, con sus costumbres puras, con sus mujeres que de la alcoba oliente a mejorana y romero, saltaron a los bancos de la Sociedad Patriótica y vieron correr, estremecidas pero impávidas, la sangre de sus padres, de sus esposos, de sus hijos; cuando recuerda a la antigua sociedad para satirizar la de sus días, simboliza a la mujer de antaño en la esposa de ese mismo Uztáriz, y nos deja de ella este perfil ligero y gracioso, que parece tomado de la Galería de Mujeres Célebres de Sainte-Beuve: “Según lo que recuerdo después de tantos años que falleció, la señora Paula Sojo era de alta y majestuosa estatura, de amplia y despejada frente. Ennoblecida por grandes cejas fuertemente arqueadas y negras y por cabellos crespos, que blanqueaban por algunas partes; su voz era firme y segura, pero simpática; sus movimientos modestos y francos; había en el óvalo perfecto de su rostro, en sus grandes ojos, esa misma dulzura y bondad que encuentran todos en los de su hijo; en ella más que en ninguna otra estampó el sufrimiento esa expresión indefinible de tristeza que distingue a sus víctimas. Por lo que respecta a su espíritu, era un alma romana con un corazón cristiano: de los tipos antiguos ella tenía la ternura de Andrómaca y el valor sereno de la madre de los Gracos: entre los modernos, si su corazón modesto la alejaba de Carlota Corday, era para acercarla a Madame Roland, por el amor ardiente a la libertad y las costumbres puras”.
Mariano Uztáriz se hallaba en el destierro cuando muere su hija, el 3 de noviembre de 1855. Estaba casada con el doctor Francisco Padrón. Juan Vicente González devora los versículos del libro de Job, dulces y amargos a la vez; vierte un pomo de mieles y unas gotas de cicuta, y escribe, escribe sin detenerse esa ofrenda a la amistad y a la piedad filial, esa perla de antología. Tres años después, encontrará nuevos trenos para llorar la muerte de otra Uztáriz, María, hermana de Benigna, fallecida la noche del 1º de marzo de 1858, víspera de acontecimientos importantes que determinan la caída de Monagas y abrirán al padre dolorido las puertas de la patria, tras diez años de forzada ausencia.
Verdadero artista, sensible a toda bella expresión de la vida social, amaba el teatro y la música, y amaba como Salustio a las mujeres. En esos días de espera, deslizando aquí, soltando más allá una sátira contra los Monagas, haciendo alusiones a la barbarie imperante en sus lecciones sobre la Edad Media; invitando a la conspiración a sus amigos, particularmente a Manuel Felipe de Tovar, por cuya casa, al pasar, le gritaba con su voz atiplada: Tú duermes, Bruto; en esos días que él consideró de luto para los venezolanos, alternaba las ocupaciones de su colegio, sus traducciones de Virgilio y Horacio, sus notas para el estudio de la historia del Poder Civil, las biografías de Ávila y de Ribas, su panfleto Venezuela y los Monagas, con sus visitas a los camerinos y los cafés, como la Cantina Boliviana de Fausto Teodoro del Aldrey, que estableció la moda de ofrecer conciertos al público, por jóvenes artistas venezolanos. Conoció entonces y parece se prendó de ella, a Cecilia Saemann, actriz alemana muy hermosa, que inauguró el Teatro Caracas, el 22 de octubre de 1854, y despertó un revuelo de admiraciones y entusiasmos. Cecilia Saemann volvió a Venezuela, donde al fin se quedó y formó familia casada con el institutor valenciano Carlos Páez. Juan Vicente González le dedicó una Meseniana que es un delirio sensual; las frases tienen morbideces femeninas. Por sus incoherencias, por sus oscuridades, ella puede servir para estudiarlo dentro de los imprecisos dominios de la psicopatía. Nada, sin embargo, más fresco y suave que este voto que recuerda al Musset de la Noche de Junio: “¡Cecilia! Envíame una rosa de las que se hayan enredado en tus cabellos… para que exhale su resto de perfume en mi sepulcro”.
La caída de José Tadeo Monagas en 1858, pone otra vez en la mano de Juan Vicente González la pluma del diarista político. El Heraldo será el orgullo de su vida y el más claro de los florones de su gloria. “El fuego patriótico de mi corazón, escribirá en 1864, ahí está en ese Heraldo que buscáis; que si alguna vez con la vela en la mano, estuviese para expirar la Patria moribunda, bastaríale recostar la frente sobre sus páginas, para alentarse nuevamente y vivir”.
Vuelve a alternar la clarinada del combate con el dolor de los que caen en el asalto; las lágrimas con las voces roncas de la pelea. A dos de sus discípulos segados en la flor de la edad, inmortaliza con sus cantos: Teófilo E. Rojas y Mateo Vallenilla. En la Meseniana a Teófilo E. Rojas, escrita con motivo de la inhumación de sus restos, lo persigue el Triste Fatum del poeta latino; el tedeum vitae de la antigüedad, el mal de su siglo. En ese escrito son imprescindibles elementos de prueba para la crítica, estos párrafos sobre su estilo:
“Creen algunos al leer escritos los acentos escapados a mi corazón, que son creaciones del ingenio, frívolos juguetes de la exaltada fantasía. Miden por sus sensaciones los latidos de mi pecho, arrojan mis dolores en el molde de sus vanidades, y acusan de exagerada mi imaginación por la debilidad exagerada de la suya. ¡Ay! esos pensamientos son los ramos agitados por la tempestad del árbol de mi vida; y al tocarlos brotan sangre como los del bosque encantado por Armida. Mi estilo no es el pan laborioso del hombre, regado con el sudor del rostro: como la vegetación de los climas meridionales, espontánea, poderosa, él viste risueños valles o escarpadas rocas, multiforme, quimérico, extravagante, pero expresión purísima de mis sentimientos. Idéntico conmigo, si cristalizaseis las ideas que hace visibles, no obtendríais un mosaico de abigarrados colores, sino un mineral fundido con la sangre de mi pecho al fuego de mi corazón… de mi corazón consumido en busca de la gloria y la felicidad”. Nadie lo ha juzgado con más acierto como escritor.
Mateo Vallenilla muere en una emboscada. Los hombres del destino viven poco, exclama González. El laurel y la rosa entrelazaron sus colores para saludar al adalid caído, comparado a Reinaldo por su valentía y juventud y los poetas lo ensalzaron obedientes a esta excitación: “¡Poetas de la Patria! levantad alrededor de la tumba del héroe el canto de la inmortalidad, el genio es un don de la piedad y del dolor”. Serenado luego, creyente resignado, cierra su himno con esta nota de música de cámara: “¡Señor! Suba a tu celestial trono, como un incienso sagrado, la preciosa sangre del hijo ilustre de la Patria. ¡Que sea la última que se derrame sobre esta tierra, cuyos frutos van a saber a sangre ya!”
Dividido el Partido Conservador, la Revolución de marzo no pudo cumplir su programa civilizador y civilista, con hombres como Tovar, GuaI, Toro, Rodríguez. Las ambiciones, el ansia de predominio, la vanidad herida, abrieron el camino a la Dictadura del General Páez, padrón de su ancianidad. Juan Vicente González cayó con la pluma en la mano: “Páez fue el odio de mis primeros años; la naturaleza me había hecho boliviano. En mis luchas políticas, precisado a apoyarme en algún partido, caí en el que Páez presidía: las turbaciones le habían dado autoridad; los peligros hicieron de él un ídolo; la fiebre del entusiasmo ajeno se deslizó en mi corazón. Sí, yo elogié a Páez: ése es mi crimen, que he llorado y expiado largamente. Esas alabanzas emponzoñaron a nuestra juventud e iban a sobornar la historia. Pero, ¿qué no he tentado para neutralizar el mal que había hecho? Mientras se mantuvo en Norte América, para no ser causa de nuevas divisiones en un partido tan desgarrado, me contenté con censurarle entre los amigos; mas apenas pisó nuestras playas, sediento de oro y sangre, mi pluma lo saludó francamente: -La mano de Dios, dije, se ha endurecido sobre la cerviz del viejo impenitente. Hele aquí que ya llega a rehacer la historia, a destruir la fábula de nuestro cariño, a morir en la infamia, después de haber vivido en una gloria impostora. A pesar de mis esfuerzos, Páez escala el Poder, asociado con Quintero, y con el decreto en la mano del 29 de julio, o con la astucia de Tiberio y riéndose del amigo de los treinta y dos años. ¿Qué voz se levantó contra las violencias del antiguo favorito o las intrigas del nuevo? El último eco de la posible legalidad lo balbuceó mi labio; y cuando aquélla pereció del todo, la noche del mismo día en que fue saludada la Dictadura, escribí la Meseniana de Pinto”.
Pasa por esta Meseniana un soplo esquiliano, remozado por el aliento del Dante. En su rabia contenida de vencido, invoca a las ménades vengadoras que despedazaron el cuerpo de Orfeo, para lanzarlas al escarnio y la burla del Dictador. En sus últimos años Juan Vicente González, como de Cicerón en su primera juventud, fue un amante del Gibelino, con quien creía tener afinidades. Soñaba con una Divina Comedia menos grandiosa, con algo de farsa italiana y de novela picaresca a la española, en la que pudiera a su antojo condenar a las llamas a sus enemigos, después de haberlos expuesto a la irrisión pública. Tradujo literalmente y con grave elegancia el Infierno hasta el canto XXII. Quizás en sus papeles, al parecer perdidos irremisiblemente, se hallaba el final de este ímprobo trabajo.
Triunfante la Revolución Federal el General Falcón abrió a González las puertas de la cárcel, donde había escrito en circunstancias dramáticas su Historia Universal, prodigio de erudición y de aquella memoria que fue pasmo de sus contemporáneos. Cuadros hay allí que no se han compuesto mejor en nuestra lengua; son frescos a la manera de los Primitivos italianos; fondos de Velázquez; aguafuertes de Goya; pinceladas de Rubens; data asimismo de la prisión su Eco de las Bóvedas, donde también aparecen acentos del Dante mezclados con los ayes de la desesperación y los salmos de la esperanza.
No estaba hecha aquella naturaleza para estarse al borde del torrente en actitud contemplativa. El periodismo fue su demos irresistible, y al periodismo volvió; primero con El Nacional en 1864, y después con la Revista Literaria, que coronó sus esfuerzos por la cultura y la difusión de las letras y las artes. Descanso no halló sino en la tumba aquel batallador desmesurado, en cuyo pecho convivieron un niño y un gigante.
Ni supo darse a medias; cuanto amó, cuando admiró, lo hizo avasalladoramente, con seriedad, con entusiasmo, con ímpetu arrollador. Fue como el Nilo, que fecunda en sus crecientes la tierra donde florecerán los lotos sagrados. Desde su iniciación literaria, sintió la grandeza de Andrés Bello, y se propuso seguirle los pasos, inspirarse en la alteza moral de su vida. Recogió con paciencia los primeros versos del vate caraqueño, aun los más insignificantes; adoptó sus reglas gramaticales, que parecían al principio demasiado revolucionarias; lo defendió de ataques y calumnias. Bello murió en Santiago de Chile el 15 de octubre de 1865. La noticia se supo en Caracas el 24 de noviembre, e inmediatamente Juan Vicente González escribió sus versos al Anauco, en memoria del poeta que correteó de niño por sus orillas, y su Meseniana, ambos publicados en la Revista Literaria. Recorre en una ojeada rápida y segura la vida del poeta, desde sus primeros ensayos; elogia la dignidad de su carácter; su virgiliana piedad; el culto del honor, que fue como el emblema de su larga existencia; su fe constante en los destinos de la América libre. Ante el respeto de Chile por el Maestro, pensando sin duda en sí mismo, en sus fracasos, en el sacrificio de sus ideales, escribe con sarcasmo: Salvóse el Néstor de las letras de la gloria del martirio”.
Hay una pena íntima en esos postreros escritos de Juan Vicente González. En la Meseniana a Bello y en la que un mes después escribirá sobre Fermín Toro, palpitan ecos autobiográficos que tienen la tristeza, el misterio solemne del tránsito de la tarde hacia la noche, la melancolía del adiós.
Fermín Toro murió en Caracas el 22 de diciembre de 1865, después de haber buscado en vano alivio a sus dolencias, en la quinta de Anauco, propiedad del Marqués del Toro y soñada por Bolívar para descanso de su vida atormentada. Siempre estuvo pronto Juan Vicente González para elogiar y defender al gran tribuno de la Convención de Valencia. Ahora, la muerte le pedía un nuevo tributo de lágrimas para el amigo, y una rama de acanto para su sepulcro. Es ésa la más personal de sus Mesenianas: con Toro desaparecía el más alto representativo de un período histórico que, al decir de Cecilio Acosta, había dado a Venezuela “días serenos, paz sabrosa y bellos anales”. Juan Vicente González también lo siente así. La sombra de su juventud pasa derramando áloes en vez de las rosas de la primavera. A su conjuro comparecen sus compañeros de los primeros años de sueños y ambiciones: “¡Cagigal, García, Baralt! no es que crea que habríais cambiado los acontecimientos a haber vivido más. En el drama del tiempo tiene cada hombre su papel trazado de antemano, y cuando un actor desaparece es que nada tenía que hacer sobre la escena. Vuestra vida no habría detenido la República en su curso fatídico; la muerte os libró de más amargos desengaños. Pero ¿quiénes os sucedieron?… La yerba ha nacido y medra sobre el césped blando, y crece, para insultar vuestras tumbas la infausta espiga!”.
En su definición de Toro como político parece que se auscultara sí mismo: “Toro era de esos espíritus ideales que sueñan hermosas teorías sobre el cabo de Sunium o en los jardines de la Academia”. Y en su desesperación, a la luz de una luna que llena de hermosas claridades el paisaje nativo; sintiendo el contraste de una naturaleza pródiga en dones celestes con las malas pasiones de los hombres que la habitan, lanza a la faz de nuestra sociedad este chorro de vitriolo, guardado en frases de tallado cristal: “En todas partes se agita el hombre sobre el mar de la vida, llena de vanos dolores. Pero en nuestra tierra desgraciada, hasta la copa del placer se llena de ajenjo; la primavera de los años se extingue sin honor; suspira la virtud en el menosprecio; toda esperanza es quimera; la existencia es un sueño doloroso… “El tono recuerda el tono del Libertador en 1830, y sugiere la existencia de un estado de ánimo parecido. Esas frases valen ésta del Grande Hombre: “En Venezuela la vida es un tormento”.
Sobre la tumba de Toro, como sobre la de Héctor, Aquiles iba a librar su última batalla. La lectura de su Meseniana causó en el público profunda impresión, y como se sintiera aludido el Gobierno que interinamente presidía el General Guzmán Blanco, por ausencia en Coro del General Falcón, salió a la palestra con el seudónimo de Manaure el General Jacinto Regino Pachano, en defensa de lo que llamaba las conquistas civilizadoras del Partido Liberal. Le faltaba para el acierto y la justicia la perspectiva de la historia. También atacó rudamente a González el escritor Alejandro Peoli, con quien se las había habido años atrás el polemista de El Heraldo, a propósito de una crítica literaria. Ambos conservaron la enemiga, y Peoli, gramático de criterio estrecho, aprovechaba aquella ocasión para vengarse de verdaderos o fingidos agravios. Juan Vicente González le contestó en la Revista Literaria con los bríos de su primera juventud; volvió a ser el hombre del Diario de la Tarde; lo aterró con alusiones personales, y por último, le clavó en el pecho este dardo mortal: “¡Ea, ilota!, de rodillas ante ese sepulcro que encierra los restos de un hombre de bien; inclina la frente abyecta y ve si la virtud que ahí se exhala, puede vivificar tu corazón difunto!”
Afligido por la pobreza y la enfermedad, se recogió como antaño al amor de sus libros, en su casa de la calle de Carabobo, entre las esquinas de Camejo y San Felipe. Había vendido su rica biblioteca al General Falcón, quien halló así un medio de ayudarlo sin molestar su delicadeza. Como alguien le recordara el Perfil que había escrito en El Heraldo contra el jefe de la Revolución Federal, le contestó sin acritud: “Es que antes lo veía de perfil, y ahora lo veo de frente”. De tarde en tarde visitaba a Rafael Arvelo en su residencia del Conde, donde hoy está la Imprenta Nacional. Formaba corrillo aparte con los jóvenes, a quienes daba consejos, y cuyos escritos seguía con atención. “Cuando veo, gustaba de repetir, las caídas, contradicciones, demencia y abyección de hombres distinguidos después de los treinta y cinco años, suelo decirme: es la juventud la que a pesar de su fogosidad y violencia, es seria y sensata; es la segunda parte de la vida la que se extravía”.
Para fines de 1866 se agravaron sus males, y en septiembre se le declaró la gangrena. Interrogado por uno de sus discípulos de cómo se sentía, le contestó con voz resignada: Aquí, pensando que el sol de mañana no calentará mis tristes huesos. A los pocos días, el 2 de octubre, lo enterraban en Los Hijos de Dios.
Sus Mesenianas son lo mejor de su vida; en ellas está de cuerpo entero como escritor y como hombre; salvarlas nos ha parecido un deber patriótico. ¡Nos ha movido una aspiración de honra!
Caracas, 14 de noviembre de 1932
Fuente: Correa, Luis. Terra Patrum. Biblioteca De Autores Mirandinos. Colección Cecilio Acosta. Los teques, 1987.

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